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¿Qué tienen que ver las mascotas con la política? Opinión

¿Qué tienen que ver las mascotas con la política?

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Rodrigo Baño
Por : Rodrigo Baño Laboratorio de Análisis de Coyuntura Social (LACOS). Departamento de Sociología Universidad de Chile.
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¿Qué tienen que ver las mascotas con la política? Pues, aunque usted no lo crea, tienen mucho que ver. Para explicarlo vamos a dar un rodeo.


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Uno de los más vilipendiados teóricos sobre política, Carl Schmitt, sostiene que lo que define a lo político son las categorías amigo y enemigo. Esa definición ha sido el festín de todo intelectual tierno y bien pensante, que rechaza tal barbaridad y define lo político y la política en términos más amables, referidos a diálogos, acuerdos y horizontes de bien común.

Sin embargo, más allá de la amabilidad y los eufemismos, realmente es difícil concebir la política sin hacer referencia a diferencias, contiendas, perspectivas, o posicionamientos de agrupaciones que se enfrentan como adversarios, aunque sea pacíficamente y con la sonrisa ancha. El problema de la sonrisa ancha es cuando empieza a mostrar los dientes.

Lo que me interesa resaltar, para llegar a las mascotas, es que una de las características más marcadas del último tiempo político es que si lo político (con todo cuidado y pidiendo disculpas de antemano) se definiera en relación a las categorías amigo y enemigo, habría que reconocer que está mucho más cargada a enemigo que a amigo.

Puede parecer casual, pero las últimas elecciones presidenciales en Chile se han decidido más por el rechazo a un candidato que por el apoyo a otro. Se vota por uno para evitar que gane el otro. Además, para castigar al que está en el Gobierno, se vota por el candidato de la oposición. Por supuesto, esta no es una situación que ocurre solo en Chile, pero evitaré hacer observaciones olímpicas.

El predominio del enemigo en la política no se plantea solo en las elecciones. La desconfianza, expuesta en lenguaje duro de enfrentamiento, se practica con entusiasmo entre oposición y Gobierno; fachos y comunachos. Pero también está dentro de los que componen las respectivas coaliciones. La de Boric tenía dos almas que siguen penando y peleando después del entierro; la de Kast tiene tres almas que se miran feo y se patean por debajo de la mesa. Por otra parte, las acusaciones constitucionales se multiplican y se persigue hasta a los que ya se fueron para la casa, mientras que las querellas ante los tribunales acusan hasta a los que se quedaron con monedas del vuelto del pan.

La polarización política actual hace más rotundas las enemistades y añade los epítetos de ultra y extremista a la denostación iracunda del otro, pero también la fragmentación partidaria colabora mostrando la proximidad como insoportable. Enemigos todos, inmediatos o virtuales.

Genéricamente, el abrumador apoliticismo, que las reformas electorales pretenden barrer bajo la alfombra obligando a votar, ya no pareciera estar ligado a la indiferencia o al desinterés por la política, sino que directamente al rechazo y odio a todo lo que huela a político, incluido los humanos que viven de y para eso. 

Pero, a despecho de especialistas que saben mucho más que yo, insisto en que para tratar de entender lo que pasa en la política parece conveniente echar una mirada a la sociedad. Pues resulta que coincide la preponderancia del enemigo en la política con lo que ocurre en las relaciones sociales más cotidianas.

Para poner un ejemplo actual, es interesante que en el desarrollo del campeonato mundial de fútbol la atención y el deseo está más puesto en que pierda un equipo antes de que gane otro; lo mismo que pareciera estar ocurriendo con los deseos respecto de la guerra en el oriente medio, donde se desea la derrota de unos más que la victoria de otros.

Más allá de ejemplos anecdóticos, siempre refutables por otros ejemplos anecdóticos, parece conveniente preguntarse acerca de las transformaciones que han ocurrido en la sociedad en los últimos años que pudieran estar afectando lo que pasa con la política en términos de la preponderancia de la categoría enemigo por sobre la categoría amigo.

¿Qué ha pasado? Que bajó la tasa de natalidad a nivel de la resultante del descuido ocasional. Que no solo han disminuido drásticamente los matrimonios, sino que todo tipo de parejas. Que en cerca de la quinta parte de los hogares vive una persona sola. Que las familias de todo tipo están prácticamente en extinción (por razones que ya expliqué en otra parte).

En tiempos de idealismo extremo, muy legítimo por lo demás, no faltarán los que planteen explicaciones de carácter ideológico, de discursos que crean realidades, para explicar la situación que se describe, como si las condiciones materiales de existencia fueran construcciones conceptuales fáciles de deconstruir. Pero las condiciones de aislamiento social, que viene impulsando cada vez más el sistema económico, no resultan fáciles de tratar.

Por otra parte, la exigencia de enfrentamiento competitivo en todas las facetas vitales no incentiva necesariamente el amor y la solidaridad. Recuerdo que una vez un gringo (no recuerdo nombre ni rango) atribuyó el subdesarrollo de los países latinoamericanos a que su deporte favorito fuera el fútbol: “¿Cómo puede desarrollarse un país que prefiere un deporte que puede terminar en empate?”. Alguien lo escuchó y desde entonces se castiga el empate, ya no se da dos puntos al ganador y uno para cada uno si hay empate, sino que se da un punto a cada equipo que empata y tres al que gana. Me imagino que por eso hemos avanzado algo.

Dado que el ser humano, según creo yo, sigue siendo un animal, creo, también, que sigue portando los instintos básicos de supervivencia individual y de mantenimiento de la especie. El primero puede estar hipertrofiado, porque el narcicismo campea. El segundo persiste, aunque sea atenuado en sus derivas de sexo, amor y solidaridades. ¿Entonces qué?

Ahí ya podemos cerrar la vuelta, recordando la famosa frase que se atribuye a varios, pero parece que originalmente (en una confusión epistemológica tremenda), fue emitida por un prominente miembro de la Escuela Cínica de la antigüedad griega: “Entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Cambie usted “hombres” por “políticos” y le queda más monono.

Aquí está el problema que usted ya adivinó. Porque los que rechazan la definición de política de Schmitt, basada en las categorías amigos y enemigos, ponen mucho énfasis en el escándalo de catalogar a los adversarios en el diálogo político como enemigos, pero olvidan que estos enemigos son públicos y no privados, esto es, se trata de grupos de amigos que se enfrentan. Tiene que existir solidaridad, amistad, de colectivos que se enfrentan como adversarios o enemigos. La política nunca ha sido ni puede ser una cuestión de individuos, de manera que, si no hay solidaridades entre los humanos, difícilmente puede haber política. Pueden utilizarse sus recursos para expresar rechazo, pero no propuestas o proyectos.

En una reciente Encuesta Bicentenario, el 87% de los encuestados declara que la mascota “es un miembro más de la familia”. Quizás sea una declaración un poco tímida, pues es posible que para muchos la mascota no sea “un miembro más de la familia”, sino que es “LA familia”.

Si la mascota es “la” familia, se entiende la expansión del anti especismo… y también se entiende el predominio general de la categoría enemigo, especialmente en la política. Si usted se dedica a la política no es cosa de enojarse ni andar pateando la perra. Esto es solo un juego imaginativo.

 

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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