Opinión
Calle Playa Blanca con Av. Cerro Dragón, Tarapacá. Crédito: Irene Villalobos
El barro se seca, las huellas quedan: la emergencia sigue en Tarapacá
Tarapacá necesita menos declaraciones y más presencia, menos burocracia y más coordinación. El desafío trasciende a la región y compromete al país.
Tarapacá quedó cubierta de tierra y barro, dejando al descubierto problemas durante años inadvertidos. La lluvia tiene esa capacidad incómoda de revelarlos por capas. Aparecen goteras y filtraciones, techos que crujen, ampliaciones que ceden, cerros que se deslizan y quebradas empeñadas en recordar su presencia. A ello se suman, cortes de luz, chispazos e incluso incendios, mientras las calles se vuelven navegables y los socavones exponen suelos salinos y fallas de planificación urbana en Iquique y Alto Hospicio.
Cuando las calles comienzan a secarse, el territorio recuerda que estas vulnerabilidades no nacieron con la emergencia; el agua apenas tuvo la descortesía de hacerlas visibles. Vivimos de espaldas a cerros y quebradas que, al cargarse, buscan salida entre viviendas, techumbres convertidas en bodegas y basuras arrastradas desde rincones donde solemos esconderlas. Son fragilidades excluidas de la postal del “Miami chileno” y que unos pocos días de lluvia volvieron imposibles de ignorar.
Con el sistema frontal en retirada, queda recomponer la vida entre pérdidas por dimensionar e incertidumbre sobre los apoyos, porque el desastre no termina cuando mejora el tiempo. El pre-impacto concentra la alerta y preparación; el impacto, la protección y respuesta inmediata; el post-impacto, la recuperación y reconstrucción, junto con efectos sociales y psicoemocionales. Luego vuelve a salir el sol y revela una ciudad en sepia. Es hora de tirar pala, retirar barro y escombros, mientras los parches ceden y dejan al descubierto viejas grietas.
Las precipitaciones de agosto fueron excepcionales en Tarapacá. Según la Dirección Meteorológica de Chile, la estación Diego Aracena de Iquique acumuló 16 milímetros (mm) entre el 11 y el 18 de agosto, con 6,6 mm solo el día 18, muy por encima del promedio histórico mensual de 0,2 mm. Sin embargo, la magnitud del daño depende de las condiciones en que se habita.
El Catastro Nacional de Campamentos 2024 registra 64 campamentos y 9.370 hogares en la región, 8.473 de ellos en Alto Hospicio. Una misma amenaza produce consecuencias desiguales según la calidad de la vivienda, la infraestructura y el acceso a servicios. La lluvia puede medirse en mm; el daño, en cambio, exhibe las desigualdades sociales y territoriales que construyen el riesgo.
Esas desigualdades también alcanzan a la salud mental. Iquique dispone de un único recinto hospitalario, el Hospital Regional Dr. Ernesto Torres Galdames, cuya Unidad de Psiquiatría de Adultos resultó afectada. Desde 2025, Alto Hospicio cuenta con un hospital de mediana complejidad, que recibió derivaciones pese a su limitada dotación de personal. En el post-impacto, estas tensiones se superponen a necesidades previas. Según el Índice de Actividad de la Atención Primaria de Salud (IAAPS) 2025 del Servicio de Salud Tarapacá, 8.832 personas estaban bajo control en salud mental en Iquique y 5.774 en Alto Hospicio. La emergencia puede intensificar el estrés, la sensación de inseguridad y la alteración de rutinas en la población expuesta. Cuidar la salud mental implica dar continuidad a las atenciones, facilitar el acceso, entregar información clara y acompañar a las personas en la recuperación de su vida cotidiana durante la reconstrucción.
La gestión de estas situaciones requiere coordinación entre municipios, Gobierno Regional, Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred), salud, educación y empresas a cargo de servicios e infraestructura crítica. Cuando esa articulación falla, las redes comunitarias se vuelven fundamentales. Vecinas, dirigentes y familias comparten información, organizan apoyos y acompañan a quienes más lo necesitan, como una suerte de “aspirina social”. Pueden aliviar el malestar y reducir el aislamiento, pero no sustituir la acción institucional ni las responsabilidades de quienes deben garantizar servicios esenciales.
La pregunta es inevitable. Para el gobierno que se autodefinió como “gobierno de emergencia”, Tarapacá pone a prueba la distancia entre la consigna y la capacidad efectiva de gestión. El 10 de agosto se decretó la emergencia preventiva climática, pero, a medida que aumentaban los daños en servicios e infraestructura, crecían las demandas por una respuesta de mayor alcance. El 18 de agosto, parlamentarios del norte solicitaron la declaratoria de zona afectada por catástrofe y, al día siguiente, el gobernador regional reiteró la petición durante la visita presidencial a Iquique. El Mandatario señaló “cuidar las expectativas, hay mucha persona que por ser encuestados dicen ‘Bueno ahora, tengo que esperar unos días, me va a llegar una ayuda del Estado’. ¡Los recursos son escasos!”.
Recorrió la zona sin anunciar la declaratoria, que fue publicada el 21 de agosto, cuando Tarapacá ya acumulaba daños significativos y numerosas personas damnificadas. Días después, uno de los aportes más cuantiosos para la recuperación llegó desde el sector privado, Collahuasi comprometió un plan de apoyo por cerca de 3.000 millones de pesos.
La secuencia pone en cuestión la oportunidad con que se adoptó una medida reclamada mientras los daños seguían acumulándose. Quienes representan al Estado tienen responsabilidades antes, durante y después del impacto. Gestionar una emergencia requiere idoneidad, capacidad ejecutiva y experiencia política para traducir alertas, evidencia y conocimiento local en decisiones. No se gobierna haciendo turismo del desastre ni dedicando más atención al outfit y al calzado para la ocasión —como vimos en titulares con la exministra del Deporte— que a garantizar una respuesta a la altura de la emergencia. Gobernar supone estar donde se concentran los problemas y decidir sobre la base de la información disponible. Parte del daño era inevitable, pero eso no diluye responsabilidades.
Con antecedentes y capacidades instaladas en la región, corresponde preguntarse qué pudo prevenirse, qué efectos podían mitigarse y por qué ciertas herramientas se activaron con demora. Cuando la prevención falla, la contingencia da paso a la rendición de cuentas por aquello que pudo anticiparse, mitigarse o evitarse.
La investigación tampoco puede quedar fuera de esta discusión. Tarapacá no necesita una academia del oportunismo que aparezca cuando el desastre ofrece visibilidad, datos y testimonios, para retirarse cuando disminuye la atención pública. La región cuenta con científicas, científicos y capacidades instaladas en universidades públicas y privadas que conocen sus dinámicas y pueden aportar desde la experiencia local, sin que cada emergencia deba interpretarse desde el centralismo.
El desafío es fortalecer alianzas entre academia, comunidades e instituciones para articular saberes locales, ciencia, gestión pública y acción social. Los aprendizajes acumulados pierden sentido si no fortalecen la preparación y respuesta ante futuras emergencias.
A estas alturas, el suma y sigue de crisis, emergencias y desastres no puede seguir encontrándonos desempolvando el nylon y bailando al compás de cada contingencia en una coreografía de improvisación. La evidencia sobre calentamiento global, variabilidad climática y fenómenos como El Niño deja cada vez menos margen al factor sorpresa. Tampoco podemos seguir lamentándonos sobre el barro derramado. Anticiparse reduce daños, acota la incertidumbre y resguarda el bienestar, porque la salud mental también termina pasando la cuenta cuando la prevención llega tarde.
Ahora comienza una etapa igual de importante. Levantar Tarapacá requiere recuperar infraestructura, apoyar a las familias afectadas y asegurar recursos para municipios y servicios públicos, pero también aprender de lo ocurrido. Aprender supone revisar lo que no funcionó, porque repetir respuestas deficientes ante emergencias conocidas deja de ser falta de experiencia y empieza a parecer una decisión.
La extensión y diversidad geográfica del país obligan a fortalecer la prevención y el monitoreo mediante radares, sistemas de observación y tecnologías de punta, capaces de aportar información sobre fenómenos que van desde tormentas de arena en el norte hasta tornados en el sur. Contar con más y mejores datos en tiempo real permite anticipar escenarios, orientar decisiones oportunas y reducir daños.
Tarapacá necesita menos declaraciones y más presencia, menos burocracia y más coordinación. El desafío trasciende a la región y compromete al país. Romper este ciclo supone convertir memoria, conocimiento, tecnología y experiencia en acción, para que las vulnerabilidades de hoy no sigan escribiendo los titulares del daño de mañana ni la “emergencia” termine convertida en otra consigna de campaña.
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