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El sensato profesional y el político Opinión BBC/Getty Images

El sensato profesional y el político

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Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
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Seguimos esperando al autoritarismo con uniforme, tanques y Congreso clausurado. No advertimos que su versión contemporánea puede conservar Presidente, Parlamento, tribunales, Constitución y elecciones mientras debilita gradualmente los límites del poder.


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—Estás exagerando —dijo el sensato profesional—. Y la exageración es enemiga de la política seria. Una democracia no deja de serlo porque un gobierno amplíe una atribución, restrinja excepcionalmente un derecho o modifique las facultades de un tribunal. Las instituciones siguen funcionando, hay Congreso, jueces y elecciones. Confundir cada controversia con una amenaza autoritaria termina banalizando el autoritarismo.

El político lo escuchó con atención.

—Tu razonamiento tiene un problema. Para equivocarte necesitas que la historia ocurra de una sola vez.

El sensato profesional sonrió. Era ponderado, ecuánime, criterioso. No negaba los hechos; simplemente los examinaba por separado. Esa era su fortaleza y también su debilidad.

—¿Pretendes que vea conspiraciones detrás de cada medida?

—No. Pretendo que mires hacia dónde conducen cuando se las suma.

Hace tres mil años los troyanos encontraron un caballo frente a sus murallas. La guerra parecía terminada, los griegos se habían marchado y el caballo estaba allí: magnífico, inmóvil, aparentemente inofensivo. Laocoonte pidió destruirlo.

—Un exagerado —dijo el sensato profesional—. Veía una amenaza donde solo había una ofrenda.

—Exactamente. Tú habrías abierto las puertas.

El sensato profesional se molestó. Él jamás habría apoyado a los griegos. Habría defendido apasionadamente la soberanía de Troya y condenado cualquier intento de conquistarla. Simplemente habría considerado desmesurado imaginar soldados dentro de un caballo.

Ese es el drama del sensato profesional: nunca quiere entregar la ciudad. Solo termina abriendo sus puertas.

—Eso es literatura.

—Entonces vayamos a la historia.

En 411 a. C. Atenas estaba en guerra. La catástrofe de Sicilia era real, el miedo era real y la supervivencia de la ciudad estaba comprometida. En ese ambiente pudo presentarse como necesaria la restricción de la democracia. Atenas terminó entregando el poder a los Cuatrocientos. La emergencia hizo admisible lo que poco antes habría parecido inadmisible.

—Pero cada época es distinta. Cada decisión debe juzgarse por sus circunstancias.

—Ahí vuelves a equivocarte. Algunas medidas pueden ser razonables. Otras pueden ser equivocadas. Otras, simplemente abusivas. No existe ninguna obligación intelectual de conceder que todo avance del poder tiene un buen fundamento. Y menos aún cuando las restricciones a la libertad comienzan a avanzar mediante decretos, interpretaciones y resquicios.

—¿Y qué propones? ¿Sospechar de todo?

—No. Sospechar del poder. Para eso inventamos la democracia.

El autoritario declarado es sencillo: provoca resistencia. El problema contemporáneo es más sofisticado. No necesita pedir todo el poder de una vez.

Un poco por la emergencia. Otro por la seguridad. Otro porque los jueces estorban. Otro porque los militares pueden ayudar. Otro mediante un decreto. Otro mediante una interpretación.

—Estás sumando cosas distintas.

El político sonrió.

—Finalmente lo entendiste.

La política consiste también en sumar. Porque una libertad rara vez desaparece mediante un único acto solemne. Se mueve una frontera, después otra y después otra. Miradas aisladamente parecen episodios diferentes; observadas juntas pueden revelar una dirección.

—¿Y cómo llamas a esa dirección?

—Democracia iliberal.

—Pero has dicho democracia.

—Esa es la genialidad del nombre.

Seguimos esperando al autoritarismo con uniforme, tanques y Congreso clausurado. No advertimos que su versión contemporánea puede conservar Presidente, Parlamento, tribunales, Constitución y elecciones mientras debilita gradualmente aquello que convierte a esas instituciones en democráticas: los límites al poder.

El sensato profesional miró alrededor.

Todo seguía allí.

—¿Ves? —dijo satisfecho—. La casa está intacta.

El político miró la puerta abierta.

—Sí.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

—Que otra vez fuiste tú quien dejó entrar el caballo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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