Opinión
La indiferenciación como un mal terminal para el progresismo y la izquierda
El problema central no es sólo electoral sino ideológico-simbólico, al haber pérdida de relato histórico, debilitamiento de la solidaridad y anclaje popular.
Los temas internacionales y, particularmente en el escenario de hoy, la inflexión histórica marcada por la convergencia de “poli y perma” crisis que azota al mundo (geopolítica, económica, ecológica y democrática), han sido y son un espejo-efecto de las dinámicas nacionales y cuyos resultados están favoreciendo a la extrema derecha, al nacionalismo, al autoritarismo y al populismo.
El progresismo, en una profunda crisis estratégica, como dice Franco Berardi, ha respondido a estas verdaderas amenazas a la democracia con moderación y racionalidad tecnocrática, sin ofrecer una narrativa que responda a los viejos y nuevos clivajes, y a las sensaciones de temor e incertidumbre de las amplias mayorías ciudadanas.
Es decir, ha privilegiado la administración del sistema (gobernabilidad) antes que la construcción de un nuevo horizonte.
Hace poco, a partir de procesos electorales recientes, escribí dos columnas relacionadas a dos partidos progresistas cuyas historias precisamente se anclaban a responder a estos clivajes y sensaciones, pero que hoy están interpelados con la desafección de las personas por su pérdida de anclajes y horizontes.
Uno era el Partido Laborista del Reino Unido (El Mostrador 21/05/2026, “Pérdida de rumbo y castigo al laborismo en Reino Unido”) y el otro era el Partido Demócrata de EE.UU. (Radio Universidad de Chile 11/07/2026, “Los socialistas demócratas irrumpen en la política de Estados Unidos”).
En ambos casos, las interpelaciones se anclan al olvido de los clivajes tradicionales (y parcialmente de los nuevos) y de los afectados por estas fracturas: la clase trabajadora (el “cinturón del Óxido” en EE.UU. o las regiones industriales del norte de Inglaterra y Gales en el caso del Reino Unido), los asalariados y del hombre común del cual hablaba el ex presidente de EE.UU. y unos de los fundadores del Partido Demócrata, Andrew Jackson.
Impactados por la desindustrialización, privatizaciones, debilitamiento sindical y expansión de los sectores de servicios y financieros, que se impuso en los tiempos de los presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher y por la caída de los socialismos reales (cambios vitales para la identidad obrera y de trabajadores que sostenía a estos partidos) y capturados a su vez por élites económicas urbanas, especialmente de los sectores tecnológico, financiero, universitario y profesional, esos que practican la política desde pasillos y salones del gobierno y el Congreso o en lugares exclusivos muy ajenos a la cotidiana y compleja realidad de la calle, estos partidos pasaron de ser instituciones de base popular a representantes del establishment, al aceptar buena parte del modelo neoliberal, priorizando temas de gestión y modernización para un supuesto desarrollo a través del “chorreo”, más que aquellos ligados a los antiguos y nuevos clivajes (incluyendo la inteligencia artificial y sus efectos como lo adelanta el papa León XIV y su encíclica Magnifica Humanitas).
Se apostó a la lógica institucional dominante (ese giro de superar izquierdas y derechas que proponía la “Tercera Vía”) en medio de prioridades cambiantes y sin mediarlas de manera suficiente con los anclajes tradicionales, debilitado así su vínculo con la sociedad a pesar de mantener “más” políticas públicas redistributivas que la derecha. Esto produjo una indiferenciación programática, entendida esta como el proceso mediante el cual los principales partidos convergen en sus propuestas, reduciendo las diferencias ideológicas/narrativas (hoy ancladas a temas coyunturales) y ofreciendo alternativas percibidas como muy similares.
El politólogo Peter Mair (2013) sostiene que muchos partidos han evolucionado desde organizaciones de representación social hacia aquellas centradas en la gestión del Estado, debilitando sus vínculos con la ciudadanía. Mair agrega que cuando los electores perciben que “todos los partidos son iguales”, disminuye la identificación partidaria, aumenta la abstención y crece la disposición a apoyar candidatos antisistema que prometen romper con la política tradicional.
En el caso de Chile, esto se expresó en la llamada política de consenso, que se dio en el marco de un corsé constitucional que resguardó, en lo fundamental, el poder político, económico, militar y cultural legado por la dictadura.
Si bien este entramado se mediatizó con la consolidación democrática, sus reformas y los retornos que trajo, y contribuyó durante décadas a la estabilidad democrática y a la moderación institucional, se le critica que también redujo las diferencias programáticas entre los grandes partidos y debilitó la capacidad de la política para ofrecer alternativas reales a la ciudadanía (todo era igual entre los liderazgos y los exclusivos participantes).
Como dice Franco Berardi, llevó a la izquierda y el progresismo a “saber ” (como una) sopa de hospital: su mensaje insípido y racional no puede calar en el inconsciente colectivo sobreexcitado. El inconsciente no reconoce “los tonos moderados” en contextos de la “hiperpolítica” donde la gente ya no asiste (participa).
La convergencia hacia el centro, la priorización de acuerdos tecnocráticos y la aceptación de amplios consensos en materias económicas y de gobernanza, han generado la percepción de que “todos los partidos son iguales”, favoreciendo el desapego ciudadano, la abstención y el surgimiento de fuerzas antisistema de extrema derecha y/o populistas como los partidos Republicanos y Nacional Libertario o el PDG.
Autoras como Chantal Mouffe argumentan que la excesiva búsqueda de consensos despolitizó la democracia al desmovilizar a las fuerzas organizadas al invisibilizar los conflictos legítimos presentes en toda sociedad.
Desde esta perspectiva, cuando la competencia democrática pierde contenido y las diferencias entre las principales fuerzas políticas se vuelven poco perceptibles, se crea un terreno fértil para el populismo y autoritarismo, que promete restablecer una confrontación clara entre “el pueblo” y las élites y recuperar una política percibida como auténtica y transformadora, una de soluciones fáciles y rápidas para temas complejos, desinstitucionalizadora por esencia en función de un liderazgo personalista.
Entonces, el problema central no es solo electoral sino ideológico-simbólico (de disputa del imaginario en la sociedad civil), al haber pérdida de relato histórico, debilitamiento de la solidaridad y anclaje popular y dificultad para articular un proyecto colectivo en sociedades fragmentadas y posindustriales (estamos llenos de conferencias y discusiones programáticas que no dan el ancho al perderse en el bosque coyuntural), tensiones todas que afecta al progresismo en general (dilema entre globalización, identidad nacional y representación popular), en tiempos de la hiperpolítica.
Por ende, como dice Lea Ypi, se debe aprender tanto del fracaso del socialismo estatal que revivió en las burocracias autoritarias como de la socialdemocracia que terminó acomodándose al neoliberalismo. Como en la fábula de la rana y el escorpión, la rana es aguijonada a pesar de las promesas.
Frente a ello, la lucha por la hegemonía constituye el elemento central de la política moderna en instituciones como la escuela, los medios de comunicación, las iglesias, las universidades, los partidos políticos, las organizaciones sociales, las redes y otros espacios públicos, donde se forman las ideas, los valores y las identidades colectivas: el cambio político no depende solo de conquistar el gobierno o el aparato del Estado, sino de disputar el liderazgo cultural e intelectual de la sociedad (oferta de un sueño/proyecto diferente).
Puede que la gente no asista a una reunión, pero verá algo en TikTok o Instagram, o escuchará un podcast en Spotify.
Pero como lo expresa Berardi esto debe anclarse en términos de desarrollar una “cultura apocalíptica de izquierda”, entendida no como una invitación al fatalismo, sino como la capacidad de describir con realismo la gravedad de las amenazas actuales (guerra, crisis climática, desigualdad y declive mundial) y de articular un proyecto político innovador que movilice a la ciudadanía.
Para Berardi, la izquierda solo podrá recuperar capacidad de liderazgo si abandona la confianza en las fórmulas tradicionales y construye un nuevo imaginario político capaz de enfrentar un escenario internacional crecientemente dominado por el nacionalismo, la militarización y la descomposición del orden liberal.
En tiempos de la hiperpolítica (la política que se practica ahora tras la destrucción de las instituciones que daban voz al pueblo en la política), la tarea consiste en construir instituciones plurales para contrarrestar las tendencias monopolísticas del poder corporativo, donde la política se organiza en la deliberación y el compromiso como lo expresa Anton Jäger.
La verdadera amenaza al capital negativo y al poder excluyente, proviene de la lucha constante de los intereses organizados y no en la discusión indiferenciada y coyuntural en los pasillos del poder o en frase en las redes. Se necesita con urgencia una “restructuración del campo” de acción de la política y el progresismo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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