Opinión
La sanción suspende el acto, pero no transforma la conciencia
Esto nos advierte sobre un peligro de fondo: el espacio privado revela el prejuicio asimilado, dejando al descubierto lo que la cultura ha naturalizado.
La sanción punitiva suspende el acto, pero no transforma la conciencia. Esa debería ser la pregunta que queda abierta después del caso Omegna, más allá de la indignación de estos días.
La deshumanización o la exclusión de las minorías no aparecen de un día para otro, ni se instala en la sociedad de manera abrupta. Por el contrario, avanza a través de situaciones sutiles, domésticas, casi imperceptibles, que van probando su alcance y su poder.
Cuando en la cocina de un departamento cuatro hombres se mofan, ríen y se divierten aludiendo a la condición autista, ahí es donde hay que detenerse a analizar. Porque el fenómeno noticioso no está en quién lo dijo, sino en cuántas personas más, en la seguridad de sus hogares, piensan exactamente lo mismo y nunca lo dicen en público.
La ventana de Overton describe cómo el espectro de lo aceptable se desplaza con el tiempo: cada comentario que no recibe respuesta social corre el límite un poco más hacia la insensibilización.
Ese desplazamiento no ocurrió esta vez, la reacción fue inmediata, terminó en despido y disculpas públicas, pero el mecanismo que Overton describe es el que explica por qué este tipo de comentarios importa más allá de la broma puntual: son pruebas, deliberadas o no, de cuánto tolera el cuerpo social.
¿Pero qué hay detrás de esas disculpas? Arendt, en Eichmann en Jerusalén, aborda cómo la banalización del daño no siempre surge de una maldad diabólica, sino de la ausencia de pensamiento reflexivo. Cuando Omegna dice que “no supo calibrar el rol humorístico”, denota justamente esa irreflexión: sigue creyendo que la broma es lo que no supo calibrar en la cocina de su casa, y no su pensamiento, que el sufrimiento de un menor autista es materia de humor doméstico. Esa es exactamente la irreflexión de la que habla Arendt, no la maldad del monstruo, sino la incapacidad de pensar lo que se está diciendo.
Y ahí aparece Levinas: la ética empieza en el encuentro con el Otro, sobre todo con el más indefenso, y exige reconocer su humanidad antes que su utilidad como chiste. Reírse de un niño autista en una cocina no es un exceso de humor negro; es tratar a alguien indefenso como si no tuviera rostro, que es exactamente lo que Levinas nos pide no hacer.
El reclamo social fue rápido y contundente al exigir sanciones para el involucrado. Sin embargo, conviene no confundir la indignación con un cambio real. Las disculpas de quien sigue argumentando un error de “calibración” no son evidencia de una conciencia transformada, sino de una mente que simplemente aprendió a temerle a las consecuencias.
Esto nos advierte sobre un peligro de fondo: el espacio privado revela el prejuicio asimilado, dejando al descubierto lo que la cultura ha naturalizado. Por ello, la verdadera herramienta para desmantelar esta ignorancia construida es la visibilización del modelo social de la discapacidad. Esto no consiste en apelar al burdo “no te burles porque es malo”, sino en alfabetizar sobre las neurodivergencias: entender que la comunicación va mucho más allá de la voz articulada y que la necesidad de apoyos no limita la capacidad de comprensión de un niño.
Solo así es posible transitar de una empatía pasiva hacia un verdadero pensamiento ampliado.
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