Opinión
Impulso lector no comienza en segundo básico
Prevenir siempre será más efectivo que intervenir cuando las dificultades ya están instaladas.
La Agencia de Calidad de la Educación aplicará este año, por primera vez y de manera censal, la medición Impulso Lector en segundo básico, entre el 16 de noviembre y el 4 de diciembre, con inscripción hasta el 30 de septiembre y sin consecuencias para las escuelas, porque su uso es pedagógico. En relación con esta medición surge una pregunta que considero fundamental: ¿por qué evaluar las habilidades precursoras de la lectura recién en segundo básico, cuando la evidencia muestra que estas se desarrollan mucho antes, desde los primeros años de vida, y pueden observarse e impulsarse desde la educación parvularia?
Chile ya cuenta con abundante evidencia que demuestra la existencia de un importante rezago en lectura. Según cifras del propio Ministerio de Educación, tres de cada cinco niños de segundo básico no alcanzan el nivel de comprensión lectora esperado. Sabemos que muchos estudiantes llegan a los primeros años de enseñanza básica con dificultades significativas para aprender a leer. Si ese diagnóstico ya es conocido, parece necesario preguntarnos si el foco debiera estar únicamente en medir el problema cuando este ya está instalado o, más bien, en fortalecer las acciones de prevención desde los primeros niveles educativos.
El mismo Ministerio informa, además, que el 91% de los estudiantes con rezago comprende bien cuando un adulto les lee en voz alta, y de ahí suele concluirse que el problema no está en el lenguaje sino en la decodificación. Leída completa, esa conclusión apunta hacia atrás: la decodificación se apoya en la conciencia fonológica y en el conocimiento del alfabeto, habilidades que se instalan, o no, bastante antes de que un niño enfrente su primera palabra escrita.
Esperar hasta los siete u ocho años para identificar dificultades implica llegar tarde para muchos niños y niñas. A esa edad, el rezago lector suele estar consolidado y comienza a afectar no solo el aprendizaje de la lectura, sino también el acceso al currículo completo, la autoestima académica y las oportunidades de participación en la sala de clases. Quienes trabajamos hace años en establecimientos de alta vulnerabilidad social conocemos bien ese momento. La política pública debería poner el mismo énfasis en detectar tempranamente los factores de riesgo que en medir los resultados posteriores.
La evaluación de Impulso Lector representa una valiosa oportunidad, pero también invita a ampliar la mirada. Más que preguntarnos únicamente cómo están leyendo los estudiantes de segundo básico, deberíamos preguntarnos qué ocurrió antes. ¿Qué experiencias de lenguaje tuvieron durante la primera infancia? ¿Qué oportunidades ofrecieron los establecimientos para desarrollar las habilidades que sustentan el aprendizaje lector? ¿Se fortalecieron oportunamente aquellas competencias que la investigación ha identificado como predictoras del éxito en la lectura?
Por ello, resulta imprescindible volver a mirar las Bases Curriculares de Educación Parvularia. Estas no plantean que los niños deban aprender a leer y escribir de manera formal en este nivel. Su propósito es mucho más profundo: promover el desarrollo del lenguaje y de las habilidades que posteriormente permitirán aprender a leer y escribir con éxito.
Las Bases Curriculares enfatizan experiencias de aprendizaje relacionadas con la comunicación oral, el enriquecimiento del vocabulario, la comprensión y expresión oral, la interacción mediante conversaciones significativas, el gusto por los textos, la conciencia fonológica, el reconocimiento progresivo del lenguaje escrito y el desarrollo de diversas habilidades cognitivas y lingüísticas que constituyen la base de la alfabetización inicial. Es decir, el foco está puesto en construir los cimientos del aprendizaje lector, no en adelantar la enseñanza formal de la lectura.
Cuando hablamos de lectoescritura en educación parvularia y en los primeros años de enseñanza básica, el objetivo no debería reducirse a que los niños lean o escriban antes de tiempo. El verdadero desafío es que vivan el lenguaje: que conversen, escuchen, narren, hagan preguntas, comprendan historias, jueguen con los sonidos de las palabras, amplíen su vocabulario y descubran que el lenguaje es una herramienta para pensar, aprender y relacionarse con los demás.
Lamentablemente, las dificultades de lenguaje han aumentado. No necesariamente porque existan más trastornos del desarrollo del lenguaje, sino porque cada vez existen menos oportunidades de interacción verbal significativa. Hay menos conversaciones, menos lectura compartida, menos narraciones y menos espacios de diálogo tanto en los hogares como, en algunos casos, en las propias experiencias educativas. El lenguaje se desarrolla en la interacción con otros, y cuando esa interacción disminuye, también lo hacen las oportunidades de desarrollar las habilidades precursoras de la lectura.
Por eso, además de medir el rezago lector, es indispensable fortalecer las condiciones que permiten prevenirlo. La discusión no debiera centrarse únicamente en los resultados de segundo básico, sino también en cómo estamos implementando las Bases Curriculares desde la educación parvularia y en si realmente estamos garantizando experiencias sistemáticas que favorezcan el desarrollo del lenguaje oral, la conciencia fonológica, el vocabulario, la comprensión oral y todas aquellas habilidades que la evidencia reconoce como precursoras de la lectura.
Prevenir siempre será más efectivo que intervenir cuando las dificultades ya están instaladas. Si el país quiere mejorar la comprensión lectora de manera sostenible, probablemente el primer paso no sea evaluar más tarde, sino comenzar mucho antes, fortaleciendo el desarrollo del lenguaje desde la primera infancia y asegurando que las Bases Curriculares se conviertan en una realidad cotidiana en todas las aulas de educación parvularia.
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