Opinión
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El gimnasio de las razones
Gobernar la inteligencia artificial empieza en ese punto menos vistoso, pero esencial del pensar con artefactos: decidir qué esfuerzo conviene ahorrar y cuál debemos seguir haciendo porque nos constituye. La IA no va a reemplazar al humano…
La inteligencia artificial generativa necesita procesar cantidades enormes de datos para aproximarse a lo que una persona hace con pocas preguntas, algo de memoria y un gasto mínimo de energía. La IA no nos va a reemplazar… a menos que le entreguemos aquello que nos entrena como humanos.
En el gimnasio nadie fortalece sus músculos mirando cómo otro levanta las pesas; con las ideas pasa algo parecido. Nadie mejora su capacidad cognitiva a punta de copy-paste de texto generado por IA. Sin esfuerzo físico no hay músculos, sin esfuerzo cognitivo no hay razonamiento.
Ahora bien, pensar ha sido siempre una actividad mediada por artefactos y la IA entra en la historia como un nuevo artefacto. Pero con una diferencia importante respecto de todos los anteriores. Por ejemplo, una calculadora resuelve las operaciones matemáticas que le damos, pero hasta allí llega. En cambio, la IA generativa produce una respuesta fluida y toda esa fluidez puede hacernos olvidar que es un resultado estadístico con apariencia de raciocinio.
Dejar de pensar rara vez se siente como un abandono. Por lo general se viste más con los trajes de la eficiencia. Preguntamos a la IA, recibimos una respuesta plausible, corregimos un detalle en una frase y seguimos. El correo sale. La minuta queda clara. La clase parece mejor armada. El mensaje a los clientes queda nítido, etcétera.
Sería absurdo defender que esos trabajos repetitivos no se hagan con IA por pura nostalgia del esfuerzo. Es eficiente esa delegación. Los problemas empiezan cuando la eficiencia se logra sacrificando el control cognitivo del proceso. Allí, el producto sale rápido, pero las conexiones propias entre conceptos y materiales cognitivos, se estancan.
Hay tareas que pueden delegarse porque consumen energía sin aportar demasiado al aprendizaje o al juicio. Pero hay otras que no debemos delegar precisamente porque conservan lo que nos hace distintivos. Y eso cambia de persona en persona y de organización en organización.
Por eso, pensar con IA exige conservar cuatro esfuerzos. Primero, dirigir: tener alguna noción de hacia dónde se quiere ir antes de pedir ayuda. Luego, evaluar: revisar si la respuesta recibida sirve, aunque esté dicha con seguridad. Después, integrar: ubicar cada frase, dato o sugerencia dentro de una arquitectura argumental propia. Finalmente, dar cuenta de lo afirmado. Si al mirar el producto final no podemos reconstruir sus razones, conviene volver atrás. Lo que circula bajo nuestro nombre debe poder ser sostenido por nosotros.
Gobernar la inteligencia artificial empieza en ese punto menos vistoso, pero esencial del pensar con artefactos: decidir qué esfuerzo conviene ahorrar y cuál debemos seguir haciendo porque nos constituye. La IA no va a reemplazar al humano… bueno, al menos no al humano que invierte en aquello que nos ha hecho distintivos como especie.
El gimnasio de las razones seguirá abierto. La pregunta es si entraremos a entrenar o si nos conformaremos con mirar cómo una máquina registra una fuerza que ya no estamos desarrollando.
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