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La reinserción social como un fenómeno extraordinario Opinión Crédito foto: Agencia Uno

La reinserción social como un fenómeno extraordinario

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Katherine Alvear
Por : Katherine Alvear Psicóloga Jurídica Forense Docente Universidad Diego Portales y Universidad Andrés Bello Doctorante Programa Humanidades Aplicadas, Universidad Andrés Bello
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La reinserción social rara vez es una obra individual. Es una construcción colectiva.


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Hace algunos meses vi una noticia sobre Franco Ruz. Ex privado de libertad, expositor internacional e invitado a compartir su experiencia en distintos espacios, entre ellos la ONU. Su historia es potente y muy inspiradora, pero mientras la leía, más pensaba que la verdadera pregunta no es quién es Franco Ruz, sino  por qué conocemos su historia.

Cada cierto tiempo aparece un relato similar: una persona que pasó por la cárcel, terminó una carrera, consiguió trabajo o lidera un proyecto social. Son historias que vemos presentadas como excepciones admirables, casi milagros que confirman una regla silenciosa: quienes han cometido delitos difícilmente pueden cambiar.

Quizás por eso nos llaman tanto la atención. No porque sean imposibles, sino porque hemos aprendido a considerarlas improbables.

Cuando hablamos de delincuencia solemos conocer el comienzo de las trayectorias: quién fue detenido, quién fue condenado, quién reincidió. El delito tiene titulares y espacios permanentes en la conversación pública. La reinserción, en cambio, casi nunca los tiene.

No sabemos quién terminó la enseñanza media durante el cumplimiento de una condena, quién consiguió un empleo después de años de exclusión, quién reconstruyó el vínculo con sus hijos o logró sostener una vida alejada del delito. Y cuando esas historias aparecen, suelen presentarse como casos extraordinarios.

La particular es que cuando la reinserción ocurre no es noticia. Cuando una persona mantiene un trabajo, termina un programa de intervención, reconstruye sus vínculos familiares o simplemente deja de aparecer en los registros policiales y judiciales. Su éxito consiste, precisamente, en volver a una vida suficientemente ordinaria como para pasar inadvertida.

Sin embargo, detrás de esas trayectorias de cambio hay algo que rara vez aparece en los relatos públicos: ninguna transformación ocurre en solitario. Existe una tendencia a narrarlas como si fueran el resultado exclusivo del esfuerzo individual, como si bastara la voluntad para dejar atrás años de violencia, exclusión, consumo problemático o precariedad.

La realidad suele ser bastante más compleja. Detrás de muchos procesos exitosos encontramos profesionales que acompañaron durante años, organizaciones que ofrecieron oportunidades, empleadores que decidieron contratar, familias que volvieron a abrir sus puertas y comunidades dispuestas a ofrecer una segunda oportunidad.

La reinserción social rara vez es una obra individual. Es una construcción colectiva.

Por eso resulta llamativo que, cuando discutimos sobre seguridad pública, depositemos casi toda la responsabilidad en el sistema penitenciario. Esperamos que una institución resuelva problemas que también se originan en la escuela, el barrio, el trabajo, las experiencias de violencia y las múltiples formas de exclusión que atraviesan muchas trayectorias delictivas.

Mientras tanto, seguimos sorprendidos cuando aparece alguien como Franco Ruz. Tal vez no sea excepcional porque haya cambiado. Tal vez sea excepcional porque pudimos verlo.

Y mientras sigamos entendiendo la reinserción como una rareza admirable, en lugar de una responsabilidad compartida, seguiremos creyendo que la seguridad depende únicamente de las cárceles, cuando también depende de nuestra disposición, como sociedad, a hacer posible una segunda oportunidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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