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La nueva droga no se consume: se descarga, se apuesta y se comparte Opinión Imagen referencial

La nueva droga no se consume: se descarga, se apuesta y se comparte

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Las apuestas deportivas constituyen hoy uno de los fenómenos más visibles de esta transformación. Nunca antes apostar había sido tan fácil, tan inmediato y tan socialmente aceptado.


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Durante décadas, cuando hablábamos de adicciones pensábamos casi exclusivamente en alcohol y otras drogas.

Hoy esa comprensión resulta insuficiente. La evidencia científica ha demostrado que la adicción no depende únicamente de una sustancia, sino también de la relación que una persona establece con determinadas conductas capaces de activar los mismos circuitos cerebrales de recompensa, impulsividad y aprendizaje.

Las apuestas deportivas, el juego online, las redes sociales, los videojuegos o las compras compulsivas comparten mecanismos neurobiológicos similares a los observados en las dependencias químicas.

La dopamina, más que el neurotransmisor del placer, es el neurotransmisor de la anticipación y del aprendizaje de la recompensa. Como han descrito numerosos estudios en neurociencias, lo que mantiene la conducta no es necesariamente el premio obtenido, sino la expectativa de conseguirlo. El reforzamiento variable, principio ampliamente descrito por B. F. Skinner hace más de medio siglo, explica por qué resulta tan difícil abandonar conductas donde la recompensa aparece de forma impredecible. Es precisamente el mecanismo sobre el cual se construyen las plataformas de apuestas deportivas contemporáneas.

Sin embargo, reducir este fenómeno a la neurobiología sería un error equivalente al que durante años limitó nuestra comprensión de las adicciones.

George Engel propuso en 1977 el modelo biopsicosocial precisamente para superar las explicaciones reduccionistas de la enfermedad. La salud y la enfermedad son el resultado de la interacción permanente entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Las adicciones representan quizás uno de los mejores ejemplos de esta integración.

Desde la práctica clínica observamos que detrás de una conducta adictiva rara vez existe un único problema. Con frecuencia aparecen historias de trauma, dificultades para regular emociones, ansiedad persistente, depresión, aislamiento social, conflictos familiares, precariedad laboral o una profunda sensación de vacío existencial. La conducta adictiva cumple inicialmente una función adaptativa: anestesia el sufrimiento, organiza el caos emocional o entrega una sensación transitoria de control. 

Las apuestas deportivas constituyen hoy uno de los fenómenos más visibles de esta transformación. Nunca antes apostar había sido tan fácil, tan inmediato y tan socialmente aceptado. La industria ha logrado integrar el juego a la experiencia deportiva cotidiana mediante aplicaciones disponibles las veinticuatro horas del día, publicidad permanente y estrategias digitales altamente sofisticadas. Apostar dejó de ser un evento excepcional para convertirse en una práctica incorporada al consumo habitual del deporte.

Pero este fenómeno también expresa algo más profundo: refleja la cultura en la que vivimos. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito nuestra época como la “sociedad del rendimiento”. Ya no predominan las prohibiciones propias de las sociedades disciplinarias, sino la autoexigencia permanente. Cada individuo se convierte simultáneamente en trabajador, supervisor y juez de sí mismo. La presión por ser exitoso, productivo y competitivo se instala como una obligación moral más que como una aspiración personal.

Esta lógica del exitismo encuentra un terreno fértil en un modelo económico y cultural profundamente individualista. Se instala la idea de que el éxito depende exclusivamente del mérito personal y que el fracaso constituye una responsabilidad individual.

En consecuencia, cada persona carga en solitario con la presión de rendir, competir y demostrar permanentemente su valor. Las apuestas deportivas encajan perfectamente en este imaginario. No venden únicamente la posibilidad de obtener dinero. Comercializan la ilusión de controlar la incertidumbre, de demostrar inteligencia superior y de alcanzar reconocimiento mediante decisiones individuales. El azar se presenta disfrazado de mérito.

Desde la salud mental observamos diariamente las consecuencias de esta narrativa. El incremento de trastornos ansiosos, depresivos, cuadros de agotamiento profesional, consumo problemático y conductas adictivas no puede comprenderse únicamente desde variables individuales. Los determinantes sociales de la salud, ampliamente desarrollados por la Organización Mundial de la Salud, muestran que factores como la desigualdad, la cohesión social, el empleo, la educación, el acceso a oportunidades y la calidad de las redes de apoyo influyen decisivamente en el bienestar psicológico de las personas.

En nuestra experiencia como equipo interdisciplinario de salud mental, hemos comprobado que los mejores resultados terapéuticos aparecen cuando el tratamiento deja de enfocarse exclusivamente en la conducta adictiva y comienza a reconstruir la vida de la persona. Psiquiatras, psicólogos, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, enfermeras y otros profesionales aportan perspectivas complementarias que permiten comprender la complejidad de cada caso.

La evidencia internacional respalda esta aproximación: las intervenciones multidisciplinarias muestran mejores resultados cuando integran el tratamiento clínico con la rehabilitación psicosocial, el trabajo con las familias y la reinserción comunitaria.

Asimismo, el paradigma de la atención informada por trauma ha demostrado que muchas personas con conductas adictivas no requieren únicamente controlar un síntoma, sino reconstruir experiencias de confianza, seguridad y pertenencia que han estado ausentes durante gran parte de sus vidas.

Johan Hari popularizó una frase que resume parte importante de la evidencia disponible: “el opuesto de la adicción no es simplemente la abstinencia; es la conexión”, aunque simplifica una realidad clínica mucho más compleja, apunta hacia una verdad respaldada por abundante evidencia: los vínculos sociales protegen la salud mental.

La cooperación no constituye únicamente un valor ético; representa un determinante estructural de la salud. Porque, finalmente, cada paciente que atendemos confirma una misma lección clínica: nadie supera una adicción únicamente por fuerza de voluntad. La recuperación ocurre cuando convergen tratamientos basados en evidencia, equipos interdisciplinarios, políticas públicas coherentes y comunidades capaces de sostener a quienes atraviesan el sufrimiento.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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