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La paradoja del turismo: datos de mantel largo para una industria invisible Opinión

La paradoja del turismo: datos de mantel largo para una industria invisible

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Verónica Pardo Lagos
Por : Verónica Pardo Lagos Exsubsecretaria de Turismo.
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El turismo no es el pariente pobre de la economía ni un mero adorno de la identidad nacional.


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Comienzan las vacaciones de invierno y la postal país se repite como cada año: terminales de buses, salidas de autos en la carretera y aeropuertos al límite, junto con destinos desde la cordillera hasta la costa muy demandados para aprovechar los días libres y las tan ansiadas salidas de la rutina cotidiana.

Este movimiento que se contrapone a un escenario macroeconómico complejo, donde el país roza el millón de desocupadossegún los últimos datos oficiales del INE, muestra lo incomprensible de una estrategia económica que sigue tratando al turismo como un fenómeno estrictamente estival. 

Apostar por esta industria solo en verano es un error de diseño y un lujo que Chile y su mercado laboral no se pueden permitir.

Quiero visibilizar una paradoja mayor: ¿Cómo una actividad capaz de dinamizar la economía de las regiones en los meses más complejos del año sigue siendo relegada al banquillo de los asuntos ornamentales?

El lenguaje construye realidades y, muchas veces, quienes hablan de economía camuflan con sus lenguajes sus propias miopías. Cuando en el debate público se habla de turismo, el imaginario colectivo lo asocia lamentablemente a conceptos ligeros. “Turisteando” se asocia con el ocio, o con estar distraído, vagar sin rumbo. Se utiliza el turismo con varios apellidos, para significar algunos conceptos de corte negativo como: turismo social, turismo electoral, turismo de catástrofe, entre otros.

Estas connotaciones ayudan a instalar el turismo en un estadio de frivolización. Hoy está instalado, al hablar de turismo, la conexión con postales, maletas y tiempo libre, despojando a la actividad de su verdadero peso como una de las maquinarias de desarrollo más potentes y distributivas del país.

Mientras la economía tradicional pone los manteles largos económicos para las industrias extractivas o las grandes manufacturas integradas, el turismo opera en Chile con la contundencia de un gigante silencioso al que los analistas de escritorio no han querido mirar de frente.

Los datos no son anecdóticos, son estructurales:

Fuerza laboral: El sector genera cerca de 700.000 empleos directos, compitiendo codo a codo en volumen de absorción de mano de obra con la agricultura y triplicando la dotación directa de la minería.

Tejido empresarial: Sostiene el funcionamiento de casi 300.000 empresas a lo largo del territorio nacional y el 98%  de estas empresas son mypimes.

Impacto macroeconómico: Aporta un 3% directo al PIB, cifra que se expande hasta un 10% al medir sus encadenamientos indirectos (comercio, alimentación, transporte).

A esto, sin duda, se suma un reconocimiento externo que ya se quisieran otros sectores: Chile brilla con consistencia en la escena internacional, acumulando tres galardones globales que validan una ventaja competitiva real.

La data está ahí, es dura, medible y resiliente. ¿Por qué, entonces, esta masa crítica no logra traducirse en lograr un peso político, presupuestario y estratégico equivalente en las grandes ligas de la discusión económica?

La respuesta, creo, se encuentra en un sesgo de nuestra matriz de análisis: la fijación por mirar las grandes corporaciones y el centralismo.

La mirada económica tradicional en Chile está diseñada para entender la productividad allí donde hay una gran chimenea, un pozo minero, un monocultivo o una corporación concentrada. Sin duda, sabemos medir lo corporativo, pero tiendo a pensar que fracasamos cuando el valor está en empresas atomizadas.

El turismo se desarrolla en el complejo y fragmentado ecosistema de los servicios, fortaleciendo un tejido entre las micro, pequeñas y medianas empresas.  Esta industria, al estar repartida en miles de hostales, guías locales, transportistas y restoranes de regiones, se vuelve invisible para el ojo del economista estándar.

Esta visión se fortalece con la displicente etiqueta de un sector complementario, con una categoría secundaria frente a lo que en economía se le llaman “sectores productivos reales”.

No ver el turismo como una industria estratégica contracíclica —especialmente en momentos donde reactivar el empleo es urgente— no es una falencia de las mipymes; es una incapacidad de lectura de quienes diseñan las prioridades de fomento.

El turismo no es el pariente pobre de la economía ni un mero adorno de la identidad nacional. Es la industria más democrática del mercado interno, capaz de descentralizar la riqueza, fijar capital humano en las regiones y generar valor allí donde las grandes industrias jamás llegarán.

Es hora de quitarle los apellidos simpáticos o displicentes y empezar a medirlo con la vara que le corresponde, invitando a chilenos y chilenas que miren con orgullo a un país que es un reconocido a nivel internacional como un país Turístico, así con mayúscula.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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