Opinión
¿Con quién fue desleal Mara Sedini?
El affaire Sedini es expresión de algo y ese algo, probablemente, no radica sólo en su entorno inmediato.
La entrevista que dio hace algunos días la exministra Mara Sedini ha suscitado una ventolera de reacciones adversas a su persona. El reproche unánime que ha recibido es la acusación de deslealtad.
Al respecto es pertinente preguntarse ¿con quién fue desleal: con el Presidente, con la coalición oficialista o con la lógica que rige el quehacer político? Si fue desleal con todos ellos, habría que preguntarse si también lo fue con la verdad.
Si Sedini dijo la verdad, y de paso desnudó una parte de la lógica que rige el quehacer político, entonces profanó lo que algunos teóricos políticos renacentistas llamaban los «arcana imperii», o sea, los secretos del poder. Dicho de otro modo: Sedini corrió las cortinas y aparecieron las impudicias de la política. Concretamente, la manera cómo los políticos actúan tras las bambalinas. Si es así, Sedini fue indiscreta, pero no desleal con la verdad. Ella fue, entonces, leal con la verdad. En el supuesto, obviamente, de que su testimonio sea verídico.
Si fuere así, el problema radica, en este caso, en el hecho de que la lealtad a la verdad incita revelar las prácticas soterradas de los políticos. Si Sedini corrió las cortinas y mostró unos centímetros de los intestinos de la política, debiera ser elogiada por la opinión pública de una sociedad que está obsesionada con la transparencia.
El affaire Sedini amerita preguntarse, ¿si verdad y política son compatibles? ¿O si van por caminos opuestos o, por lo menos, paralelos? Asimismo, también es pertinente preguntarse ¿de cuánta verdad y de cuánta mentira (fantasías, ilusiones u opacidad) requiere la política para no suscitar la desafección de la ciudadanía? Concretamente, ¿cuánta verdad podemos soportar?
¿Será necesario recordar, a costa de herir el dogma de la igualdad, que la virtud política no le es dada a cualquiera y que, además, no se hereda? Ello suele olvidarse en nuestra república. Pese a que tiene a flor de piel dicho dogma, paradojalmente, todavía rinde pleitesía a las dinastías políticas locales. Casi todos los partidos tienen la suya. No obstante, tal dogma lucha por concretarse y en parte lo ha logrado. Pero de una manera que sólo hace un par de décadas atrás hubiese resultado hilarante. En efecto, en el último tiempo no resulta para nada insólito que cada vez ingresen a la arena política más personajes provenientes del mundo de la farándula y del espectáculo. Esto último con la benevolente complicidad de la muchedumbre. Quizás, hemos sustituido una distorsión por otra. No en vano, la línea divisoria entre política y espectáculo es cada vez más tenue.
¿No será hora de transitar de la crítica a los figurines de la política a la crítica de la liviandad de los ciudadanos que se asumen como espectadores? Quizás, en algunas democracias hay malos políticos porque hay malos electores. Si es así, lo que hay arriba sería un espejo de lo que hay abajo. Y, al parecer, ni arriba ni abajo brilla la virtud política. Entonces, si es así, en el affaire Sedini habría algo de responsabilidad compartida. Pero no tanta, porque, pese a todo, la mayor responsabilidad está en los grupos dirigentes, a los cuales cuesta cada vez más llamarlos elites.
El affaire Sedini es expresión de algo y ese algo, probablemente, no radica sólo en su entorno inmediato. Lo que sí está parcialmente claro es que Sedini carece de talento político. Pero, al parecer, también carece de él quien la nombró en el cargo. Como dijo un sabio florentino de la época del Renacimiento, los primeros indicios que se tienen acerca de la real inteligencia política de un gobernante, una vez instalado en el poder, se advierte a la hora de nombrar a sus ministros y consejeros. Porque es muy difícil que un príncipe que carece de virtud política elija de manera sensata a sus secretarios y tome decisiones prudentes. Y la virtud política de un príncipe se ve en la adversidad, no cuando lo acompaña la fortuna.
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