Opinión
Elaborada por El Mostrador
Influencia artificial: la otra IA
Desde Cambridge Analytica hasta las campañas digitales chilenas, la manipulación política incorporó algoritmos, bots, trolls y noticias falsas para instalar percepciones de mayoría. Fernando Cerimedo resume esa lógica sin rodeos: su trabajo, dice, es “crear influencia artificial”.
“Mi trabajo es crear influencia artificial”. Así definió su actividad Fernando Cerimedo, el llamado “rey de los trolls“, en una de las tantas entrevistas que por estos días circulan en la red.
Despojada de su cinismo se trata de una definición bastante precisa de su labor, que mezcla cuestiones clásicas, la influencia, con otras más novedosas, lo artificial.
Efectivamente, incidir en las percepciones y voluntad de las personas es una cuestión conocida en las dinámicas de poder. Tratar de influir en los procesos de negociación y toma de decisión, en el clima social o en los temas de la agenda es bastante típico. Lo que varía con el tiempo y, sobre todo, con el desarrollo tecnológico, son los modos de proceder. Y esto nos lleva a la segunda parte de la cita de Cerimedo: lo artificial. Y específicamente, la inteligencia artificial.
Partamos para ello de dos premisas necesarias. La primera, postulada a fines de los ’60 por los padres de la Teoría de la Agenda Setting al investigar “el rol de los medios en el público y los efectos precisos de la comunicación de masas sobre la opinión pública”. En ella se sostiene que en las sociedades modernas la mayoría de los temas que conocemos y sobre los que nos formamos una opinión quedan fuera de nuestra experiencia personal directa y forman parte de una realidad de segunda mano. Conocemos múltiples acontecimientos como realidades previamente estructuradas y encuadradas por otros actores.
Esto nos lleva a la segunda premisa que ya es propia del siglo XXI: nuestra realidad está hoy absolutamente mediada por la inteligencia artificial y, específicamente, por la lógica algorítmica. El 70% de la población mundial es usuaria activa de redes sociales y cerca de mil millones usamos al menos una vez al día modelos de lenguaje (LLM) y plataformas de inteligencia artificial generativa (GenAI).
Esto obliga a cuestionar las distinciones categoriales que a veces se hacen entre lo real y lo virtual, como si lo segundo tuviera menor efecto político que lo primero. Tratarlos como dos estados jerárquicos diferentes, como si lo virtual fuera menos real que lo online puede llevarnos a errores de apreciación.
La neurociencia ha demostrado que a nivel de emociones, reacciones químicas y respuestas biológicas el cerebro procesa los estímulos virtuales como reales, y para una mente expuesta a siete o más horas diarias a las redes, la virtualidad es la realidad. “Hoy, nuestro modo de experimentar Internet es nuestro modo de experimentar el mundo”, sintetiza Pariser (2018: 215).
Esta centralidad de las tecnologías digitales es la base de todo un ecosistema que se ha construido que al igual que el oficio de Fernando Cerimedo también tiene elementos clásicos y otros más novedosos. Han surgido nuevas formas de monopolio – las Big Tech– pero estas siguen operando bajo las leyes clásicas del capitalismo, controlando los precios y repartiéndose el mercado: Google monopoliza las búsquedas en internet y los cables submarinos; Meta las interacciones; Amazon el almacenamiento en la nube; Nvidia los chips; OpenAI y Anthropic los modelos de lenguaje, Tesla la robótica y Palantir la IA de inteligencia y vigilancia.
Sobre esta base material, propiedad toda ella de hombres blancos estadounidenses aliados con la derecha trumpista, se levanta en Occidente una infraestructura tecnológica de avanzada que desarrolla la inteligencia artificial y, de paso, posibilita la influencia artificial de la que se ufanaba Cerimedo.
De Cambridge Analytica al Rechazo y José A. Kast
“Brexit, just the beginning …”. Esta vez la frase no es de Cerimedo, es de Jeffrey Epstein; la escribió en un mail de 2016 dirigido a Brad Parscale, jefe de la campaña de comunicación digital de Donald Trump en 2016 y 2020.
Epstein hablaba de Cambridge Analytica, empresa que en esa campaña recolectó datos de millones de usuarios, para fines de manipulación política. Inmensos volúmenes de información de Facebook y Twitter y se procesaron psicográficamente para crear perfiles híper precisos de los votantes.
En 2018, el denunciante y cofundador de Cambridge Analytica, Christopher Wylie, declaró ante el Parlamento británico que un empleado de Palantir, la empresa de Peter Thiel, fue quien ideó el método para recolectar masivamente los datos digitales. Es decir, Thiel estaba en una posición donde debía proteger la privacidad de los usuarios de Facebook, pero al mismo tiempo era el dueño de la empresa cuyos trabajadores ayudaban a extraer esos datos en secreto. Hablamos del mismo Thiel que en junio tuvo una reunión con el presidente Kast y cuyo contenido ha sido mantenido en estricta reserva.
Epstein, Zuckerberg, Thiel o Parscale han sido los verdaderos generales detrás de estas operaciones de manipulación de la voluntad popular, mediante sofisticadas técnicas algorítmicas. Tipos como Cerimedo son operadores importantes que generan la conexión internacional de la ultraderecha para generar en todo el continente influencia artificial con la tecnología que sus jefes les ponen, y, sobre todo, en contextos de campañas. Para conseguirlo el control de los algoritmos de redes sociales como TikTok o Instragram, entrenados con la información que millones a diario les entregamos, son un recurso estratégico.
La mano de Cerimedo la hemos palpado en Chile. Como equipo de investigación #DEEP-PUCV hemos seguido desde 2017 las campañas y lo hemos constatado empíricamente. Durante el período plebiscitario identificamos miles de cuentas de ultraderecha coordinándose para atacar a la Convención Constitucional; también detectamos ‘autoridades de red’ que organizaban esos ataques. La famosa cuenta @Patitoo_Verde que impulsó la campaña de desprestigio contra Evelyn Matthei en 2025 ya figuraba en nuestras bases de datos como la séptima autoridad de los partidarios del Rechazo en 2022, siendo el bot @Florencia_Pink la tercera mas importante, según centralidad de grado. También constatamos cómo las cuentas más importantes de la derecha se anonimizaron de un plebiscito a otro y cómo los partidarios del Rechazo cambiaron de estrategia y migraron coordinadamente desde Twitter a Instagram, entre el 2020 y el 2022.
Vemos una y otra vez una tríada operativa en estas campañas digitales: bots + trolls + fake news. Discursivamente se traduce en miedo + odio + mentira. Son los fundamentos de la influencia artificial que con algoritmos de recomendación y engagement crean en el mundo virtual lo que se llama ‘ilusión de mayoría’. Esta ocurre en una red cuando un fenómeno que no es mayoritario es percibido como tal por la mayoría de los miembros, para lo cual la conexión y distribución de los nodos en la estructura digital es clave, pues permite aparentar ser hegemónico, aunque no se sea.
Si esa artificiosa hegemonía digital es luego legitimada y amplificada por los medios tradicionales y representantes institucionales, el menú para comernos el sapo de la influencia artificial está servido y listo para contaminar nuestras democracias.
A no ser que quienes no quieran comérselo se opongan activamente.
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