Opinión
Trump en la encrucijada y lecciones para las empresas: ¿Por qué caen los gigantes?
El peor enemigo del éxito es creerse merecedor de él. La diferencia entre seguir creciendo y empezar a caer no aparece en el balance: aparece en las preguntas que el líder deja de hacerse.
En 2023 viajé a Chicago a escuchar a Jim Collins. El autor de Good to Great dedicó la charla a una idea que se me quedó pegada: la arrogancia es el primer síntoma del decaimiento. “La hubris”, insistió, “no es una emoción, es una etapa: empieza el día en que el éxito deja de explicarse”.
Vuelvo a esa frase mirando el último año de EE.UU.: bombardeos a embarcaciones venezolanas vinculadas al narcotráfico, escalada militar impulsada contra Irán que termina donde comenzó pero con una paz más frágil y un régimen fortalecido, anuncios renovados sobre Cuba y el uso de su influencia para dispensar a un jugador de Estados Unidos en la Copa del Mundo. Cada movimiento, aislado, tiene su lógica; sumados, dibujan un patrón que conviene mirar con la lente de Collins.
En Empresas que Caen, Collins describe cinco etapas del declive: Arrogancia, búsqueda indisciplinada de más, negación del riesgo, obsesión por la salvación y capitulación y muerte.
Las dos primeras aplican aquí. La arrogancia llega cuando el líder olvida qué lo hizo grande y empieza a creerse grande por sí mismo. La búsqueda indisciplinada de más es su consecuencia: más conquistas, más mercados, más frentes. Se confunde con fortaleza, pero ya es el primer síntoma de decadencia.
La historia ofrece dos espejos. Napoleón, tras dominar Europa, invadió Rusia en 1812 no por necesidad estratégica, sino porque su fórmula —avanzar, ganar, repetir— se había vuelto identidad. Volvió derrotado por el invierno y su propia ambición. Hitler, enfrentando ya a Gran Bretaña, abrió en 1941 un segundo frente contra la URSS. Ambos perdieron por la misma lógica que los había hecho temibles: querer más, sin disciplina.
¿Está Estados Unidos en ese camino? Gobernar un país no es administrar una empresa. Pero los síntomas se parecen: una potencia que multiplica frentes, justifica cada movimiento con la lógica del anterior y pareciera haber olvidado qué la hizo grande.
La grandeza estadounidense del siglo XX no se construyó solo con poder militar, sino con instituciones, alianzas, talento inmigrante y una narrativa de libertad. Si esa raíz se descuida mientras la ambición crece, no termina bien.
En la empresa pasa lo mismo. Toda compañía exitosa enfrenta tarde o temprano la tentación del Más sin disciplina: nuevas líneas, adquisiciones audaces, mercados desconocidos. El problema no es crecer; es crecer sin saber qué nos hizo crecer.
Tres preguntas antes de subir la apuesta.
¿Cuál es nuestro motor económico real, ese que entendemos y dominamos? Si la respuesta es vaga, estamos en la Etapa 1: Arrogancia.
¿Abrimos frentes porque tenemos capacidad o porque tememos no parecer ambiciosos? Si es lo segundo, entramos a la Etapa 2: Búsqueda indisciplinada de más.
¿Tenemos un mecanismo —no una intención, un mecanismo— para detectar cuando la apuesta no rinde? Sin eso, las siguientes etapas llegan en cadena. La etapa 3, negación del riesgo, aparece cuando los datos desmienten la narrativa y el equipo mira hacia otro lado. La etapa 4, obsesión por la salvación, es la búsqueda febril de un salvador —nuevo CEO, adquisición, giro radical— que devuelva la magia. Y la etapa 5, capitulación y muerte, cuando la organización se rinde a su irrelevancia.
Collins lo dijo aquella tarde en Chicago: el peor enemigo del éxito es creerse merecedor de él. La diferencia entre seguir creciendo y empezar a caer no aparece en el balance: aparece en las preguntas que el líder deja de hacerse.
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