Inteligencia estratégica
Crédito imagen: Xinhua
Mentira romántica y verdad futbolística
Saberse parte de algo mayor que uno mismo y hacer lo posible por cuidarlo no solo es propio de personas sensatas: es el camino más probable para lograr el éxito en cualquier proyecto colectivo.
“Lo que es malo para el panal es malo para la abeja”, Marco Aurelio
Si hay un relato especialmente reiterado en los últimos tiempos es el que celebra al individuo excepcional, dotado de una genialidad que el resto de mortales tan solo podemos admirar. Ese relato migró del mundo de las startups tecnológicas al ámbito político, donde seguir a un líder sin cuestionarlo dejó de ser una idea nefasta para convertirse en una moda contagiosa.
No es difícil reconocer en esas ideas un resabio de romanticismo. Surgido a finales del s. XVIII como reacción a una sociedad industrial extremadamente racionalista, el romanticismo reivindicó la interioridad singular y la genialidad creadora.
Pero lo que en su origen fue una protesta legítima contra la despersonalización acabó derivando en un mito individualista: la fe cuasi religiosa en líderes excepcionales que, cual semidioses inspirados, actúan desde una autonomía absoluta y sin deberle nada a nadie.
El pensador francés René Girard se refirió a esta creencia como una “mentira romántica”. Sin negar la originalidad individual, Girard considera que el ser humano es, fundamentalmente, un ser gregario y que le debemos casi todo —incluso algo tan “personal” como nuestros deseos— a la comunidad que nos rodea y nos precede.
Hoy esa “mentira” se propaga con fines políticos elitistas. Si el genio está tan por encima del resto, no corresponde someter sus decisiones a escrutinio público. Aunque sus actos parezcan a todas luces insensatos y dañinos, solo cabe seguir ciega y agradecidamente al líder carismático que nos guiará a la salvación.
Girard recurrió a los grandes novelistas -Cervantes, Stendhal, Dostoievski o Proust- para desenmascarar esa peligrosa mentira. Pero fue el Mundial 2026 quien ofreció su refutación más clara y accesible.
Aunque el relato volvió a centrarse en la estrella de cada equipo -como si el éxito colectivo dependiera de un líder excepcional-, ganó el equipo más comunitario, sin estrellas carismáticas ni máximos goleadores. El premio a mejor jugador lo recibió un hombre normal, anodino y sin ínfulas, que no metió un solo gol ni dio una sola asistencia.
El seleccionador, Luis de la Fuente, siempre habla de “nosotros”, y reparte el mérito entre jugadores, cuerpo técnico, médicos y utilleros, como si el éxito no pudiera pertenecer a una sola persona. Resume sus valores en palabras como humildad, unión o familia, y sostiene que el talento individual sólo alcanza su máxima expresión cuando se pone al servicio del colectivo, no al revés.
Su liderazgo no se basa en el carisma ni en rasgos supuestamente únicos. Se sostiene en la insistencia paciente en una idea hasta que el grupo entero la hace suya y en la disposición a corregir el rumbo sin abandonar el proyecto. Su autoridad se legitima por una conducta que busca el éxito colectivo, no por una declaración de excepcionalidad.
De la Fuente es un reconocido lector del estoicismo y en el Mundial citó una extraordinaria frase de las Meditaciones de Marco Aurelio: “Lo que es malo para el panal es malo para la abeja”. El colectivo está por encima de cualquier individuo, por talentoso que sea. Alguien “genial” pero sin una clara preferencia por el bien común no solo no merece ser erigido como líder: lo razonable es evitar su influencia corrosiva en la comunidad.
Seguramente habrá quien lo encuentre gregario y mediocre, pero el caso es que esa selección, liderada así y encarnando esos principios, batió todos los récords de éxito imaginables. Y el propio M. Aurelio, a quien debemos la frase, la escribió desde la responsabilidad que implica gobernar un imperio de millones de personas.
La conversación que se abre
En el mundo emprendedor las Meditaciones de M. Aurelio son leídas a menudo como un manual de resiliencia, desconexión emocional y disciplina, entendidos como atributos del “winner” individualista. Pero el estoicismo real siempre acentuó nuestra pertenencia a una comunidad y privilegió las acciones que conducen al bien común.
Saberse parte de algo mayor que uno mismo y hacer lo posible por cuidarlo no solo es propio de personas sensatas: es el camino más probable para lograr el éxito en cualquier proyecto colectivo.
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