Opinión
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Lo que las políticas públicas pueden aprender de unas Olimpiadas de personas mayores
Hoy comienza la tercera versión de estas Olimpiadas. En apenas tres años pasaron de convocar a cuatro Centros Diurnos y 160 asistentes a reunir a doce equipos y proyectar la participación de más de mil personas.
Aristóteles sostenía que la finalidad de la política era hacer posible la buena vida. Más de dos mil años después, esa afirmación conserva toda su vigencia. Buena parte de las políticas públicas buscan responder a problemas urgentes: la enfermedad, la pobreza, la dependencia o la falta de cuidados. Es una tarea indispensable y constituye uno de los mayores logros de nuestras sociedades. Sin embargo, en un país que envejece aceleradamente, quizás ha llegado el momento de ampliar la pregunta. No basta con pensar cómo protegemos mejor a las personas mayores; también deberíamos preguntarnos cómo creamos oportunidades para que sigan desarrollando una vida plena.
Hace un año tuve la oportunidad de asistir a las Olimpiadas Regionales de Centros Diurnos Comunitarios organizadas por SENAMA Metropolitano y Juntos con los Mayores 3xi. Confieso que esperaba encontrar una actividad recreativa bien organizada. Me fui con la sensación de haber presenciado una valiosa lección sobre aquello que las políticas públicas pueden aprender de iniciativas aparentemente simples, pero profundamente transformadoras.
Lo primero que llamó mi atención fue comprender que las Olimpiadas no comenzaban ese día. Habían empezado meses antes. Cada Centro Diurno había preparado sus equipos, ensayado coreografías, diseñado sus camisetas, organizado barras, creado una mascota y construido una identidad común. Detrás de cada competencia existía un proceso de trabajo compartido entre las personas mayores, los equipos profesionales y las comunidades. La jornada deportiva era, en realidad, la culminación de un camino mucho más largo.
Mientras recorría las distintas competencias comprendí que lo que más me conmovía no eran los resultados. Vi personas en silla de ruedas compitiendo junto a sus equipos. Vi compañeras ayudándose para terminar una prueba. Vi barras celebrando con el mismo entusiasmo cada participación, sin importar quién obtuviera el primer lugar. Vi personas orgullosas de representar a su comuna y a su Centro Diurno. Vi autonomía, compañerismo, identidad, pertenencia y participación, no estaba observando únicamente una competencia. Estaba viendo los componentes esenciales de la integridad de las personas.
La integridad se expresa cuando una persona puede seguir tomando decisiones, desarrollar sus capacidades, sentirse útil, pertenecer a un grupo, ser reconocida por otros y ocupar un lugar en la vida de su comunidad. Sin esos elementos es posible sobrevivir, pero resulta mucho más difícil vivir plenamente.
Quizás por eso la pregunta más interesante sobre estas Olimpiadas no sea quién ganó una prueba de bochas o de taca-taca humano. La verdadera pregunta es qué ocurre con una persona mayor cuando vuelve a entrenar para representar a su comunidad, cuando comparte durante meses un objetivo con otras personas, cuando espera con ilusión el día del encuentro y descubre que sigue siendo parte de un proyecto colectivo.
La neurociencia ha demostrado que la expectativa de participar en un acontecimiento significativo activa circuitos cerebrales asociados a la motivación y la recompensa incluso antes de que el acontecimiento ocurra. Una parte importante del bienestar comienza cuando tenemos algo que esperar. Tal vez ese sea uno de los mayores aciertos de esta iniciativa: haber comprendido que el envejecimiento activo no se construye únicamente con actividades, sino con procesos capaces de movilizar a las personas, generar vínculos y dar sentido al tiempo compartido.
Mientras observaba una de las pruebas vi a un hombre terminar su participación y buscar inmediatamente con la mirada a su equipo. No preguntó por el resultado. Buscó los aplausos de sus compañeros. Cuando los encontró, sonrió. Recordé entonces al sociólogo Hartmut Rosa, quien sostiene que una buena vida depende, en gran medida, de nuestra capacidad de establecer relaciones de resonancia con el mundo, de sentir que aquello que hacemos encuentra respuesta en los demás. Quizás aquella escena explicaba mejor el sentido de estas Olimpiadas que cualquier definición técnica sobre envejecimiento activo.
También me pareció profundamente simbólico que las competencias no premiaran únicamente las capacidades físicas. Junto a las pruebas deportivas convivían la creatividad de las coreografías, la construcción de una mascota y el reconocimiento al espíritu deportivo. No había una disciplina más importante que otra. La organización parecía decirnos, silenciosamente, que existen muchas maneras de aportar a una comunidad y que todas ellas merecen ser reconocidas. En tiempos en que solemos valorar a las personas por su productividad o rendimiento, esa decisión contiene una enseñanza que trasciende el ámbito del envejecimiento.
Los resultados de la evaluación realizada tras la versión 2025 parecen confirmar esa intuición. La gran mayoría de las personas participantes declaró sentirse más integrada a su comunidad, más optimista respecto de su vida cotidiana y con deseos de volver a participar. Pero sospecho que los efectos más importantes nunca aparecerán en una evaluación. Nunca sabremos cuántas amistades nacieron durante esos meses de preparación, cuántas personas recuperaron la confianza para salir nuevamente de sus casas, cuántos proyectos comunitarios surgieron después o cuántas familias descubrieron una imagen distinta de la vejez al ver a sus padres o abuelos entrenando, compitiendo y celebrando junto a otros.
Las Olimpiadas Regionales de Centros Diurnos no son una política pública ni pretenden serlo. Son una iniciativa desarrollada por SENAMA Metropolitano y Juntos con los Mayores 3xi, en el marco del Programa Centros Diurnos Comunitarios. Precisamente por eso resultan tan interesantes. Porque a veces las mejores ideas para pensar las políticas públicas nacen en experiencias concretas que muestran, en pequeña escala, aquello que después podría inspirar decisiones de mayor alcance.
Hoy comienza la tercera versión de estas Olimpiadas. En apenas tres años pasaron de convocar a cuatro Centros Diurnos y 160 asistentes a reunir a doce equipos y proyectar la participación de más de mil personas. Ese crecimiento habla del entusiasmo que ha despertado la iniciativa, pero también de una necesidad mucho más profunda: la necesidad de encontrarse, de pertenecer, de representar a otros y de seguir ocupando un lugar en la vida de la comunidad.
Ese es el principal aprendizaje que las políticas públicas pueden extraer de unas Olimpiadas de personas mayores. Proteger a las personas seguirá siendo una obligación irrenunciable. Pero una sociedad que envejece también debe ser capaz de crear oportunidades para fortalecer aquello que hace posible una vida digna: la autonomía, la identidad, la participación, los vínculos y el sentido de pertenencia. Porque la integridad no se resguarda únicamente evitando el daño. También se fortalece cuando las personas encuentran espacios donde seguir sintiéndose parte de un nosotros.
En una sociedad longeva, esa puede ser una de las formas más profundas del cuidado.
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