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Mapocho–La Chimba: una apuesta por el futuro de Santiago y de Chile Opinión Crédito foto: Colegio de arquitectos

Mapocho–La Chimba: una apuesta por el futuro de Santiago y de Chile

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Jaime Romero A
Por : Jaime Romero A Coordinador Programa para la Recuperación de Territorios Metropolitanos
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Por eso, más que un proyecto urbano, la recuperación de La Chimba debiera entenderse como una señal.


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Hay lugares que terminan explicando una ciudad entera. Mapocho–La Chimba es uno de ellos. Desde su orígenes, este sector ha sido un punto de encuentro. Un lugar donde Santiago comercia, se abastece, se mezcla y, en buena medida, se reconoce a sí mismo.

Lo fue en sus orígenes y, pese a todo, lo sigue siendo hoy. Basta caminar por sus calles una mañana cualquiera para entenderlo: comerciantes que levantan sus puestos antes del amanecer, vecinos que llevan décadas viviendo ahí, trabajadores que cruzan la ciudad para llegar a sus empleos, turistas que descubren una parte menos conocida de la capital.

Cada día circulan por el sector más de 112 mil personas. La Vega, el Mercado Tirso de Molina y el entorno de Mapocho continúan siendo piezas indispensables de la vida metropolitana. Hay pocos lugares en Santiago donde convivan, con tanta intensidad, actividad económica, historia y diversidad.

Quizás por eso resulta tan evidente el contraste. Porque junto a esa vitalidad conviven problemas que llevan demasiado tiempo acumulándose: inseguridad, comercio ambulante fuera de control, microtráfico y consumo de drogas, basura, infraestructura deteriorada y una creciente presencia de personas en situación de calle. Son fenómenos distintos, pero en la práctica se encuentran todos los días en las mismas esquinas.

Y cuando eso ocurre, las consecuencias son conocidas: la experiencia del barrio cambia, la percepción de abandono se instala y quienes lo habitan comienzan a sentir que el Estado llega tarde, o simplemente no llega.

Pero reducir La Chimba a una lista de problemas sería una injusticia. Hay algo en este lugar que ha resistido décadas de postergación. Sigue teniendo una capacidad extraordinaria para atraer personas, generar empleo y sostener parte importante del abastecimiento de Santiago. Su patrimonio permanece ahí. También su identidad. No es un territorio que necesite inventarse de nuevo, necesita volver a ponerse de pie.

Esa convicción ha estado detrás de la mirada que ha impulsado el Gobierno de Santiago en los últimos años: entender que recuperar un barrio implica mucho más que intervenir su espacio físico. La experiencia demuestra que las ciudades cambian cuando la inversión pública conversa con la seguridad, con el desarrollo económico, con la integración social y con el sentido de pertenencia de quienes viven y trabajan en ellas.

Mapocho–La Chimba, además, tiene una particularidad: sus efectos no terminan en sus límites administrativos. Lo que ocurre ahí repercute en toda la región. Por eso, pensar que este desafío puede ser abordado únicamente desde el ámbito local sería desconocer su verdadera escala.

La seguridad depende, en gran medida, de herramientas que están en manos del Gobierno Central. Lo mismo ocurre con las políticas de salud y de apoyo a personas en situación de calle. La recuperación de infraestructura, por su parte, involucra a ministerios, servicios públicos y recursos que deben sostenerse en el tiempo. Ninguna transformación profunda ocurre en un año ni responde a la acción de una sola institución.

Por eso, más que un proyecto urbano, la recuperación de La Chimba debiera entenderse como una señal. Una señal de que somos capaces de ponernos de acuerdo, como lo hicimos con la nueva alameda, en torno a aquello que vale la pena preservar, de que es posible recuperar espacios emblemáticos sin expulsar su identidad y de que el trabajo coordinado entre distintos niveles del Estado puede producir cambios visibles y duraderos.

Las grandes ciudades suelen ser recordadas por la manera en que enfrentaron sus lugares más difíciles y más queridos. Santiago tiene hoy esa oportunidad en frente. Mapocho–La Chimba no necesita resignarse a su deterioro. Tiene historia, tiene energía y tiene un papel que cumplir en el futuro de la ciudad. El Gobierno de Santiago ha decidido asumir ese desafío.

Lo que viene ahora es más fácil decirlo que hacerlo. Que la ciudad, en su conjunto, entienda que este barrio también le pertenece. Ahora corresponde que el Gobierno Central lo convierta en una de sus prioridades.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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