Opinión
Archivo (AgenciaUno)
El discreto oficio del embajador Brandon Judd
No necesitamos una pelea con Washington ni una sobreactuación patriótica. Necesitamos una relación entre dos Estados que sepan dónde termina cada uno. Judd afirmó que Chile y Estados Unidos son países que comparten inteligencia. Excelente noticia. Sería un buen momento para compartir esta.
Brandon Judd conoce Chile con una seguridad que muchos chilenos envidiarían. Sabe de dónde vienen las protestas, quiénes estuvieron detrás de la violencia de 2019 y que un análisis estadounidense llegó a conclusiones “categóricas” al respecto. También ha explicado que Chile ya estaría ejerciendo la llamada doctrina Donroe y que implementarla bajo la administración Kast resulta “muy fácil”. Para llevar menos de un año representando a un país extranjero, el embajador ha adquirido una soltura notable para explicarnos el nuestro.
En una reciente entrevista televisiva sostuvo que las protestas provienen mayoritariamente de organizaciones o ideologías de izquierda. Al ser consultado específicamente por 2019, fue más lejos: “nuestra inteligencia”, afirmó, establece “categóricamente” que la violencia provino de organizaciones de izquierda. Precisó, eso sí, que no estaba diciendo que agencias estadounidenses hubieran venido a Chile a investigar. Había, según él, un “análisis específico”.
La precisión mayor llegó después. Citado por Cancillería, Judd aclaró que la embajada no posee una investigación ni documentos propios sobre el estallido, que Estados Unidos no envió investigadores a Chile y que el análisis se construyó a partir de información proveniente de policías, académicos y del Congreso chileno. Tampoco poseen, agregó, antecedentes específicos sobre personas o grupos determinados. La inteligencia “categórica” resultó bastante menos clandestina cuando hubo que abrir la carpeta.
Ahí está precisamente el problema. Si las fuentes permiten afirmar algo de manera categórica, los antecedentes deben soportar el peso de esa palabra. Si no lo permiten, un embajador debería conocer una solución diplomática bastante antigua: callar. Lo impropio no es analizar información pública —las embajadas lo hacen y deben hacerlo—, sino vestir una interpretación política con el prestigio de “nuestra inteligencia” y lanzarla después sobre uno de los asuntos internos más controvertidos del país anfitrión. Si además los antecedentes no identifican personas ni organizaciones concretas, la categoría parece haber llegado bastante antes que la prueba.
Una frontera bastante conocida
El episodio tampoco llegó solo. Días antes, Judd había sostenido que Chile ya estaba ejerciendo la doctrina Donroe, explicó que los embajadores estadounidenses tienen el mandato de implementarla según las circunstancias de cada país y celebró que con una administración como la de Kast aquello resulte “muy fácil”. El canciller Francisco Pérez Mackenna tuvo que aclarar que Chile no había declarado aceptar semejante doctrina. A estas alturas, Judd no parece sufrir aquella antigua dolencia diplomática llamada reserva.
La cuestión tampoco exige descubrir una norma perdida entre tratados decimonónicos. La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas es bastante menos misteriosa. Su artículo 3 permite a las misiones informarse “por todos los medios lícitos” sobre las condiciones y acontecimientos del Estado receptor. El artículo 41 agrega una cortesía que a veces se olvida citar: quienes gozan de privilegios e inmunidades tienen el deber de “no inmiscuirse en los asuntos internos” de ese Estado. Entre informarse y participar existe una frontera. No parece extravagante pedirle a un embajador que la reconozca.
Cancillería hizo bien en citarlo. Pero la reunión no debería servir únicamente para esclarecer qué quiso decir esta vez. Estados Unidos es un socio fundamental de Chile en seguridad, comercio, defensa e inteligencia. Precisamente las relaciones importantes necesitan límites claros. Cooperar no equivale a conceder licencia para intervenir en nuestras controversias políticas, y una alianza estratégica no convierte una doctrina concebida en Washington en política chilena porque su embajador anuncie que ya la estamos aplicando.
Fragatas y buenos modales
La paradoja adquiere cierto brillo cuando el Gobierno habla de soberanía. Hace una semana José Antonio Kast navegaba el Estrecho de Magallanes a bordo de la fragata Prat, acompañado por submarinos, aviación naval e Infantería de Marina. Una exhibición perfectamente legítima de capacidad y disuasión. Menos marcial ha sido la reacción ante las sucesivas controversias argentinas sobre el Estrecho: desde el decreto que lo caracteriza como “espacio compartido”hasta declaraciones de autoridades del país vecino sobre Magallanes y la condición “bioceánica” argentina. La soberanía territorial dispone de fragatas. La diplomática debería poder arreglárselas con una Cancillería.
No son episodios idénticos, pero comparten una incomodidad: los protagonistas pertenecen a gobiernos políticamente próximos. Trump, Milei y Kast comparten afinidades, mientras dirigentes y representantes de ese espacio hablan cada vez con mayor naturalidad de las disputas domésticas de otros países como capítulos de una misma batalla ideológica. Hay una ironía considerable en que algunos de los críticos más entusiastas del globalismo hayan descubierto que las fronteras son bastante permeables cuando las atraviesan sus propias opiniones.
Hans Morgenthau, uno de los padres del realismo moderno en relaciones internacionales, construyó buena parte de su pensamiento precisamente contra esa confusión entre afinidades políticas e intereses nacionales. Los presidentes pueden tener amigos; los Estados tienen intereses. Y la Convención de Viena, por fortuna, no contempla una excepción para gobiernos que se caen bien.
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La respuesta chilena tampoco necesita aspavientos. Un Estado seguro de sus prerrogativas no expulsa embajadores cada vez que uno habla más de la cuenta, pero tampoco normaliza que un representante extranjero convierta sus preferencias, doctrinas o análisis en comentarios recurrentes sobre la política doméstica. La firmeza diplomática suele ser bastante menos entretenida que una fragata y, precisamente por eso, bastante más útil en estos casos.
Si Washington posee antecedentes relevantes sobre delitos cometidos en Chile, corresponde entregarlos por los canales apropiados. Si son reservados, que permanezcan reservados y circulen como tales. Lo difícil de aceptar es una tercera categoría: información demasiado imprecisa para identificar responsables, pero suficientemente “categórica” para intervenir en la discusión pública chilena.
No necesitamos una pelea con Washington ni una sobreactuación patriótica. Necesitamos una relación entre dos Estados que sepan dónde termina cada uno. Judd afirmó que Chile y Estados Unidos son países que comparten inteligencia. Excelente noticia. Sería un buen momento para compartir esta.
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