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Café Basimta y el Shabat: la grieta entre el Israel judío y democrático Opinión Crédito imagen: RFI, AHMAD GHARABLI / AFP

Café Basimta y el Shabat: la grieta entre el Israel judío y democrático

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Manuel Férez
Por : Manuel Férez Candidato a doctor en sociología, Universidad Alberto Hurtado
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La batalla alrededor de Basimta, entonces, no es una curiosidad pintoresca de Jerusalén. Es la expresión más nítida de un dilema que también es constitucional: ¿quién tiene derecho a definir qué significa que Jerusalén sea una ciudad judía?


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El sábado 8 de agosto de 2026 (en hebreo, Shabat, el día sagrado de descanso), el más caluroso del verano, en la calle Agripas en el corazón de Jerusalén, a pocos pasos del mercado de Mahane Yehuda, el pequeño Café Basimta volvió a transformarse en trinchera por sexta semana consecutiva. Decenas de huevos estrellados contra la fachada, una bolsa con excrementos arrojada desde un balcón, decenas de policías intentando contener a dos multitudes que se gritaban consignas opuestas y, en el centro del dispositivo, una cadena humana protegiendo a una clientela que solo quería terminar su espresso del sábado por la noche.

La pregunta que destapa es enorme: ¿cómo un Estado que se autodefine en su ley básica como «judío y democrático» puede mantener su capital en un estado de conflicto cultural por una decisión comercial? Un dato clave aquí: según datos del Jerusalem Institute for Policy Research basados en la Oficina Central de Estadísticas de Israel, los haredíes representan alrededor del 48 % de la población judía de Jerusalén, mientras que entre los judíos adultos de la ciudad el 35 % se identifica como haredí y el 19 % como secular.

Una capital que se parece menos al país

Esa diferencia demográfica no es un detalle: es el dato central. Israel, en su conjunto, presenta una composición religiosa distinta. Pero Jerusalén —su capital declarada, su anclaje simbólico— ya no se parece al conjunto del Estado que la administra. En la zona comercial que rodea el mercado de Mahane Yehuda —tradicional cruce entre barrios seculares y haredíes—, ese desencuentro se vive calle a calle. Durante décadas los cafés del centro abrieron los sábados por una especie de pacto silencioso: la ley religiosa lo prohibía, pero la policía no lo perseguía con firmeza en zonas seculares y la presión comunitaria se administraba con prudencia. Esa tolerancia ya no existe. La comunidad haredí, con una natalidad muy superior a la media, ha dejado de ser una excepción cultural y se ha convertido en una fuerza demográfica central. El centro deja, en consecuencia, de parecerse a Tel Aviv o a Herzliya y empieza a parecerse a los barrios de Mea Sharim.

Una fórmula constitucional bajo presión

Israel nunca tuvo una constitución formal. Pero desde 1992, y de forma contundente desde la Ley Básica de 2018 —Israel como Estado-nación del pueblo judío, aprobada por 62 votos contra 55 en la Knéset—, el país se autodefine como «judío y democrático». La fórmula apuesta al equilibrio pero es una tensión sin árbitro. Mantener simultáneamente la condición judía del Estado y los compromisos democráticos sólo puede sostenerse si ambas dimensiones se trabajan de forma activa: el judaísmo debe seguir siendo una referencia común para los judíos seculares que no observan la ley religiosa, y los valores democráticos deben enraizarse también en la vida pública de los judíos haredíes. La literatura sobre blindaje constitucional describe esa combinación como una promesa tan difícil como necesaria, y recuerda que las democracias que se autodefinen por una identidad etno-religiosa rara vez la resuelven sin litigio permanente. En Israel, esa promesa encuentra uno de sus puntos de mayor tensión precisamente en Jerusalén, donde la factura se paga cada sábado.

El camino hasta el cordón policial

Basimta abrió sus puertas a finales de mayo de 2026 en un callejón adyacente a la calle Agripas. Su dueño y operador, Yoel Ben David —que además dirige la actividad de Judíos por Jesús en la ciudad—, lo concibió como un espacio íntimo de café de especialidad. La decisión de abrir el sábado no fue accidental: «Soy de Jerusalén y estoy cansado de que no haya suficientes lugares abiertos en sábado. Por eso decidimos abrir», explicó Ben David al Haaretz. El 4 de julio llegaron las primeras decenas de ultraortodoxos —muchos de ellos menores— que golpearon ventanas, volcaron mesas y corearon consignas contra la apertura. Lo que pudo haber sido un incidente se transformó en ritual semanal. Huevos, intentos de forzar la entrada y la bolsa con excrementos se volvieron parte del paisaje de cada sábado. A principios de julio, la organización Or LeAchim —una rama del movimiento contra-misionero Yad L’Achim, nacido en 1950— reveló que la empresa operadora de Basimta pertenece a Judíos por Jesús.

Un amplificador, no el origen

Es importante distinguir la cronología: los conflictos en Basimta comenzaron antes de que se hiciera pública la conexión con Judíos por Jesús. La mecha ya estaba encendida por la cuestión sabática. La revelación, sin embargo, multiplicó la indignación y cambió la naturaleza de la protesta, porque en el imaginario judío organizado las organizaciones que combinan identidad judía con profesión de fe en Jesús son leídas como iniciativas misioneras. Judíos por Jesús se presenta como un movimiento que mantiene identidad étnica, cocina kasher, celebra Janucá y recita el Shemá; agrega, además, una profesión de fe que la práctica totalidad de las denominaciones judías rechaza. Este ángulo no es folclor: condiciona qué tipo de protesta es aceptable y qué tipo de defensa es posible. Cuando un dueño de café que milita en una organización considerada misionera se planta en el centro de Jerusalén y desafía el Shabat, atraviesa varios umbrales a la vez —el día sagrado, la identidad cultural judía y la lucha contra el proselitismo cristiano—. La protesta deja de ser solo comercial y se convierte también en una disputa sobre las fronteras de la pertenencia.

Dos lecturas del mismo espresso

Para los seculares que forman la cadena humana cada sábado, el café es una línea roja mucho más profunda que una disputa comercial. Se trata de defender el derecho a existir en el espacio público sin pedir permiso a una comunidad que, siendo el grupo religioso más numeroso de Jerusalén, no representa a toda la ciudad ni al conjunto de Israel. En un Estado donde el servicio militar sigue siendo eje central de ciudadanía, el grito de «¡Alístense al ejército!» que a veces surge desde el lado secular es, además, la expresión de un resentimiento acumulado durante décadas. Si los haredíes pueden imponer la norma mediante presión callejera en barrios mixtos, ¿qué queda del principio de que Jerusalén pertenece a todos? Beber un espresso en sábado se convierte así en un acto de resistencia civil cotidiana.

Desde el lado haredí —y amplios sectores del judaísmo organizado— la lectura se complejiza. Para muchos de los que protestan, el Shabat no es una preferencia cultural sino el corazón mismo de la existencia judía. Un negocio abierto en el día sagrado, en una zona que consideran parte de su tejido vital, se vive como una agresión. Y cuando a esa percepción se suma que el local pertenece a una organización considerada misionera, la alarma se multiplica: lo que se defiende ya no es solo un día cualquiera, sino una forma de entender la ciudad, la tradición y la pertenencia.

El café como síntoma

La pelea por el Café Basimta no se entiende en abstracto. La comunidad haredí arrastra un debate abierto sobre su exoneración del servicio militar —un debate que el Tribunal Supremo ha cuestionado en sus bases y que sigue sin resolverse plenamente en la práctica— y que, según reportes recientes, ha profundizado la brecha entre el país que pide soldados y la comunidad que, en gran proporción, sigue sin alistarse. La presión de la guerra y las necesidades militares hacen que esa discusión deje de ser un asunto exclusivamente religioso y se convierta en una pregunta sobre ciudadanía, obligaciones e identidad.

La batalla alrededor de Basimta, entonces, no es una curiosidad pintoresca de Jerusalén. Es la expresión más nítida de un dilema que también es constitucional: ¿quién tiene derecho a definir qué significa que Jerusalén sea una ciudad judía? Mientras para los judíos seculares Jerusalén lo es por la historia judía —por su pasado, sus símbolos y su memoria común—, para los haredíes lo es porque la vida judía ahí debe estar regulada por la Halajá (la ley religiosa derivada de los textos fundacionales del judaísmo). Son dos definiciones de la misma pertenencia, dos modos distintos de entender por qué Jerusalén es judía. Y debajo de ambas, la fórmula «judío y democrático» sigue sin árbitro: ¿cómo seguir siendo judío y democrático cuando la capital ya no se parece al conjunto del Estado, cuando los sábados dejan de ser un momento de convivencia y tolerancia discreta y se vuelven campo de disputa, y cuando organizaciones que combinan identidad judía con creencias cristianas son leídas por la ortodoxia organizada como una amenaza a las fronteras de la identidad?

Esa es la grieta se agranda y debate cada sábado en que el Café Basimta necesita un cordón para abrir sus puertas. El 8 de agosto, mientras el cordón policial se replegaba y los últimos huevos se limpiaban de la acera, una clientela protegida por una cadena humana seguía esperando el mismo pedido en el mismo callejón a dos pasos de Mahane Yehuda, en el corazón de la capital ejerciendo su derecho a estar ahí tomándose un café. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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