Opinión
La era hiperconectada de la democracia
La microsegmentación opaca e individualizada impide que el electorado contraste propuestas en un espacio público verdaderamente común, dificultando el control social sobre la propaganda, el financiamiento y los sesgos algorítmicos.
En la era hiperconectada, la esfera pública tradicional ha experimentado una transformación irreversible. Las dinámicas parlamentarias, la prensa impresa y los debates territoriales han cedido terreno frente al dinamismo de los feeds, las transmisiones en directo y la personalización de contenidos.
La política contemporánea no solo se difunde a través de plataformas digitales, sino que se construye y articula directamente dentro de ellas. En Chile, este fenómeno se consolidó tras el estallido social de 2019, un periodo de profunda crisis de representatividad institucional en el que la ciudadanía volcó sus demandas en las calles pero también en los entornos virtuales. En consecuencia las redes sociales dejaron de ser un canal meramente informativo para convertirse en el epicentro de la acción colectiva y la construcción de identidades políticas.
El marco analítico de las ciencias políticas demuestra que las plataformas digitales actuales operan bajo una lógica de segmentación de audiencias impulsada por algoritmos prediseñados. La incorporación de tecnologías avanzadas y el microtargeting o microsegmentación permiten procesar volúmenes masivos de datos para adaptar discursos a vulnerabilidades y sesgos específicos del electorado.
En esta arquitectura, los algoritmos de recomendación en redes sociales e inteligencia artificial integrada priorizan el contenido que genera mayor interacción (engagement), lo cual suele traducirse en publicaciones de alta carga emocional o antagónica. Esto refuerza sesgos previos y crea cámaras de eco que polarizan el debate público.
Asimismo, mediante estas herramientas algorítmicas, un partido o candidato puede enviar mensajes contradictorios pero sumamente atractivos a distintos nichos demográficos sin ser expuesto al escrutinio masivo, alterando los preceptos tradicionales de la deliberación democrática.
Un hito representativo de este proceso en el espectro político chileno fue la consolidación del Partido de la Gente (PDG) entre 2019 y 2021. Surgido como un movimiento articulado de manera remota, el PDG y la candidatura presidencial de Franco Parisi estructuraron su propuesta electoral casi exclusivamente a través de plataformas como YouTube, mediante programas como Bad Boys, Facebook y WhatsApp.
Como aborda el pensamiento de Ernesto Laclau sobre la formación de identidades colectivas, el populismo articula demandas sociales desatendidas para construir un sujeto político. En este caso, la formación canalizó un discurso anti-élite que posicionó a la clase media y trabajadora frente a una élite política tradicional percibida como corrupta o desconectada de la realidad cotidiana. Para afianzar este relato tecnopopulista, el movimiento proyectó una horizontalidad e inclusión aparente mediante la propuesta de una democracia digital donde los afiliados decidían posturas del partido mediante votaciones virtuales. Esta estrategia se complementó con una destacada flexibilidad ideológica al autodefinirse fuera del espectro binario tradicional (“ni de izquierda ni de derecha”), captando a un electorado despolitizado o descontento mediante promesas concretas de impacto directo en el bolsillo, como impuestos, financiamiento y meritocracia. Todo este despliegue permitió que en las elecciones de 2021, un candidato sin presencia física en el país obtuviera el tercer lugar en la primera vuelta presidencial, demostrando la capacidad transformadora del espacio digital sobre los incentivos y preferencias del electorado.
A nivel global y local, la irrupción de modelos de inteligencia artificial generativa y bots conversacionales añade un nuevo grado de complejidad a este escenario. La desinformación o fake news, que cobraron vigor durante las protestas de 2019 y la pandemia, ahora pueden generarse a una escala inédita, afectando la percepción cívica y la estabilidad institucional.
Como reflexión crítica, si bien el uso estratégico de tecnologías digitales permite dar voz a colectivos históricamente invisibilizados por la política tradicional, la simplificación de problemas sistémicos a través de eslóganes emocionales propiciados por algoritmos plantea el peligro latente de debilitar el tejido democrático y la confianza en las instituciones públicas.
Asimismo, al extender la mirada hacia las consecuencias de mediano y largo plazo, se evidencia que la evolución de la esfera pública impulsada por algoritmos de recomendación, la inteligencia artificial generativa y el microtargeting no solo altera las estrategias electorales o la comunicación de los partidos, sino que impone desafíos inéditos sobre los cimientos normativos e institucionales que sostienen la convivencia pacífica.
Para comprender el alcance de estas prácticas en el tiempo, es preciso profundizar en cómo sus efectos se traducen en amenazas concretas para la calidad de la deliberación, la cohesión social y la gobernabilidad democrática.
En primer lugar, el cambio más perceptible ocurre en el tránsito de una tradicional polarización ideológica (caracterizada por discrepancias programáticas o económicas entre adversarios legítimos) hacia una agresiva polarización afectiva. En esta nueva dinámica, moldeada por la búsqueda constante de interacción y rentabilidad algorítmica, el contrincante político deja de ser un interlocutor válido para convertirse en un enemigo moral cuya mera presencia es percibida como una amenaza existencial.
La tribalización de la sociedad y la erosión de la confianza interpersonal no son meros efectos colaterales, sino el resultado directo de feeds que priorizan contenidos cargados de indignación, erosionando de manera continua el margen de acuerdo necesario para la convivencia cívica.
Esta fragmentación social impacta de lleno en el funcionamiento de las instituciones representativas, provocando una progresiva parálisis legislativa y el quiebre de la gobernabilidad. Cuando los representantes políticos quedan expuestos a los incentivos de sus cámaras de eco digitales, la negociación y el consenso pasan a ser juzgados por sus propias bases como actos de traición. En consecuencia, la aprobación de reformas estructurales en materias prioritarias (tales como previsión social, salud o tributación) se vuelve extremadamente compleja, mientras la agenda pública es paulatinamente capturada por un populismo punitivo que antepone las respuestas apresuradas impulsadas por tendencias virales a la elaboración de políticas públicas de largo plazo basadas en evidencia.
A esta complejidad estructural se suma el impacto de la desinformación sintética impulsada por la IA generativa, la cual introduce a la sociedad en una era de posverdad donde se diluye la existencia de un conjunto básico de hechos compartidos. La capacidad de producir contenidos hiperrealistas, deepfakes y narrativas manipuladas a gran escala genera un agotamiento cognitivo en la ciudadanía, derivando en un cinismo generalizado o en el retraimiento cívico.
Al mismo tiempo, la duda metódica sobre la veracidad de la información termina por erosionar la confianza en órganos autónomos fundamentales, como los servicios electorales, los poderes judiciales y el estamento científico, debilitando la legitimidad de sus dictámenes normativos.
Fíjese que este patrón de manipulación y cautiverio digital encuentra un paraleló realmente notable en la Biblia, cuando Pedro nos advierte sobre la persuasión masiva de falsos maestros en 2 Pedro 2:1-3 “En Israel también hubo falsos profetas, tal como habrá falsos maestros entre ustedes”. “Llevados por la avaricia, inventarán mentiras ingeniosas para apoderarse del dinero de ustedes; pero Dios los condenó desde hace mucho. Y su destrucción no tardará en llegar”.
Finalmente, estas transformaciones plantean interrogantes severos sobre la soberanía y la equidad electoral. La microsegmentación opaca e individualizada impide que el electorado contraste propuestas en un espacio público verdaderamente común, dificultando el control social sobre la propaganda, el financiamiento y los sesgos algorítmicos. La opacidad de estos modelos transnacionales deja abierto el terreno para interferencias que distorsionan el ejercicio democrático, demostrando que la personalización extrema de la política no solo reconfigura el voto, sino que amenaza silenciosamente la estabilidad misma de la sociedad.
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