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Moderación, transformación y progresividad: eso es socialdemocracia Opinión

Moderación, transformación y progresividad: eso es socialdemocracia

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Juan Eduardo Faúndez
Por : Juan Eduardo Faúndez Presidente de la Fundación Socialdemócrata.
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El desafío es construir un nuevo proyecto de progreso para Chile: un país económicamente desarrollado (sostenible), socialmente integrado, democrático, seguro y solidario.


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En política, las palabras importan, pero mucho más importan sus resultados. En los últimos días se ha vuelto a instalar una discusión especialmente relevante para quienes provenimos de la tradición socialdemócrata: si la moderación constituye una renuncia a las transformaciones o si, por el contrario, puede ser precisamente el camino para hacerlas posibles.

Creo en la moderación. No entendida como inmovilismo, resignación o ausencia de convicciones, sino como una forma responsable de ejercer la política democrática. Para transformar una sociedad no basta con tener razón, levantar buenas consignas o representar fielmente a quienes ya piensan como nosotros. Hay que construir mayorías.

Y construir mayorías supone dialogar, acordar y, cuando sea necesario, ceder en los instrumentos sin renunciar a los objetivos fundamentales. Significa convertir nuestras convicciones en resultados concretos para las personas.

Por eso también creo en la progresividad. No porque debamos moderar nuestros sueños de igualdad, justicia social y solidaridad, sino porque las transformaciones profundas y duraderas requieren instituciones, recursos, acuerdos políticos y legitimidad social para sostenerse en el tiempo.

Chile necesita recuperar un proyecto de desarrollo para el siglo XXI, donde crecimiento económico, bienestar, igualdad, redistribución y solidaridad formen parte de una misma ecuación. Una economía capaz de crecer, innovar, aumentar su productividad y generar buenos empleos, acompañada de un Estado moderno y eficaz que garantice derechos sociales, entregue seguridad y reduzca las desigualdades.

Existe, además, una diferencia fundamental entre la radicalidad de los objetivos y la radicalidad de los métodos. Podemos ser profundamente ambiciosos respecto del país que queremos construir: una sociedad más igualitaria, un Estado de bienestar moderno, mejores pensiones, salud y educación, mejores salarios y mayor cohesión social. Pero la ambición de nuestros objetivos no nos obliga a despreciar la moderación democrática necesaria para alcanzarlos.

La experiencia política reciente de Chile también debiera servirnos de aprendizaje. Durante los últimos años vimos cómo un discurso cargado de expectativas transformadoras chocó con las dificultades de gobernar y convertir esas expectativas en cambios concretos. El problema no fue un exceso de moderación, sino, en buena medida, la distancia entre la intensidad del discurso y la capacidad efectiva de transformarlo en acción.

Esa distancia tiene consecuencias. Cuando se prometen grandes transformaciones y estas no logran materializarse, aparece frustración, se deteriora la confianza en la política y se abre espacio para quienes ofrecen respuestas radicales desde el extremo contrario.

Ese es uno de los aprendizajes que debe asumir el progresismo chileno después de su última experiencia de gobierno, sobre todo en sus dos años iniciales. Una izquierda que confunde radicalidad discursiva con capacidad transformadora corre el riesgo de debilitar precisamente las ideas que pretende defender. La paradoja es evidente: quienes llegaron prometiendo superar la moderación terminaron, involuntariamente, preparando el terreno para el avance de una derecha radical.

Por eso resulta demasiado simple responsabilizar a la moderación de las derrotas del progresismo. Tal vez debamos preguntarnos exactamente lo contrario: cuánto de esas derrotas provino de abandonar la construcción de mayorías, encerrarnos en nuestras propias certezas y confundir la intensidad de nuestras convicciones con la capacidad real de transformar la sociedad.

Refugiarse en posiciones radicales puede fortalecer una identidad, movilizar a los convencidos o consolidar un nicho electoral. Pero gobernar exige algo mucho más complejo: convocar a quienes piensan distinto, construir acuerdos amplios y transformar esas diferencias en una fuerza común capaz de producir progreso.

Chile necesita recuperar una política capaz de convocar desde la izquierda democrática hacia el centro, encontrando puntos de encuentro entre distintas tradiciones que comparten principios fundamentales: democracia, libertad, solidaridad, justicia social, progreso y respeto irrestricto por los derechos humanos.

Desde una socialdemocracia renovada para el siglo XXI debemos asumir ese desafío sin complejos.

Moderarse no significa abandonar nuestros sueños. Significa construir las condiciones democráticas para convertirlos en realidad. Ser progresivos tampoco significa conformarse con avanzar lentamente. Significa establecer prioridades, construir instituciones sólidas y realizar transformaciones capaces de mantenerse más allá de un gobierno determinado.

Porque las verdaderas transformaciones no son las que producen los mejores discursos, sino aquellas que sobreviven al gobierno que las impulsó y terminan convirtiéndose en conquistas permanentes de la sociedad.

El desafío es construir un nuevo proyecto de progreso para Chile: un país económicamente desarrollado (sostenible), socialmente integrado, democrático, seguro y solidario. Un Chile donde crecer y redistribuir no sean conceptos antagónicos; donde la iniciativa privada y un Estado eficaz puedan complementarse; y donde nuestras diferencias no nos impidan reconocernos como integrantes de una misma comunidad.

Creo en los acuerdos amplios, en las reformas responsables y en las transformaciones sostenibles. Creo en una socialdemocracia moderna, con convicciones firmes y vocación de mayoría.

Porque transformar Chile no consiste en tener el discurso más radical. Consiste en construir la mayoría necesaria para hacer posible el progreso.

Y esa mayoría se construye dialogando, acordando y avanzando. Con convicciones y responsabilidad; con ambición transformadora y sentido de realidad.

La moderación y la transformación no son adversarias. Cuando existe un proyecto claro, mayorías sociales y voluntad de avanzar, la moderación y la progresividad también transforman.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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