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¿Cuánto vale un hijo? La crisis de natalidad en Chile Opinión

¿Cuánto vale un hijo? La crisis de natalidad en Chile

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Rodrigo Asún Inostroza
Por : Rodrigo Asún Inostroza Profesor Asociado, Laboratorio de Análisis de Coyuntura Social (LACOS), Departamento de Sociología, Universidad de Chile.
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Durante décadas se creyó que la modernidad reduciría la natalidad porque los hijos perderían importancia frente al individualismo y el consumo.


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Como ya sabemos, Chile está viviendo una transformación demográfica profunda, pero mientras el debate público suele concentrarse en el envejecimiento de la población o en las consecuencias económicas de la baja natalidad, existe otra pregunta igualmente relevante: ¿qué nos dice el hecho de que los chilenos quieran tener cada vez menos hijos, sobre los cambios culturales y valóricos de nuestra sociedad?

Las cifras son conocidas. Chile registra una de las caídas más rápidas de fecundidad en América Latina y una de las más pronunciadas entre los países de la OCDE. La Encuesta Bicentenario UC del año 2024 confirma que esta tendencia no responde únicamente a que las personas terminan teniendo menos hijos de los que planificaban. También refleja un cambio en las aspiraciones mismas. En comparación con 2009, el número ideal de hijos disminuye en todos los grupos de edad, pero especialmente entre los jóvenes. Entre quienes tienen entre 18 y 24 años el promedio ideal cae desde 2,2 a apenas 1,4 hijos (ver figura 1), mientras que el 22% de dicho grupo etario declara incluso que idealmente no quisiera tener ninguno.

Entre las explicaciones más clásicas de este fenómeno nos encontramos el aumento de la percepción de las dificultades asociadas a la crianza: obstaculiza el desarrollo profesional y laboral de las mujeres, criar hijos es un proceso que implica preocupaciones y problemas, el costo de los hijos es alto y la falta de pareja estable o no tener fácil acceso a una vivienda hace más riesgoso embarcarse en proyectos de tan largo plazo. Todo ello lo confirma la Encuesta Bicentenario, pero a las razones económicas y laborales se suma un argumento nuevo: más de una cuarta parte de los encuestados considera que no tener hijos constituye una expresión de conciencia ecológica.

Con esta evidencia podría concluirse que los hijos simplemente han dejado de ser importantes para las nuevas generaciones. Sin embargo, los mismos datos de la encuesta Bicentenario muestran que esa interpretación es incompleta.

Cuando se pregunta por las razones para tener hijos, la respuesta sigue siendo extraordinariamente positiva. Más del 90% de quienes son padres señala que ver crecer a los hijos constituye una fuente importante de felicidad, magnitud que prácticamente no ha cambiado desde el año 2009. Además, incluso hoy, las mujeres de todos los grupos etarios declaran desear más hijos de los que efectivamente han tenido (ver figura 2) y el 22% de quienes han sido padres creen que quienes han tenido pocos hijos son más felices. Al mismo tiempo una amplia mayoría (aunque ciertamente decreciente) continúa asociando la crianza con darle sentido a la vida y desarrollar mayor responsabilidad. Interesantemente, el desfonde sólo ocurre en las creencias respecto del rol de los hijos como pegamento de las relaciones afectivas: caen fuertemente quienes piensan que tener hijos fortalece a la pareja o mantiene unida a la familia.

En vista de esta evidencia, no parece que los hijos hayan perdido valor. Lo que parece haber cambiado es el contexto en que las personas toman la decisión de tenerlos. Durante buena parte del siglo XX, tener hijos constituía un paso esperado dentro del curso normal de la vida adulta. Hoy continúa siendo un proyecto ampliamente valorado, pero ya no es un imperativo vital.

Para entender mejor este cambio podemos observar las pistas que ofrece la propia Encuesta Bicentenario. Cuando se les pregunta a quienes han sido padres sus creencias respecto de los hijos, el principal acuerdo sigue siendo que es mejor tener pocos hijos, pero ofrecerles una educación de calidad: Tres de cada cuatro chilenos comparten esa idea. Al mismo tiempo, ha aumentado hasta casi la mitad de las personas (44%) el creer que las parejas que tienen muchos hijos no pueden darles la atención que necesita cada uno.

En otras palabras, la disminución de la natalidad parece responder a un doble proceso: para un grupo de personas los hijos son percibidos como un obstáculo o costo que dificulta la consecución de otros objetivos personales o sociales, mientras que, para otro grupo aún muy numeroso, los hijos siguen siendo muy valiosos y apreciados, pero por lo mismo, es mejor concentrar los esfuerzos en unos pocos.

En términos valóricos, lo que parece estar ocurriendo es que la sociedad ha reemplazado el ideal de la familia extensiva, por el ideal de la crianza intensiva. Cumplir adecuadamente con los roles paternos y maternos ya no sólo implica alimentar y proteger a los hijos. Se espera ofrecerles buena educación, estimulación temprana, apoyo emocional, actividades extracurriculares, tiempo de calidad y acompañamiento permanente. Y naturalmente, cuando aumentan las expectativas sobre la crianza, también aumenta la percepción del costo económico, emocional y temporal de tener hijos. Dicho de otro modo, parece haber ocurrido una transformación no sólo en el lugar que ocupan los hijos dentro del proyecto vital, sino también en lo que entendemos por ser un buen padre o una buena madre. Los hijos no parecen ser menos valiosos. Lo que ocurre es que se han vuelto más exigentes. No sólo han aumentado los costos objetivos de tener hijos, sino que también han aumentado los costos subjetivos de hacerlo “mal”.

Pero incluso esta explicación resulta insuficiente si no se considera otro cambio profundo: la creciente incertidumbre respecto del futuro. Tener hijos supone proyectarse varias décadas hacia el futuro. Sin embargo, ese futuro aparece cada vez menos predecible. Las personas enfrentan mercados laborales cambiantes (a los que habría que sumar recientemente la incertidumbre que genera la irrupción de la IA), mayores dificultades para acceder a la vivienda, relaciones de pareja más inestables y un escenario internacional marcado por conflictos, crisis económicas y preocupación ambiental.

No sorprende, entonces, que una proporción creciente considere incluso el impacto ecológico de traer nuevos seres humanos al mundo o dude de contar con una relación de pareja suficientemente estable para emprender un proyecto de crianza.

Durante décadas se creyó que la modernidad reduciría la natalidad porque los hijos perderían importancia frente al individualismo y el consumo. La evidencia chilena apunta en otra dirección. Los hijos siguen siendo una de las principales fuentes de felicidad y sentido para quienes los tienen. La paradoja es que, precisamente porque hoy esperamos ofrecerles más que nunca y porque sentimos que hacerlo es cada vez más difícil, terminamos teniendo menos. Los hijos no parecen valer menos. Tal vez nunca habían valido tanto.

Sociológicamente, el problema no parece ser el individualismo de las personas, sino un proceso más complejo de individualización en sociedades crecientemente inciertas. Las sociedades contemporáneas han convertido la parentalidad en una elección, al tiempo que trasladan a cada individuo la responsabilidad por las consecuencias de esa decisión. En un contexto donde las incertidumbres ya no se viven como fatalidades inevitables, sino como riesgos que debemos anticipar y gestionar, decidir tener hijos exige proyectarse hacia un futuro cada vez más difícil de prever. Al mismo tiempo, la creciente valoración de la autorrealización personal no ha desplazado a la parentalidad, sino que ha transformado las expectativas sobre ella: tener hijos es un proyecto que debe realizarse exitosamente. Ello converge con un ideal de crianza intensiva que eleva constantemente los estándares de lo que significa ser un buen padre o una buena madre. 

Paradójicamente, estos procesos no parecen haber reducido el valor simbólico de los hijos; por el contrario, parecen haberlo incrementado. Precisamente porque esperamos ofrecerles más que nunca y porque sentimos que las condiciones para hacerlo son cada vez más exigentes e inciertas, la decisión de tener un hijo deja de ser un paso natural de la vida para convertirse en uno de los proyectos personales más importantes, pero también más difíciles, que una persona puede emprender.

En consecuencia, pese a la brecha que existe entre el número de hijos que se desea tener y los que efectivamente se tienen que muestra la figura 2, resulta difícil pensar que el desafío de la baja natalidad pueda abordarse únicamente mediante políticas públicas de estímulo de carácter técnico o económico. Cuando las decisiones reproductivas están moldeadas por transformaciones socioculturales tan profundas, las respuestas también deben incluir la dimensión sociológica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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