Opinión
El verdadero problema no es la natalidad
Una sociedad no entra en crisis únicamente cuando nacen menos niños. Entra en crisis cuando quienes deberían construir el futuro dejan de encontrar razones para hacerlo.
Desde hace un tiempo, la crisis de natalidad se ha instalado en la agenda pública como un asunto relevante y prioritario. En buena hora. Desde hace años, especialistas vienen advirtiendo sobre la sostenida caída de los nacimientos en nuestro país. Desde la perspectiva económica y de las políticas públicas, el principal desafío radica en el desequilibrio que se genera entre la población activa y la población dependiente. Sin embargo, detrás de esta discusión existe un problema aún más profundo: la creciente ausencia de horizonte y de expectativas de futuro entre las nuevas generaciones.
A mi juicio, ese es un problema incluso más grave que la baja natalidad. Mientras esta última plantea, principalmente, desafíos económicos y de adaptación institucional, la falta de oportunidades para los jóvenes constituye también un problema ético. Una sociedad puede reorganizarse frente a cambios demográficos; resulta mucho más difícil hacerlo cuando quienes deberían construir el futuro dejan de creer en él.
Es deseable que exista una tasa de reemplazo poblacional equilibrada. Desde luego, una natalidad excesivamente alta también genera importantes tensiones: mayores niveles de pobreza, incremento del desempleo juvenil, presión sobre los servicios públicos y una sobreexplotación de los recursos naturales. Por ello, cabe preguntarse si una disminución de la natalidad constituye, en cualquier circunstancia, una tragedia.
La respuesta es más compleja de lo que suele plantearse. Sin duda, una baja natalidad puede transformarse en un serio problema para el crecimiento económico futuro, debido a la reducción de la fuerza laboral encargada de sostener a una población cada vez más envejecida. Sin embargo, si esa disminución viene acompañada de mayores niveles de productividad y de una adecuada planificación pública, también puede generar oportunidades: menor presión sobre los recursos naturales, ciudades menos congestionadas, mayor inversión en educación, salud y bienestar por cada hijo, mejor integración de la población migrante y una reducción del impacto ambiental.
Todo ello exige transformaciones institucionales de gran envergadura. Pero, incluso si esas adaptaciones no se produjeran y los efectos de la baja natalidad terminaran afectando el crecimiento económico, seguiríamos enfrentando, principalmente, un problema económico; no necesariamente uno ético.
Ese problema ético y económico, en cambio, ya lo vivimos hoy.
La educación superior ha dejado de representar una garantía de movilidad social ascendente. Las dificultades para acceder a empleos de calidad son cada vez más evidentes; el desempleo juvenil bordea el 25%; un 13,2% de los jóvenes no estudia ni trabaja; el deterioro de la salud mental se ha convertido en una realidad extendida y una proporción significativa de ellos ha recibido algún diagnóstico en esta materia. Al mismo tiempo, miles de jóvenes postergan proyectos fundamentales como independizarse, formar una familia o tener hijos. Paradójicamente, cerca del 75% declara querer ser padre o madre, pero las condiciones económicas y laborales terminan aplazando esa decisión.
A ello se suma un fenómeno aún más preocupante: el avance del crimen organizado y las actividades ilícitas asociadas, que encuentra precisamente en los jóvenes un terreno fértil para el reclutamiento. Cuando las oportunidades legítimas se debilitan y las expectativas de progreso desaparecen, la promesa de ingresos rápidos, reconocimiento inmediato y vida ostentosa comienza, no sólo a competir, si no que, a ganar terreno a la vereda del esfuerzo, la educación y el trabajo. Ese es el síntoma más inquietante de una sociedad que empieza a perder la confianza en su propio porvenir.
Una sociedad no entra en crisis únicamente cuando nacen menos niños. Entra en crisis cuando quienes deberían construir el futuro dejan de encontrar razones para hacerlo. El verdadero desafío no consiste solo en aumentar la natalidad, sino en reconstruir las condiciones que permitan a las nuevas generaciones imaginar una vida que vale la pena vivir. Porque cuando un país deja de ofrecer futuro a sus jóvenes, el problema ya no es demográfico: es el comienzo de una crisis de esperanza.
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