Opinión
Crédito: imagen referencial, AgenciaUno
No hagamos de la precariedad una costumbre
Si de verdad queremos hablar de calidad educativa, debemos partir por el principio: garantizar que aprender, enseñar y cuidar ocurra en espacios seguros, saludables y dignos.
Lo ocurrido en el jardín infantil y sala cuna Manzanilla de Ñuñoa, donde la presencia reiterada de ratones obligó a suspender actividades por semanas y afectó a cerca de un centenar de lactantes y párvulos, produce indignación comprensible. Ningún niño o niña debiera asistir a un espacio educativo con riesgos sanitarios.
Pero el problema no termina en Ñuñoa.
Para quienes trabajamos diariamente en establecimientos de alta vulnerabilidad, este tipo de situaciones no es excepcional.
La presencia de roedores en una cocina escolar es grave y exige respuestas inmediatas. Pero también revela algo más profundo: hemos aprendido a convivir con la precariedad que, poco a poco, se vuelve parte del paisaje cotidiano de la educación.
Trabajo hace más de quince años en un establecimiento con altos índices de vulnerabilidad. En este tiempo he visto pasar reformas, programas ministeriales y múltiples discursos sobre calidad, inclusión y bienestar. Las palabras cambian. Las prioridades se reformulan. Las promesas se actualizan. Sin embargo, en muchas escuelas sigue existiendo ratones y una distancia difícil de aceptar entre las políticas diseñadas desde escritorios calefaccionados y las condiciones reales en que niñas, niños, docentes y profesionales convivimos todos los días.
Atiendo a estudiantes con necesidades educativas especiales en una sala que no tiene ventanas, carece de ventilación adecuada y está ubicada junto a un patio donde conviven más de mil estudiantes.
Cualquiera puede imaginar que para un niño o niña con dificultades de lenguaje, atención o comunicación, el espacio importa. Importan el silencio, la iluminación, la ventilación, la temperatura, la seguridad y la posibilidad de concentrarse. Sin esas condiciones, el aprendizaje se vuelve imposible.
En invierno, la situación se vuelve aún más compleja. Más de una vez se ha cortado la electricidad durante la jornada. He visto fallas eléctricas resolverse con medidas improvisadas y peligrosas. Aun así, el sistema sigue exigiendo cobertura, indicadores, rendimiento y resultados, como si las condiciones materiales fueran irrelevantes.
La calidad educativa no depende únicamente de nuevas metodologías, innovaciones pedagógicas o cambios curriculares. También requiere condiciones básicas de funcionamiento.
Una escuela, un jardín infantil o una sala cuna deben ser espacios seguros, limpios, iluminados y ventilados. Deben contar con baños adecuados, sistemas eléctricos seguros, salas apropiadas para el aprendizaje y entornos libres de plagas, filtraciones o riesgos sanitarios.
Resulta contradictorio exigir mejores resultados cuando las condiciones mínimas no están aseguradas. Hablamos de inclusión, pero no existen espacios adecuados para atender a estudiantes con necesidades educativas especiales.
Hablamos de bienestar, pero trabajamos en salas sin ventilación. Hablamos de primera infancia, pero un jardín no puede funcionar porque hay ratones. Hablamos de calidad, pero seguimos tratando la infraestructura como un tema secundario.
La educación no es abstracta. Ocurre en salas concretas, con niños concretos, profesionales concretos y condiciones materiales concretas. La inclusión no se implementa por decreto. La calidad no se construye con discursos. Y el bienestar no puede depender de la capacidad de las comunidades educativas para soportar la precariedad.
Si de verdad queremos hablar de calidad educativa, debemos partir por el principio: garantizar que aprender, enseñar y cuidar ocurra en espacios seguros, saludables y dignos.
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