Opinión
Atrapados en el presente
Se ha perdido la capacidad de conversar. Y es que háganse la siguiente pregunta: ¿cuál fue el último gran acuerdo nacional que tuvo Chile? Tranquilos, no se frustren. Probablemente no tengamos la respuesta.
Hace un tiempo, un buen amigo soltó una sentencia demoledora: “se ha perdido la capacidad de conversar. Las personas hablan del pasado, de las anécdotas del colegio; hablan del trabajo o de sus compañeros; pero nadie habla de lo que está pasando ni de lo que viene. No se está creando algo nuevo”.
Creo que tiene razón. Estamos atrapados.
Instalados en la inmediatez y el cortoplacismo, no hemos aprendido del pasado ni tenemos el ánimo de hacerlo. Somos capaces de describirlo, incluso de repetirlo como anécdota, pero no de entrar en él, extraer lecciones y generar códigos de conducta que nos liberen de su repetición. ¿Mala fe? No. Simplemente no lo vemos.
François Hartog habló del presentismo. Un régimen en el que el presente dejó de ser el punto de paso entre lo que fuimos y lo que seremos, para convertirse en el único territorio habitable. Un presente que se traga el pasado, quedando solo la nostalgia, y el futuro, que es puro riesgo. Sin experiencia que heredar ni expectativa que convocar, solo queda la actualidad.
No hay hojas de ruta ni planes de futuro. Y no los hay porque el tablero donde jugamos encuentra su sentido en la cantidad de visualizaciones y “me gusta” de una pieza audiovisual colgada en redes sociales. Es un juego de suma cero, gana quien moviliza más audiencia, sin importar la razón, el bien común o la verdad. Y lo que se pierde ahí no es solo la calidad del debate. Es la posibilidad misma del acuerdo, que es por definición lo contrario, un juego de suma positiva, donde ceder contribuye a la idea de bienestar.
Donde el fenómeno se observa con mayor nitidez es en la política. Ya no se trata de la colaboración sino del conflicto. Pero conviene ser preciso, porque acá solemos confundirnos, no necesariamente es un problema el conflicto.
Chantal Mouffe distingue entre agonismo y antagonismo. El agonismo supone adversarios que compiten duro dentro de reglas comunes y que se reconocen legitimidad recíproca; es el corazón sano de la democracia.
El antagonismo supone enemigos, y con el enemigo no se acuerda, se lo derrota o elimina. Lo que se instaló entre nosotros no es un exceso de agonismo, sino su degradación en antagonismo, alimentada por la polarización y por el ingreso de nuevos actores que vienen a disputar el poder sin haber suscrito el contrato anterior.
Pongámoslo en concreto.
Lunes. Una comisión discute un proyecto que ocho de cada diez chilenos quieren aprobado. Hay borrador, informes técnicos, dos o tres nudos razonables y, sobre la mesa, un acuerdo posible. Martes. Un parlamentario advierte que el nudo más difícil rinde mucho mejor afuera que adentro; entra a la sesión con el teléfono grabando y le dice a la contraparte exactamente lo que su público quiere escuchar. Miércoles. El reel circula, la contraparte responde con otro reel, los equipos miden alcance y ambos reciben la misma señal: esto funciona. Jueves. Los que estaban dispuestos a ceder ya no pueden hacerlo, porque ceder dejó de ser una concesión técnica y pasó a ser una derrota pública ante una audiencia que está mirando. Viernes. El proyecto vuelve a comisión “para un mejor estudio”. El lunes siguiente el ciclo empieza otra vez, con otro tema, y nadie recuerda lo de la semana anterior.
Todos hicieron lo racional según el tablero en el que juegan. La trampa es producida un sistema de incentivos que premia el instante y castiga la duración, que premia la polémica y castiga el acuerdo.
Si a alguien le parece que este es un problema de la política y no suyo, reemplace la comisión por el almuerzo del domingo. La misma mesa, los mismos temas, el mismo silencio prudente sobre lo único que a todos les importa. La escena es idéntica.
Se ha perdido la capacidad de conversar. Y es que háganse la siguiente pregunta: ¿Cuál fue el último gran acuerdo nacional que tuvo Chile? Tranquilos, no se frustren. Probablemente no tengamos la respuesta.
Norbert Lechner definió la política como “la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado”. Para construir un orden hay que poder desearlo, y para desearlo hay que poder imaginarlo. Una sociedad que no consigue representarse un mañana no tiene de qué conversar, le queda administrar el ánimo del día.
Entonces, ¿qué hacemos?
Conversar más, aunque sea torpemente. Humberto Giannini, que hizo filosofía con el trayecto, la calle y la mesa del bareto, entendió que conversar es dar vueltas junto a otro sobre una misma cosa hasta que aparece un mundo común que antes no estaba ahí. La conversación es el taller donde se fabrica lo común. Y cuando uno conversa descubre, casi siempre, que enfrentamos los mismos dilemas.
Cambiar los incentivos. Sería cómodo cerrar una columna sobre un problema político con una receta puramente personal. Si la trampa la produce un sistema de incentivos, la salida tiene que ser también institucional. Un ejemplo: La sala sin cámara. Jon Elster mostró que las asambleas constituyentes que llegaron a acuerdos duraderos deliberaron a puertas cerradas, mientras las que sesionaron ante galerías llenas derivaron en oratoria de trinchera. Cuando todo se transmite, nadie negocia, todos actúan.
Eso no solo nos saca de la trampa. También nos dota de esperanza en el porvenir. Porque unos y otros enfrentamos los mismos dilemas, y nuestras experiencias, además de compartidas, nos enseñarán a formular decisiones y, en consecuencia, soluciones.
Somos más parecidos de lo que pensamos. No lo vemos (ni lo conversamos). Todavía.
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