Opinión
Las preguntas que la ministra Lincolao no hace
Las palabras de la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, me llaman la atención. Y lo hacen porque no honran aquello que califica su cargo: ciencia, conocimiento, innovación.
Es necesario recordar que, para construir saber, se necesitan datos, evidencia, cuestionamiento y, esencialmente, curiosidad. Preguntar y preguntarse son los ejes principales del rito de la investigación.
Algunos datos. El 31 de julio, el Ministerio anunció cambios en las bases del Fondecyt de Postdoctorado 2027. Definió diez áreas prioritarias y la posibilidad de concentrar en ellas hasta el 70% de los recursos. No se trata de un recorte de fondos, como se ha titulado apresuradamente. Se trata de algo más delicado: están desplazando la evaluación basada en evidencia por una definición administrativa de lo que merece ser investigado. Y conviene precisarlo, porque existe confusión. Estos fondos no son becas de estudio, sino que financian a investigadoras e investigadores que ya cuentan con un doctorado y que van a desarrollar ciencia de punta, formar estudiantes y tejer redes que permanecen en el país.
Se ha respondido que la decisión sí tiene respaldo. La ministra ha citado cifras: los 260 cupos anuales del sistema, la distribución porcentual entre disciplinas, los 72 postdoctorados adjudicados a una universidad en particular. La evidencia presentada no demuestra que esa distribución porcentual sea ineficiente. Leer en la radio los títulos de algunos proyectos para provocar una sonrisa no es una evaluación de impacto: es un recurso retórico. La pregunta sigue en pie, y es la primera que exige el método: ¿Qué estudio, con qué diseño y con qué indicadores, la administración sostiene que concentrar el 70% de los recursos en diez áreas producirá el retorno que se promete? ¿Y qué evidencia respalda el umbral del 70% y no uno del 40% o del 90%? Sin esas respuestas estamos ante una simple decisión ministerial.
A la ausencia de esa respuesta se suma la del procedimiento. El Consejo de Rectores pidió reconsiderar las bases. El Instituto de Chile, que reúne a las seis academias nacionales, buscó abordar directamente sus reparos. La respuesta fue que la decisión ya estaba tomada. Quien dirige un sistema científico no está obligado a obedecer a la comunidad que lo integra, pero sí a mostrarle el razonamiento sobre sus actos. Hay un segundo episodio que me inquieta más, porque toca el foco en la educación que ha declarado el gobierno. Consultada por el impacto de las nuevas tecnologías en el trabajo, la ministra ha sugerido que profesionales del mundo humanista pueden reconvertirse hacia funciones auxiliares del ecosistema de la inteligencia artificial. Para ser estrictos, la ministra y profesora de castellano y filosofía por la Universidad de La Serena afirmó que “hay carreras de filosofía, de historia, de lenguaje y los profesores también tienen mucha oportunidad de convertirse en vendedores o servicio al cliente”. Quiero imaginar que fue una respuesta improvisada, porque la profesional que la formuló sabe perfectamente que la enseñanza es prioritaria para una sociedad.
Lo sabe por su propia obra. En 2004, en la Graduate School of Education and Human Development de la Universidad George Washington, Ximena Lincolao defendió una tesis sobre la relación entre el apoyo parental en las tareas y el rendimiento en matemáticas de estudiantes hispanos aprendices de inglés. Es decir, investigó precisamente aquello que hoy parece quedar fuera de sus prioridades: cómo se aprende matemática cuando la lengua es una barrera, y cómo el entorno de un niño o una niña condiciona ese aprendizaje. No es un detalle biográfico. Es la prueba de que la ministra conoce, desde adentro, que la didáctica del lenguaje y de las matemáticas es un problema de investigación de primer orden, y que sus respuestas no vienen de una sola parcela del conocimiento.
Mutatis mutandis. ¿Cómo se aprende y enseña a utilizar la inteligencia artificial cuando la sintaxis, la gramática y la lógica son una barrera? ¿Cómo se hace una tarea cuando existe una brecha en el acceso a las herramientas de inteligencia artificial? ¿Si hay una diferencia en la velocidad de acceso a internet cómo apalancamos a los niños y niñas?
¡Preguntas que hay que hacerse, ministra!
Las humanidades, la filosofía, la ética y la estética también generan valor para una nación. Humberto Maturana y Francisco Varela son el mejor ejemplo chileno de lo contrario a la fragmentación: dos biólogos cuya pregunta sobre el conocer terminó siendo filosófica, y que hoy se cita en los debates internacionales sobre inteligencia artificial. La frontera que el Ministerio quiere trazar entre lo estratégico y lo prescindible no existe en el lugar donde la ciencia efectivamente ocurre.
Entonces, otra pregunta que debería hacerse, estimada ministra Lincolao, es la que usted misma se hizo hace 22 años, pero actualizada: ¿Cómo renovar la enseñanza y la didáctica del lenguaje y de las matemáticas frente a herramientas que escriben y calculan por nosotros?
Humildemente, creo que no hay una respuesta desde una sola disciplina. Pero entre quienes deben estar en esa conversación -no como destinatarios de una reconversión laboral, sino como investigadores- están las profesoras y los profesores de este país.
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