Opinión
AgenciaUno
Los jóvenes no abandonan el campo: abandonan la falta de oportunidades
Llevamos semanas oyendo de nuevo el mismo debate de siempre: ¿por qué la juventud se va del campo?
La respuesta oficial, y bastante cómoda, por lo demás, insiste en señalar un supuesto cambio cultural o el desinterés de las nuevas generaciones por las tradiciones de sus padres.
Conveniente explicación: le echa la culpa a la gente y libera de responsabilidad al Estado. Pero la realidad es harto más cruda. Los jóvenes no le están dando la espalda a sus raíces. Le están huyendo a la imposibilidad material de armar una vida digna y rentable sobre ellas.
En Chile nos encanta la retórica sobre la pequeña agricultura familiar como reserva moral y productiva del país. Lindo en el discurso; falso en la práctica. A esa misma agricultura la dejamos sola frente a la baja rentabilidad, la falta de mercados, el rezago tecnológico y una incapacidad crónica para generar ingresos que tienten a un muchacho de veinte años. El arraigo está ahí. Lo que falta es el suelo económico donde asentarlo.
Cuando se aprobó la Política Nacional de Desarrollo Rural (PNDR) en 2020, Decreto 19, el diagnóstico quedó por escrito: despoblamiento, aislamiento digital y físico, distancia de los centros de consumo. La PNDR tuvo además el acierto de explicitar algo evidente pero ignorado: no hay un solo mundo rural. La realidad de un huertero periurbano no tiene nada que ver con la de un ganadero en Aysén, un agricultor del Norte Chico golpeado por la sequía o una comunidad indígena.
Por eso choca el inmovilismo de hoy. Ha pasado tiempo de sobra para que esa política dejara de ser un archivador con buenas intenciones y pasara a convertirse en presupuesto, coordinación de ministerios e indicadores de gestión. En las regiones, sin embargo, lo que sigue mandando es el asistencialismo de siempre: un goteo de subsidios que ayuda a subsistir al mes, pero que no genera ni valor agregado ni competitividad a largo plazo.
La pregunta que debiéramos hacerle al actual Ministerio de Agricultura y al Gobierno no es por qué los chiquillos se van a la ciudad, sino qué están haciendo hoy, concretamente, para que quedarse no sea un acto de heroísmo o de pura resignación.
Pasar del papel a la tierra exige apretar el acelerador en puntos muy concretos:
- Transferencia y extensionismo real: Menos capacitaciones teóricas en salas de municipalidad y más transferencia tecnológica evaluada por lo que realmente importa: si le subió o no la rentabilidad al productor.
- Comercialización directa: Diseñar compras públicas reales y circuitos cortos que le quiten espacio a la intermediación abusiva, que es la que hoy se queda con la tajada grande del negocio.
- Cooperativas modernas: Asociatividad, pero con colmillo comercial, capaz de procesar en origen, darle valor a la materia prima y negociar volúmenes en serio.
- Conectividad de verdad: La señal de internet en el campo dejó de ser un tema de ocio. Sin conectividad no hay gestión productiva ni posibilidad alguna de retener talento joven.
A todo esto, hay que sumarle un pilar clave: las mujeres rurales. La labor realizada en alianza con espacios como Prodemu lo demuestra a diario: darle autonomía económica y capacidad de liderazgo a la mujer rural es, en la práctica, lo único que afirma la sostenibilidad social de un poblado.
El desarrollo rural no puede seguir recayendo sobre las espaldas y la paciencia de la familia campesina. Si la actual administración mantiene la PNDR como un adorno para los discursos mientras la burocracia se traga los recursos, el despoblamiento no se va a detener. Si queremos que los jóvenes se queden, hay que ofrecerles futuro, no palmaditas en la espalda. Sin viabilidad económica, no hay amor por la tierra que aguante.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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