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El humanismo tecnológico y Magnifica Humanitas Opinión

El humanismo tecnológico y Magnifica Humanitas

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Rodrigo Ramírez Pino
Por : Rodrigo Ramírez Pino Exsubsecretario de Telecomunicaciones, Director Programa políticas digitales en FLACSO.
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La gran virtud de Magnifica Humanitas es que no cae en la trampa habitual del futuro distópico. No pregunta si la inteligencia artificial es buena o mala, ni si debemos celebrarla o temerle. La pregunta que instala es mucho más sustantiva ¿qué estamos construyendo con ella?


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Durante las últimas dos décadas, a medida que la inteligencia artificial y las plataformas digitales comenzaron a transformar aceleradamente la vida económica, social y política, surgió una corriente de pensamiento conocida como humanismo tecnológico o humanismo digital.

Su premisa es simple, pero profunda, el progreso tecnológico no puede medirse únicamente por su capacidad de generar eficiencia, productividad o rentabilidad, sino por su contribución efectiva al bienestar humano, la democracia, la libertad y la dignidad de las personas.

Frente a visiones tecnocéntricas y transhumanistas que consideran a los dispositivos y artefactos como un fin en sí mismo, el humanismo tecnológico sostiene que la tecnología debe permanecer bajo control humano, orientarse al bien común y desarrollarse dentro de marcos éticos capaces de proteger aquello que nos hace humanos.

Es precisamente en ese punto donde converge Magnifica Humanitas. La primera gran encíclica de León XIV que puede leerse como uno de los manifiestos humanistas más relevantes de la era digital.

Aunque nace desde la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, sus preocupaciones dialogan con debates contemporáneos sobre gobernanza tecnológica, concentración de poder digital, derechos humanos, democracia y transhumanismo.

Al situar la dignidad de la persona en el centro de la discusión sobre inteligencia artificial, el Papa no plantea una oposición entre fe y tecnología, ni entre innovación y progreso, sino una cuestión más fundamental, sobre quién controla las tecnologías emergentes, con qué propósito se desarrollan y al servicio de qué visión de humanidad.

La gran virtud de Magnifica Humanitas es que no cae en la trampa habitual del futuro distópico. No pregunta si la inteligencia artificial es buena o mala, ni si debemos celebrarla o temerle. La pregunta que instala es mucho más sustantiva ¿qué estamos construyendo con ella?

El texto propone dos imágenes poderosas. La de Babel que representa la tecnología convertida en dominio, uniformidad, eficiencia sin alma y poder sin responsabilidad, y la de Jerusalén, que en cambio, representa la reconstrucción paciente de una comunidad donde cada actor asume su parte, donde la diversidad no se aplasta y donde el progreso se mide por su capacidad de custodiar la dignidad humana.

Esa es la tesis central de la encíclica. La inteligencia artificial no es neutral, porque toma el rostro de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan. Puede curar, conectar, educar y mejorar la vida; pero también puede descriminar, manipular, vigilar, precarizar y concentrar poder.

Por eso, el dilema de nuestra época no es tecnología sí o tecnología no. El dilema real es si la IA será una herramienta al servicio del bien común o una nueva arquitectura de dominación económica, cultural y política.

El texto es especialmente lúcido cuando advierte que el poder tecnológico ya no reside principalmente en los estados, sino en actores privados transnacionales con más datos, capacidad computacional y capacidad de influencia que muchos gobiernos.

Allí aparece una de las advertencias más fuertes del documento, unos pocos sujetos pueden orientar información, consumo, procesos democráticos y dinámicas económicas en beneficio propio.

Por eso, la gobernanza de la IA no puede quedar reducida a buenas intenciones corporativas ni a códigos éticos voluntarios; requiere reglas, transparencia, participación ciudadana y límites efectivos al uso del poder tecnológico.

Nuestro país ya cuenta con proyectos tecnológicos con aplicación de IA con base de humanismo tecnológico. Iniciativas promovidas por el Congreso Futuro como el Sistema Integrado de Teleprotección con Inteligencia Artificial (SITIA), u otros programas en el Gobierno Regional de Ñuble o en las Municipalidades de Lo Barnechea, Renca y Maipú, más otras líneas en Salud y Educación. Todas estas iniciativas están ancladas en el respeto a la dignidad humana y en los valores democráticos, garantizando que la integración y aplicación de inteligencia sobre la infraestructura digital y de datos se realice en un ambiente de desarrollo de algoritmos transparentes, explicables y bajo una gobernanza ética, sin discriminación.

Este compromiso es esencial para construir un entorno digital que promueva valores universales. La dignidad humana no se compra, no se mide, no se optimiza ni se calcula algorítmicamente.

En tiempos donde todo tiende a traducirse en perfilamiento y predicciones, la encíclica Magnifica Humanitas recuerda que existe un núcleo humano que ninguna máquina puede capturar completamente.

Estos ejemplos refuerzan que, cuando se integra en un marco ético, la IA puede ser un motor para el progreso inclusivo, protegiendo y fortaleciendo los derechos humanos.

De ahí que urge la presencia más tangible del humanismo tecnológico, donde la ciudadanía tenga la certeza de que los avances digitales se desarrollen con un enfoque centrado en las personas. Este modelo no solo aboga por el uso de tecnologías éticas y responsables, sino que también busca equilibrar la innovación tecnológica, emprendimiento tecnológico y la protección de los derechos fundamentales.

Desde esta perspectiva, los algoritmos y sistemas inteligentes, tanto propios como de terceros, se diseñan en ambientes protegidos para servir a las comunidades, respetando la diversidad y promoviendo la inclusión en cada proceso de desarrollo y aplicación.

La calidad de la democracia está íntimamente ligada al uso ético y transparente de la tecnología. En un mundo digitalizado, los proyectos con IA deben ser espacios donde la innovación tecnológica esté al servicio del humanismo.

Los ciudadanos demandan que estas tecnologías se utilicen para resolver problemas públicos, pero esto solo será posible en un entorno confiable y ético. Esto requiere adoptar modelos de gobernanza digital que incluyan transparencia en el uso de los datos, protección de la privacidad y desarrollo de infraestructuras digitales confiables.

Así se asegura que las decisiones tecnológicas sean participativas y beneficien a toda la sociedad, reforzando la confianza en las instituciones democráticas.

La inteligencia artificial no es una solución mágica, pero sí una herramienta poderosa que, utilizada dentro del marco del humanismo tecnológico, puede marcar una diferencia crucial para contribuir desarrollo económico, al bienestar colectivo, al respeto de los derechos fundamentales y a los valores que nos definen como humanidad.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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