Opinión
Crista
Crista. Este pudiera ser el nombre de una nueva relación. Su objeto podría ser una contribución a un movimiento tan noble. Ella no debiera provocar, pero sí urgir cambios profundos. Jesús en su época fue feminista en tanto rompió con las prácticas de exclusión de las mujeres.
Mujeres católicas chilenas son feministas hace rato. A mitad del siglo XIX eran pocas —como bien nos lo hace saber Ana María Stuven en su reciente libro (Feminismo, Planeta, 2026)—, pero muy significativas.
Hoy lo son la mayoría, al menos en términos fundamentales. Dudo que haya alguna mujer dispuesta a renunciar al derecho a voto aprobado en 1949.
Este progreso fue un logro remoto de las católicas en los primeros años de la República, pues quienes ya entonces se llamaban feministas invocaron su cristianismo para su causa. Siendo esto así, ellas hoy se preguntan qué hay de esta revolución feminista que atraviesa el mundo entero en su propia Iglesia.
El Evangelio es liberador. Cuando la fe y la liberación de las mujeres se ha estimado antagónica, todos pierden. Se dirá que hay diversos feminismos y que algunas versiones no son cristianas. Se lo puede conceder, pero no para escamotear la índole cristiana del movimiento en general.
La fe en Cristo apremia, demanda una Iglesia que evangelice en virtud de una relación de respeto por la diferencia y de búsqueda de la igualdad entre los géneros.
Crista. Este pudiera ser el nombre de una nueva relación. Su objeto podría ser una contribución a un movimiento tan noble. Ella no debiera provocar, pero sí urgir cambios profundos.
Jesús en su época fue feminista en tanto rompió con las prácticas de exclusión de las mujeres, como lo atestiguan los evangelios. Contó entre sus discípulos a mujeres y las trató con cariño y respeto.
San Pablo vio que en Cristo resucitado se cancelarían todas las relaciones asimétricas injustas, declarando en este terreno una igualdad radical entre las hijas y los hijos de Dios. Afirma en la carta a los Gálatas: “Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 27-28).
Cristo en cuanto Crista es un concepto en construcción. Demanda derribar muros, pero también custodiar una causa amenazada por involuciones lamentables en materia de dignidad de los géneros.
La Iglesia en este campo no debiera retroceder, sino avanzar. Sus pendientes son demasiado grandes como para permitirse abandonar el campo de juego. Hoy ha de frenar un desmontaje y tomarse en serio su propia deuda con las mujeres. Las luchas liberadoras de las mujeres católicas son un faro. Pero los católicos tenemos un problema doméstico.
En la Iglesia se adeuda a las mujeres su dignidad. En su propia casa no se les reconoce su lucha por la igualdad ni se las respeta en su diferencia. Me detengo en estos dos derechos. Las católicas no eligen a las autoridades de su Iglesia. En este terreno hay mucho que hacer. La desigualdad es invisible para quienes se tapan los ojos. Pero tampoco se considera su diferencia.
Precisamente porque no acceden a la órbita del poder no inciden en la elaboración de la enseñanza magisterial. ¿Qué ocurrirá el día que se tome en serio la experiencia y la sabiduría femenina, por ejemplo, en las prédicas dominicales?
Si en la Iglesia Católica se hace efectivo que Cristo se identifica y es identificable en las mujeres, las reformas de sus instituciones tendrán que ser muchas. Miremos una sola, la “madre del cordero”: me refiero a la formación del clero. Esta no puede consistir en formar “hombres sagrados”. Cuidado: tampoco se trata de que se comience ahora a formar “mujeres sagradas”.
Por siglos un tipo de seminarios —el tridentino— puso el énfasis en conseguir personas que representaran la sublimidad de Dios. Esto ha querido lograrse mediante una separación respecto del común de las personas, una “consagración” que sacraliza a algunos varones para que sean distintos, mejores, incapacitándolos para establecer relaciones normales entre ellos y, en particular, con las mujeres.
¿Cómo luego de la ordenación sacerdotal querrán estos compartir un poder tan divino? ¿Cómo dejarán entrar en su orden a otros y otras para gobernar la Iglesia sin la unción del sacramento?
La autosacralización del clero es la fragua del clericalismo. Está a la vista de todos en aquellas largas procesiones en que los fieles miran admirados a una clase tan excelsa.
En la Iglesia Católica —que lleva dos mil años de existencia por haber tenido la capacidad de convertirse a los tiempos— se está produciendo, sin embargo, un cambio importante. Es de esperar que se profundice.
El Sínodo recientemente terminado, habiéndolo aprobado el Papa como texto final —es decir, reconociendo su valor para la Iglesia universal—, demanda reformas estructurales. Una de estas da en el clavo. El grupo 4, ocupado del tema de la formación de los futuros presbíteros, exige abandonar aquella separación entre los bautizados y hacerlo en virtud de relaciones en los términos señalados de igualdad en los derechos y de respeto de las diferencias.
Crista puede denominarse este movimiento. A instancias del Vaticano II, se recupera la actualización del anuncio del Evangelio que, en este ámbito de la forja de los curas, terminará seguramente derribando otros muros que excluyen a las mujeres.
El feminismo cristiano “a la chilena”, sin embargo, está adormecido. Habría que observar su desarrollo en Chile, diría Stuven, para continuar un largo camino por hacer.
Está pendiente activar un cristianismo a la altura de los tiempos. Sin la integración de las mujeres en todos los sentidos de la palabra, la Iglesia no tiene futuro.
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