Opinión
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A 110 años de la hazaña del Piloto Pardo: Chile y su vocación antártica
El futuro de la Antártica seguirá dependiendo de la cooperación internacional, pero también de la capacidad de los Estados para sostener una presencia efectiva. Y en geopolítica, la ausencia también tiene consecuencias.
El 25 de agosto de 1916 el escampavía “Yelcho” zarpó desde Punta Arenas rumbo a uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Era una pequeña nave de 36,5 metros de eslora, sin doble casco, calefacción, radio ni luz eléctrica y cuya proa tampoco estaba reforzada para enfrentar el hielo. Al mando iba el Piloto Luis Pardo Villalón y a bordo viajaba también el explorador británico Ernest Shackleton. ¿Su objetivo? Llegar hasta isla Elefante y rescatar a 22 integrantes de la Expedición Imperial Transantártica que llevaban más de cuatro meses aislados.
Llegar hasta ellos no sería fácil, porque tres intentos anteriores de rescate habían fracasado. El primero, a bordo del ballenero británico “Southern Sky”, debió regresar ante la imposibilidad de atravesar los hielos. Un segundo intento se realizó con el buque uruguayo “Instituto de Pesca N.º 1”, pero tampoco consiguió alcanzar la isla Elefante. El tercero, con la goleta “Emma”, facilitada por el gobierno chileno, volvió a ser frustrado por las condiciones del mar y el hielo.
Sin embargo, el 30 de agosto, Pardo y los hombres del “Yelcho” consiguieron finalmente llegar a Isla Elefante y regresar con todos a salvo. No hubo muertos. Tampoco grandes medios tecnológicos, comunicaciones satelitales ni sistemas modernos de navegación. Lo que hubo fue experiencia naval, conocimiento de los mares australes, decisión y una pequeña nave chilena enfrentando algunas de las aguas más difíciles del mundo.
La hazaña convirtió a Luis Pardo en una figura histórica y al “Yelcho” en un símbolo. Pero, 110 años después, aquel episodio también puede ser leído desde otra perspectiva, porque cuando todavía eran muy pocos los países capaces de proyectarse hacia las regiones antárticas, Chile estuvo allí.
Esta presencia chilena en el continente blanco adquiriría -posteriormente- una dimensión política y estratégica mucho más definida. En 1940, durante el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, Chile delimitó formalmente su Territorio Antártico entre los meridianos 53° y 90° oeste. Siete años más tarde, inauguró su primera base permanente, Soberanía, más tarde denominada Base Naval Capitán Arturo Prat, en la isla Greenwich.
En febrero de 1948 se produjo otro hito, cuando el presidente Gabriel González Videla viajó a la Antártica y, el 17 de febrero, se convirtió en el primer jefe de Estado en ejercicio del mundo en pisar suelo antártico. Al día siguiente, además, participó en la inauguración de la Base General Bernardo O’Higgins, en la península Antártica.
De esta forma, en poco más de tres décadas, la ruta abierta por el “Yelcho” había dado paso a una presencia permanente y a una política de Estado.
Chile también fue uno de los doce países que firmaron en Washington, el 1 de diciembre de 1959, el Tratado Antártico, vigente desde 1961. El acuerdo estableció que la Antártica debía utilizarse exclusivamente para fines pacíficos, garantizó la libertad de investigación científica y estableció un particular régimen respecto de las reclamaciones territoriales existentes. Desde entonces, ese sistema ha permitido preservar al continente como un extraordinario espacio de cooperación internacional.
Pero la presencia chilena siguió desarrollándose. En 1969 fue inaugurada la Base Presidente Eduardo Frei Montalva, en la isla Rey Jorge, que con el tiempo se transformaría en uno de los principales centros logísticos de Chile en la Antártica. Además, el aeródromo Teniente Rodolfo Marsh permite hoy mantener una conexión aérea con Punta Arenas, mientras que Villa Las Estrellas incorporó además una dimensión civil a esa presencia.
Todo aquello ayuda a comprender por qué la historia de Pardo no pertenece solamente al pasado.
La Antártica del siglo XXI está adquiriendo una importancia creciente. Es un gigantesco laboratorio científico para estudiar el clima y sus transformaciones, contiene enormes reservas de agua dulce y posee una ubicación estratégica entre los océanos Pacífico, Atlántico e Índico. Al mismo tiempo, distintos países han incrementado sus programas científicos, instalaciones, capacidades logísticas y presencia en el continente.
Chile posee, en este escenario, una condición excepcional. No solo es uno de los siete Estados con reclamaciones territoriales antárticas y uno de los miembros fundadores del Tratado Antártico. Además, Punta Arenas y Puerto Williams constituyen puertas naturales hacia la Antártica, y ese aspecto geográfico representa una clara ventaja científica, logística y estratégica.
Pero la geografía por sí sola no garantiza influencia. La presencia requiere bases, investigación científica, infraestructura, conectividad, transporte y capacidad logística. Requiere también una política antártica sostenida en el tiempo, capaz de trascender gobiernos y coyunturas. Y exige mantener una capacidad operacional que permita a Chile actuar eficazmente en uno de los ambientes más extremos del planeta.
En esa tarea, la Armada de Chile desempeña un papel fundamental. El nuevo rompehielos “Almirante Viel” representa un salto muy importante en las capacidades nacionales para operar en aguas antárticas, apoyar la investigación científica, abastecer las bases y realizar tareas de búsqueda y rescate.
Más de un siglo después de la travesía del “Yelcho”, la tecnología ha cambiado radicalmente, pero permanece una misma necesidad: contar con medios capaces de llegar, permanecer y actuar.
Defender el Sistema del Tratado Antártico y su carácter pacífico no resulta contradictorio con fortalecer las capacidades nacionales. Por el contrario, la cooperación internacional es mucho más sólida cuando los países que participan de ella poseen los medios necesarios para cumplir sus compromisos y contribuir efectivamente al conocimiento, protección y seguridad del continente.
Porque también existe una dimensión geopolítica que Chile no puede ignorar. El futuro de la Antártica seguirá dependiendo de la cooperación internacional, pero también de la capacidad de los Estados para sostener una presencia efectiva. Y en geopolítica, la ausencia también tiene consecuencias.
Recordar a Luis Pardo no debería ser solamente un ejercicio de memoria histórica. Su hazaña ocurrió en un tiempo muy distinto, cuando la Antártica todavía pertenecía principalmente al mundo de los exploradores, pero el mejor homenaje a Pardo quizás sea asegurarnos de que, durante los próximos 100 años, Chile siga teniendo la voluntad, los medios y las capacidades para estar allí.
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