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La crisis integral de las derechas Opinión Archivo (AgenciaUno)

La crisis integral de las derechas

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Los pueblos no viven balances ni de la moral doméstica. Viven de un mundo político que reconocen como suyo. Cuando ese mundo desaparece, las cifras dejan de persuadir y las exhortaciones morales ya no unen.


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Hoy buena parte de la derecha chilena se cree dedicada a la política. Aquí comienza su extravío. Cuanto más intensamente discute, menos políticamente piensa. La actividad de sus think tanks y sus intelectuales -y en general de quienes cabría esperar reflexión- gira en torno a dos polos: neoliberalismo económico y moral sexual, liberal o conservadora según el caso. El mercado absorbe una parte de la existencia; la conciencia privada, la restante. Entre ambas desaparece la República como problema.

No es una desviación, sino la lógica del liberalismo. Allí donde la tradición política preguntaba por el pueblo, el Estado, la legitimidad o las instituciones, el liberalismo sólo reconoce individuos que intercambian y conciencias que juzgan. El ciudadano deviene consumidor, empresario o sujeto moral. La República deja de ser una obra histórica para reducirse a procedimiento.

Pero las abstracciones nunca vencen definitivamente a la realidad. La realidad termina por vengarse de ellas.

La crisis chilena del Bicentenario no puede comprenderse económicamente ni resolverse moralmente. Su centro no está en el mercado ni en las costumbres, sino en la pérdida de legitimidad de las instituciones que convierten una población en pueblo y un aparato administrativo en República. Congreso, burocracia, judicatura, escuela, organización territorial y empresa constan como manifestaciones de una misma ruptura.

Todo lo demás deriva de ahí. No existe desarrollo económico allí donde el orden político ha perdido reconocimiento. No hay educación eficaz, empresas transformadoras, seguridad ni autoridades respetadas sin una institucionalidad que el pueblo experimente como propia. Esto valía para Portales, valía para Hobbes y continúa valiendo hoy.

Quien sólo dispone de categorías económicas y morales permanece ciego ante este problema. Puede discutir crecimiento, impuestos, aborto o matrimonio. Pero no alcanza a comprender lo que que organiza todos esos conflictos: la ruptura del vínculo entre el pueblo y sus instituciones. Por eso el debate de derechas y su triste ecosistema doctrinario es intenso y, al mismo tiempo, estéril.

Pensar que la derecha chilena siempre fue así es un error histórico. El Chicago-gremialismo se impuso en la dictadura, pero antes había tradiciones mucho más ricas. El socialcristianismo pensó la cuestión obrera y fundó la Federación Obrera de Chile; Enrique Concha escribió Cuestiones obreras. La derecha nacional-popular —Tancredo Pinochet, Encina, Alberto Edwards, Luis Galdames o Darío Salas— comprendía que una nación no nace de la suma de intereses privados, sino de la articulación entre pueblo, territorio, escuela, producción e instituciones.

La misma sensibilidad atraviesa a Portales, el monttvarismo, el Partido Nacional de comienzos del siglo XX, el Partido Agrario Laborista y el segundo gobierno de Ibáñez. El neoliberalismo no constituye, pues, la esencia histórica de la derecha chilena, sino una de sus fases.

La derrota de esas derechas empobreció el pensamiento. La política fue reemplazada por sus dos abstracciones liberales: gestión económica y moral privada.

Hay quienes sienten el vacío. La crisis de seguridad obliga a pensar más allá de los límites neoliberales. No pocos se dan cuenta, desde el estallido, de la fragilidad del orden cuando carece de reconocimiento. Pero la estructura intelectual permanece intacta. La moral privada y el economicismo siguen prevaleciendo entre liberales y conservadores: sin exagerar, ¡todos son liberales! CEP, IES, FPP, Horizontal, LyD, etc.

Por eso la gran pregunta de Portales permanece prácticamente ausente: ¿cómo producir legitimidad política?, ¿cómo lograr que el pueblo vuelva a reconocerse en sus instituciones?

Mientras esa pregunta siga disuelta en inquietudes neoliberales o controversias morales —o incluso en críticas retóricas al economicismo mientras la dependencia financiera de grandes intereses económicos permanece intacta—, la derecha seguirá confundiendo las consecuencias con las causas. Administrará síntomas cuyo origen no alcanza siquiera a percibir.

Los pueblos no viven balances ni de la moral doméstica. Viven de un mundo político que reconocen como suyo. Cuando ese mundo desaparece, las cifras dejan de persuadir y las exhortaciones morales ya no unen. La crisis deja entonces de ser económica o de moral privada. Se revela, por fin, como lo que siempre fue: una crisis de la República (dejo pdf de un libro sobre este asunto).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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