Geopolítica de la IA (XIV): La inteligencia artificial como tecnología estratégica
Se abre un debate que hasta hace poco parecía propio de la ciencia ficción: la posibilidad de que los modelos de inteligencia artificial de frontera sean objeto de regímenes internacionales de control comparables a los que existen para tecnologías nucleares, misilísticas o de doble uso.
Se veía venir que, después de los microprocesadores, el control siguiente recaería sobre los modelos.
El 2 de junio de 2026, el presidente Donald Trump firmó la Executive Order titulada “Promoting Advanced Artificial Intelligence Innovation and Security”; una norma que pasó relativamente desapercibida para la opinión pública, pero que podría ser recordada en el futuro como uno de los hitos más importantes en la geopolítica de la inteligencia artificial. La orden instruyó a diversas agencias federales a establecer mecanismos de evaluación y seguridad para los modelos de inteligencia artificial más avanzados, particularmente aquellos capaces de afectar la ciberseguridad nacional y las infraestructuras críticas.
Pocos días después comenzaron a conocerse las consecuencias prácticas de ese cambio de enfoque. Según diversos reportes, el Departamento de Comercio estadounidense ordenó restringir el acceso a los modelos más avanzados de Anthropic, entre ellos Mythos y Fable, argumentando que sus capacidades ofensivas en materia de ciberseguridad podían representar riesgos para la seguridad nacional. La medida afectó incluso a ciudadanos extranjeros residentes dentro de Estados Unidos y a trabajadores extranjeros de la propia compañía.
Durante décadas, los controles de exportación constituyeron una herramienta reservada para un conjunto extremadamente reducido de tecnologías consideradas esenciales para la seguridad nacional. En esa categoría se encuentran las armas nucleares, la tecnología misilística, la criptografía avanzada, los semiconductores de última generación, el equipamiento para fabricar chips y diversas tecnologías militares sensibles. El acceso a estas capacidades nunca fue considerado una cuestión puramente comercial. Siempre fue entendido como un asunto de poder.
Hoy la inteligencia artificial parece estar ingresando a esa misma categoría.
La Executive Order del 2 de junio representa un cambio de paradigma porque desplaza el debate desde la regulación económica hacia la seguridad estratégica. Durante los últimos años la conversación pública sobre IA estuvo dominada por cuestiones éticas, laborales o regulatorias: sesgos algorítmicos, privacidad, protección de datos, propiedad intelectual o automatización del empleo. Sin embargo, la nueva política estadounidense instala otra pregunta: ¿qué ocurre cuando un modelo de inteligencia artificial adquiere capacidades que pueden alterar el equilibrio de poder entre los Estados?
La respuesta de Washington parece clara. En tales casos, la IA deja de ser únicamente una innovación tecnológica y pasa a convertirse en un activo estratégico.
La historia ofrece precedentes ilustrativos. La energía nuclear comenzó como un avance científico antes de transformarse en el núcleo de la disuasión militar global. Los satélites espaciales nacieron como instrumentos de exploración y terminaron integrados en sistemas de inteligencia y defensa. Los semiconductores fueron durante décadas simples componentes industriales hasta convertirse en el centro de la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China. La inteligencia artificial está recorriendo un camino similar.
Hasta ahora la disputa geopolítica se concentraba principalmente en la infraestructura necesaria para desarrollar IA. Washington restringía la exportación de chips avanzados, limitaba el acceso a tecnologías de fabricación de semiconductores y buscaba impedir que competidores estratégicos alcanzaran determinadas capacidades computacionales. La lógica era relativamente sencilla: quien controla el hardware controla el desarrollo de la inteligencia artificial.
Lo novedoso es que el objeto de control ya no es solamente la infraestructura física. Ahora comienzan a ser controlados los propios modelos. En otras palabras, estamos transitando desde una geopolítica de los chips hacia una geopolítica de los algoritmos y de las bombas matemáticas.
Este cambio posee implicancias enormes. Primero, porque acelera la fragmentación tecnológica global. Si los modelos más avanzados quedan sujetos a controles de exportación, el acceso al conocimiento incorporado en ellos dejará de ser universal y comenzará a depender crecientemente de criterios geopolíticos.
Segundo, porque intensifica la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. La carrera por la inteligencia artificial ya no consistirá únicamente en quién desarrolla mejores sistemas, sino también en quién controla su circulación internacional.
Y tercero, porque abre un debate que hasta hace poco parecía propio de la ciencia ficción: la posibilidad de que los modelos de inteligencia artificial de frontera sean objeto de regímenes internacionales de control comparables a los que existen para tecnologías nucleares, misilísticas o de doble uso.
Por supuesto, todavía estamos lejos de un escenario semejante. Sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas muestran que la dirección del movimiento es inequívoca.
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