Opinión
Crédito foto: Agencia Uno
La lluvia también tiene clases sociales
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿hemos aprendido de los desastres o siguen siendo estos los que una y otra vez nos repiten las mismas lecciones?
“El patio de mi casa es muy particular, se moja como los demás…” Así dice una de las canciones infantiles más conocidas de nuestro país. Sin embargo, las lluvias de estos días demostraron exactamente lo contrario. En Chile, los patios no se mojan igual.
Mientras para algunos el temporal significó permanecer un día más en casa o modificar la rutina, para otros implicó perder el suministro eléctrico y el agua potable durante días, quedar aislados por caminos destruidos, ver sus viviendas inundadas o enfrentar el riesgo de perder lo poco que con tanto esfuerzo habían construido.
Hace más de un año, la comunidad científica y los organismos especializados advertían que este invierno estaría marcado por eventos meteorológicos de mayor intensidad, denominándolo “niño Godzilla”. Este fenómeno está asociado al cambio climático, que dejó de ser una advertencia para convertirse en una realidad.
Poco antes de la llegada del temporal, en distintos servicios públicos se comenzó un proceso de preparación. En el sector salud, donde desempeño mis funciones, se revisaron protocolos, se realizaron simulacros, se fortalecieron las coordinaciones y se ajustaron procedimientos para responder de mejor manera a una eventual emergencia.
Ese trabajo demuestra que la prevención es posible, pero también que no basta con elaborar protocolos. El Estado aprende cuando es capaz de corregir, evaluar y escuchar la experiencia de quienes conocen el territorio. La planificación adquiere sentido cuando dialoga con los liderazgos locales, con los municipios, con las comunidades organizadas y con los equipos técnicos que, muchas veces, conocen antes que nadie dónde están las mayores vulnerabilidades.
Las emergencias ponen a prueba la capacidad de los gobiernos, de sus instituciones y de las empresas que administran servicios esenciales. La planificación pierde valor cuando no se traduce en respuestas oportunas, coordinadas y eficaces. Las advertencias existían, la evidencia científica era clara y la experiencia de eventos anteriores entregaba suficientes aprendizajes. Lo que la ciudadanía espera es que esa preparación se transforme en decisiones oportunas y en una respuesta capaz de proteger, especialmente, a quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad y solo pueden contar con el Estado.
Estas lluvias dejaron al descubierto una realidad incómoda: Chile es un país profundamente desigual. La intensidad del temporal puede ser la misma, pero sus consecuencias no. Las zonas rurales y los sectores más apartados volvieron a pagar el costo más alto. Caminos destruidos, comunidades aisladas y familias que permanecieron durante días sin electricidad o agua potable contrastan con sectores donde la normalidad regresó rápidamente.
La naturaleza no distingue entre comunas, ingresos ni colores políticos. Pero, las condiciones en que enfrentamos sus efectos sí dependen de las decisiones que hemos tomado como sociedad. Cuando una carretera colapsa, cuando una comunidad permanece varios días sin servicios básicos o cuando la ayuda tarda demasiado en llegar, el problema deja de ser exclusivamente climático porque refleja las desigualdades territoriales que persisten y la necesidad de construir un país más igualitario.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿Hemos aprendido de los desastres o siguen siendo estos los que una y otra vez nos repiten las mismas lecciones?
La naturaleza seguirá recordándonos que tiene sus propios tiempos y que no podemos negociar con ella. Lo que sí está en nuestras manos es aprender de cada emergencia, escuchar a la ciencia, fortalecer los liderazgos locales y exigir que tanto el Estado como las empresas privadas que prestan servicios esenciales estén a la altura de las responsabilidades que la ciudadanía les ha confiado.
Porque, al final, la mayor lección que nos deja este invierno es tan simple como incómoda: la lluvia cae sobre todos, pero mientras persistan las desigualdades, sus consecuencias seguirán teniendo clases sociales.
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