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El compromiso por el empleo Opinión Archivo (AgenciaUno)

El compromiso por el empleo

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino Profesor de Historia
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En tiempos de polarización suele suponerse que la política adquiere identidad únicamente cuando encuentra un adversario. Tal vez sea exactamente al revés. Hay momentos en que una fuerza política demuestra para qué existe cuando identifica una tarea que importa al país y decide resolverla.


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Hay cifras económicas que son solo un dato más y otras que terminan describiendo el estado de ánimo de un país. El desempleo pertenece cada vez más a esta segunda categoría.

En el trimestre mayo-julio de 2026, la tasa de desocupación llegó en Chile al 9,5%, ocho décimas más que un año antes. Los desocupados aumentaron 10,4% y quienes buscan trabajo por primera vez lo hicieron en 20,9%. Entre las mujeres, la desocupación alcanza el 10,3%. Para los jóvenes el cuadro es todavía más severo: en el trimestre febrero-abril la tasa entre 15 y 24 años llegó al 22,8%, la más alta para ese período desde los años de pandemia.

A ello se agrega una informalidad laboral de 26,5%, que recuerda que no basta con tener trabajo, importa también la calidad del trabajo que se consigue. Son cifras del Instituto Nacional de Estadísticas que deberían bastar para colocar el empleo entre las primeras preocupaciones nacionales.

Durante demasiado tiempo hemos hablado del empleo casi exclusivamente en el lenguaje de los economistas: crecimiento, inversión, productividad, costos laborales, tasas de participación. Todo eso importa y sería insensato desconocerlo. Sin crecimiento sostenido y empresas capaces de invertir será muy difícil generar los puestos de trabajo que Chile necesita.

Pero el empleo es bastante más que una variable económica. Para una persona que lleva meses buscando trabajo, conseguirlo significa recuperar ingresos, ciertamente, pero también horarios, relaciones sociales, proyectos, autonomía y una cierta percepción de pertenencia. La cesantía prolongada no vacía solamente el bolsillo, va estrechando la vida cotidiana, reduce vínculos, posterga decisiones y muchas veces instala una triste sensación de inutilidad en personas que tienen capacidades, formación y voluntad de trabajar. Por ello, combatir el desempleo sea también combatir una forma de exclusión (recuerdo Cesante, una vieja canción del duo Quelentaro).

Esto adquiere especial importancia entre los jóvenes. Una sociedad en que uno de cada cinco jóvenes que participa en el mercado laboral no encuentra trabajo está desperdiciando capacidades y acumulando frustración. La primera experiencia laboral no significa únicamente comenzar a recibir un sueldo. Es el momento en que un joven inicia una vida independiente, adquiere responsabilidades y empieza a construir un proyecto de vida propio.

Algo semejante ocurre con muchas mujeres. El empleo constituye una de las formas más concretas de emancipación femenina. Tener ingresos propios modifica relaciones familiares, aumenta la capacidad de decidir y reduce dependencias que en determinadas circunstancias pueden transformarse incluso en relaciones abusivas. La autonomía económica no resuelve por sí sola las desigualdades entre hombres y mujeres, pero es difícil imaginar igualdad real sin ella.

Existe además otra dimensión que rara vez aparece en las discusiones sobre productividad. Trabajar integra, pone a las personas en contacto con otras, las incorpora a organizaciones, empresas, sindicatos, servicios, comunidades profesionales y redes de cooperación. Una sociedad con empleo abundante tiende a ser también una sociedad con mayor densidad de relaciones sociales. El desempleo masivo, en cambio, fragmenta y aísla; por eso una política de empleo es también una política de cohesión social.

El Gobierno ha advertido la magnitud del problema. Durante los últimos meses ha impulsado una Mesa de Reactivación Laboral, subsidios a la contratación y un paquete anunciado por unos $50 mil millones destinado a incentivar la creación de empleo formal.

La llamada estrategia “Modo Empleo” se fijó inicialmente como objetivo generar 50 mil nuevos puestos de trabajo en cuatro meses, mientras una mesa de expertos entregó más de veinte propuestas en ámbitos como empleo femenino, contratación juvenil, formalización y capacitación. Esta semana incluso se planteó avanzar mediante un fast track legislativo en algunas materias laborales.

Cada una de esas medidas debe ser examinada en su mérito. Algunas podrán ser apoyadas, otras modificadas y otras probablemente rechazadas. Una oposición democrática no tiene por qué transformarse en acompañante del Gobierno ni renunciar a sus propias concepciones sobre relaciones laborales, salarios o protección social. Con todo, tampoco debería convertir el rechazo en su rostro de oposición.

Aquí existe una oportunidad política que la oposición no debiera desperdiciar. Frente a una situación de esta magnitud, puede demostrar que es capaz de actuar no sólo como fiscalizadora del Gobierno sino como fuerza que ofrece soluciones. Si existen proyectos capaces de crear empleos, deben ser perfeccionados y aprobados. Si resultan insuficientes, habrá que proponer otros. Si determinadas regulaciones están dificultando innecesariamente la contratación, habrá que revisarlas sin complejos. Y si existen sectores productivos capaces de absorber rápidamente mano de obra, corresponde generar acuerdos para acelerar inversiones, capacitación y reconversión.

Dejar la bandera del empleo exclusivamente en manos del Gobierno sería un error político y, sobre todo, una incomprensión de las prioridades de la sociedad.

La oposición puede discrepar profundamente del Ejecutivo en derechos humanos, seguridad, política exterior, memoria histórica o concepción del Estado. Nada de eso impide construir acuerdos en materias donde existe un interés nacional evidente, y el empleo debiera ser una de ellas.

Eso exige, por cierto, despejar otra falsa discusión. Defender el empleo no significa aceptar cualquier empleo. Chile no debe transformar su mercado laboral en una jungla donde toda rebaja de salarios, debilitamiento de derechos o precarización sea justificada en nombre de la contratación. Trabajo y dignidad laboral no son conceptos opuestos. Un empleo digno supone remuneraciones razonables, seguridad social, respeto de derechos básicos y posibilidades de desarrollo. La propia cifra de informalidad, superior al 26%, muestra que una parte importante del problema laboral chileno se encuentra precisamente allí: personas que trabajan pero continúan fuera de buena parte de las protecciones asociadas al trabajo formal.

La verdadera discusión, entonces, no enfrenta empleo contra derechos. Consiste en encontrar el equilibrio que permita crear muchos más puestos de trabajo y, al mismo tiempo, evitar que el trabajador sea considerado simplemente un costo que conviene reducir.

También existe una razón democrática para asumir esta tarea. Las sociedades que durante largos períodos son incapaces de ofrecer empleo y expectativas de progreso alimentan desencanto, desconfianza y radicalización.

Por todas estas razones, la batalla por el empleo debería convertirse en una tarea nacional. Gobierno, oposición, empresarios, sindicatos, municipios y regiones tienen responsabilidades distintas, pero el objetivo común de que Chile crezca, invertir, capacitar, incorpore más mujeres al mercado laboral, abra oportunidades para los jóvenes y facilite la creación de empresas y nuevos puestos de trabajo. Quienes comprendan este imperativo transversal y actúen por lograrlo tendrán, a no dudar, el justo reconocimiento ciudadano.

En tiempos de polarización suele suponerse que la política adquiere identidad únicamente cuando encuentra un adversario. Tal vez sea exactamente al revés. Hay momentos en que una fuerza política demuestra para qué existe cuando identifica una tarea que importa al país y decide contribuir a resolverla.

Hoy, una de esas tareas se llama empleo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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