Opinión
Archivo
El realineamiento de la política exterior chilena
La verdadera independencia significa conservar la libertad de criticar tanto a amigos como a adversarios, ya sea que uno u otros estén en Washington, Moscú, Pekín o Teherán, pero esa independencia debe ejercerse mediante una diplomacia coherente.
Cuando Chile anunció su retirada del Movimiento de Países No Alineados (NA), de inmediato saltaron voces describiendo la decisión como ideológica o innecesaria.
Pero el mundo experimenta cambios a un ritmo estrepitoso y nuestra política exterior – amparada en la idea de que es una política de Estado– ha quedado estancada y apegada a conceptos y valores que no tienen mucho sentido para el ambiente actual o el que viene. En el caso de la no alineación, un movimiento con raíces en la década de los ‘50 del siglo pasado, esto no podría ser más evidente.
El Movimiento de los No Alineados nació en el apogeo de la Guerra Fría, cuando líderes como Tito, Nehru y Nasser buscaron preservar la autonomía de los estados recién independizados. Para los países que no estaban dispuestos a convertirse en proxies en una confrontación bipolar, la no alineación representaba independencia estratégica en lugar de neutralidad. Era un intento de evitar tomar partido en los conflictos de otros.
Desde un comienzo, sin embargo, quedó en evidencia cuál era la real intención del movimiento. Nasser no tuvo problemas en aceptar ayuda militar de la Unión Soviética, permitiéndole preparar la invasión del Sinaí en 1967. Durante esos mismos años la URSS apoyó militarmente a la India no-alineada con más de mil aviones de guerra y 500 tanques. En los ’70, el movimiento celebró la intervención de Cuba en Angola.
Ya por entonces, distintos académicos advirtieron que el movimiento corría el riesgo de convertirse en algo muy diferente de lo que sus fundadores pretendían. Primero, era evidente que la adhesión al movimiento era más una declaración para ubicarse ideológicamente en lo doméstico que una postura internacional.
En la revista International Organization, Robert L. Rothstein sostuvo que “se puede desarrollar una justificación para la no alineación basada únicamente en su importancia en la política doméstica… Sin embargo, no debe ser sobrevalorada, pues es una táctica interna exitosa solo en la medida en que logra ganancias externas y eso depende de las relaciones entre grandes potencias”.
Segundo, ese posicionamiento doméstico hacía uso de demandas que habían quedado pendientes de las luchas anticoloniales. Robert W. Tucker observó que los países recientemente descolonizados utilizaban organizaciones como la ONU o el Movimiento de Países No Alineados para adquirir poder, poder que descansaba “menos en los principios aceptados del derecho internacional que en reivindicaciones derivadas de injusticias históricas y responsabilidad moral”.
¿Qué sería más actual que las demandas por injusticias históricas y las reclamaciones de responsabilidad moral?
En el contexto de la Guerra Fría, en que países pequeños y medianos se veían presionados por elegir un bando (no tan distinto a los tiempos actuales), muchos miembros del movimiento no alineado adoptaban posiciones diplomáticas que beneficiaban uno de los dos bandos, la Unión Soviética.
Jeane Kirkpatrick, otrora embajadora de Estados Unidos ante la ONU, observó que la no alineación se traducía cada vez más en críticas a las democracias occidentales, mientras que las intervenciones soviéticas eran recibidas con un notable silencio. Zbigniew Brzezinski notó que Moscú había aprendido a usar la retórica anticolonial para expandir su influencia geopolítica. Incluso el gran internacionalista Hedley Bull –que no pertenecía a la escuela realista y tenía mucha más simpatía con las demandas de las excolonias– reconoció que el propósito del sistema internacional era crear o mantener el orden, no corregir injusticias históricas, reales o percibidas.
Esa observación es aún más relevante hoy en día. La URSS ya no existe, pero el orden internacional vuelve a enfrentarse a potencias revisionistas que buscan remodelarla. Rusia ha intentado redibujar las fronteras por la fuerza en Ucrania. Irán ha pasado décadas cultivando proxies armados en todo Oriente Medio, mientras sigue políticas que desestabilizan la región. China utiliza cada vez más la coerción económica, la intimidación militar y la expansión marítima para alterar el status quo en el Pacífico.
El no alineamiento puede reconocer estos problemas, pero al no optar termina construyendo una equivalencia moral con las políticas del occidente, a la vez quitándole valor y peso al orden liberal.
Pero hay otro punto relevante: las mismas razones que impidieron que el gobierno de Gabriel Boric rechazara -correctamente- la adhesión de Chile a los BRICS, aplican en este caso. Simplemente no queda claro cuáles son los intereses –aparte de intentar hacerle un contrapeso al Occidente– que sus países miembros comparten, ni menos cuáles son los que Chile comparte con ellos.
En los últimos 20 años el Movimiento No Alineado ha estado presidido por los líderes de Malasia, Cuba, Egipto, Irán, Venezuela, Azerbayán, Uganda y Uzbekistán.
El mundo ha cambiado y, gracias a la inteligencia artificial, está a punto de cambiar aún más de maneras que ni nos podemos imaginar. Mientras tanto, la política exterior chilena ha quedado estancada en un modelo trazado en los 990. Por ahora, nuestra prosperidad sigue valorando la democracia, los mercados estables, las reglas previsibles y el respeto a la soberanía.
Abandonar el Movimiento de Países No Alineados no implica abandonar una política exterior independiente. Al contrario, la verdadera independencia significa conservar la libertad de criticar tanto a amigos como a adversarios, ya sea que unos u otros estén en Washington, Moscú, Pekín o Teherán. Pero esa independencia debe ejercerse mediante una diplomacia coherente, no mediante la pertenencia a instituciones cuya misión histórica se ha desconectado cada vez más de las realidades geopolíticas contemporáneas.
En una época en la que los poderes autoritarios desafían cada vez más las normas que protegen a los estados pequeños y medianos, la ambigüedad ya no es sinónimo de independencia.
A veces, la decisión más independiente que puede tomar un país es abandonar una institución que ya no refleja los valores que fue creada para defender.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.