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Flipper burocrático universitario Opinión

Flipper burocrático universitario

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Francisco Ganga
Por : Francisco Ganga Profesor titular de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de Tarapacá
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¿Qué relación tiene el simpático juego ochentero con la burocracia? Si lo llevásemos al plano estrictamente conceptual, la respuesta sería “ninguna” a no ser que se intente realizar una equivalencia entre el funcionamiento del “flipper” y los contratiempos que trae consigo una mala administración.


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En los últimos años, se hablado profusamente sobre la reforma a la educación superior, abarcando temas como gratuidad, participación, rol de las universidades del Estado, financiamiento, etcétera; Sin embargo, poco se ha dicho sobre uno de los tópicos que considero cruciales, si de mejorar la calidad de las universidades se trata: me refiero a la forma como estas son administradas.

En ese orden de cosas, interesa reflexionar sobre algunas variables relacionadas con el gobierno de nuestras entidades educativas de nivel superior, que afectan la calidad de los servicios que las universidades prestan a sus respectivas comunidades. Utilizaremos para ello una metáfora: el flipper. Se intenta, de este modo, graficar el funcionamiento y la manera inadecuada en la que se operacionaliza la burocracia en algunas organizaciones universitarias, poniendo atención en sus posibles causas y consecuencias.

Los lectores recordarán bien un juego electromecánico que se hizo popular en la década de los 70 y 80 con los nombres de flipper, pinball, petacos o milloncete. Se trataba de una caja inclinada, que funcionaba sobre la base del desplazamiento de una esfera de acero, la que al contacto con una serie de componentes electrónicos asignaba puntajes al jugador. La bola era re-proyectada dentro de la armazón por unas paletas denominadas flippers. Determinadas combinaciones de pasos y de zonas del tablero daban una mejor puntuación, manteniendo siempre la preocupación de que la pelota no cayera por una suerte de embudo ubicado al centro inferior de la máquina.

Independiente de todas las combinaciones que realizar el jugador irremediablemente perdía tarde o temprano. Dentro del juego, existían unos hongos que debían ser evitados a toda costa, dado que si la esfera rebotaba en ellos, se sumaba cero punto (de ahí uno de los orígenes del término coloquial “vale callampa” o “vale hongo”).

Por su parte, gracias a Weber podemos conceptualizar a la burocracia como un sistema administrativo caracterizado por procedimientos y reglas, detallados por una jerarquía organizacional claramente delimitada y por las relaciones impersonales entre los individuos de una organización. En su caracterización típico-ideal, representa la forma de dominación racional-legal propia de las sociedades modernas “europeas y americanas”, y cuyo tipo más puro se ejerce por el cuadro administrativo de funcionarios individuales. La burocracia puede existir en el ámbito público, cuando es consustancial con entidades del Estado, y puede también ser privada, cohabitando en la atmósfera administrativa de organizaciones o consorcios particulares. 

Ahora bien ¿Qué relación tiene el simpático juego ochentero con la burocracia? Si lo llevásemos al plano estrictamente conceptual, la respuesta sería “ninguna” a no ser que se intente realizar una equivalencia entre el funcionamiento del flipper y los contratiempos que trae consigo una mala administración en las organizaciones. 

En nuestro juego la esfera rueda de un lado a otro y al final inevitablemente sucumbe. En una institución, con un sistema burocrático mal implementado, el usuario vagará igualmente de una unidad a otra sin lograr la satisfacción de sus necesidades y finalmente también fenecerá sin ver una adecuada solución a su problema. El flipper es solo un juego diseñado para el entretenimiento; la burocracia, en cambio, es un asunto mucho más espinoso y serio. 

Las universidades son organizaciones extremadamente complejas, inmersas en escenarios caracterizados por cambios permanentes, lo que las ha obligado a mantener constantes y sistemáticos procesos de búsqueda y renovación, en sintonía con lo que la sociedad demanda y espera de ellas. Todas anhelan lograr estándares de excelencia, en correspondencia con las expectativas de una comunidad que confía en la instauración de procesos capaces de responder a altos índices de eficiencia y calidad académica, sustentados por un servicio ágil, con respuestas oportunas y eficaces. No obstante, estas aspiraciones en no pocas ocasiones se ven empañadas a consecuencia de la inexperiencia de quienes ejercen cargos directivos. 

Lamentablemente en muchas de nuestras universidades la burocracia ha dejado de ser un medio y se ha transformado en un fin. Esto amparado en la falta de conocimiento de muchos de sus directivos y en el oportunismo de determinados agentes, colocando en peligro la viabilidad de la organización.

Un elemento clave a analizar es la incidencia negativa de determinados personajes que se instalan en las estructuras burocráticas de dichas organizaciones; individuos que desarrollan ciertas habilidades relacionales y capacidad para detectar las debilidades o más bien inseguridades de quienes ejercen el poder, y a través de un discurso lisonjero, atrayente, cautivador y no contradictorio, convencen y logran que los nombren o designen en cargos de alta responsabilidad administrativa. Ahora bien, dado sus niveles exiguos de conocimientos en temas organizacionales, tienden a desarrollar una especie de fobia al proceso de toma de decisiones, siendo incapaces de decidir hasta en las cuestiones más elementales y triviales. 

A consecuencia de lo anterior, todo lo consultan, y todo lo transfieren. No es inusual que un problema planteado por algún estudiante y/o funcionario, deambule de un punto a otro, chocando o rebotando persistentemente con diversas estructuras institucionales, muchas de las cuales no le agregan ningún valor a la resolución del problema; en otras palabras su aporte será igual a cero, es decir “vale…”. El inconveniente no se resolverá y el afectado deberá conformarse y asumir que esta dificultad quedará en el mismo lugar donde comenzó, al igual que una bola de flipper. Las consecuencias son las esperables: desilusión, irritación, reclamo y fuga de talentos de la institución.

Desafortunadamente, estas acciones que pueden parecer candorosas e inocuas terminan transformando a muchas universidades en ineficientes, tóxicas y chapuceras, siendo verdaderos insultos al anhelo del viejo Weber. En otras palabras, acaban convirtiéndose en notables representantes del denominado “flipper burocrático”. Nada más lejano de los referentes en calidad que la sociedad espera; nada más distante que el forjamiento de un poder basado en el saber, que debiera imperar en nuestras universidades.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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