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En el mes de la patria se encumbran los volantines y nos acordamos de los cables Opinión

En el mes de la patria se encumbran los volantines y nos acordamos de los cables

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Camilo Villagrán
Por : Camilo Villagrán Ingeniero civil. Ex Seremi de Energía de La Araucanía.
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Nadie pide que se entierre cada cable del país en un día. Pero sí vale la pena abrir un debate más maduro sobre cofinanciamiento, fondos de mitigación climática y alianzas público-privadas para ir soterrando de manera gradual y estratégica.


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Llega septiembre y todo Chile se prepara para las celebraciones de fiestas patrias, aparecen por montones los volantines en el cielo y, al mismo tiempo, las campañas de las empresas eléctricas pidiéndole a los niños y niñas que jueguen lejos de los cables. Es una advertencia bien intencionada, claro, pero mirándolo bien deja una sensación extraña, ¿por qué hemos asumido como algo normal que hasta para elevar un volantín en nuestro espacio público haya que andar esquivando una red aérea expuesta?

Ese detalle de los volantines es sólo la cara más amable de un problema que en invierno se pone bastante más pesado. Apenas llega un temporal con ráfagas de viento, los árboles chocan con las líneas de media y baja tensión, caen postes y comunas enteras quedan a oscuras. La paradoja es evidente. Por un lado, todos coincidimos en que necesitamos más vegetación urbana para enfriar las calles frente al cambio climático, y también en que la electricidad es el motor clave para descarbonizar la matriz, dejar atrás los combustibles fósiles y avanzar hacia un país más limpio. Pero, por otro lado, pretendemos sostener toda esa energía limpia sobre cables colgados a la intemperie.

Ahora bien, tampoco se trata de decir que soterrar sea llegar y enterrar todo mañana. Las razones de por qué estamos así son bien concretas. En Chile, menos del 10% de las redes de distribución son subterráneas, ¿La razón principal? La billetera: construir una red bajo tierra cuesta entre cuatro y diez veces más por kilómetro que colgar los cables en postes.

Y ahí entra el nudo regulatorio. Nuestra Ley General de Servicios Eléctricos (LGSE) fija las tarifas calculando el Valor Agregado de Distribución (VAD) bajo el concepto de la “empresa modelo eficiente”. Como la autoridad reconoce el estándar técnico más económico (el tendido aéreo), las distribuidoras no tienen incentivos para inyectar capital masivo en soterramientos, ya que esos costos no se traspasan automáticamente a las tarifas. Y el dilema es real porque si se traspasara de golpe, la cuenta de la luz subiría a niveles exorbitantes para la ciudadanía. Por eso el avance ha sido tan desigual y se concentra en comunas con altos ingresos o exigencias inmobiliarias puntuales. Tampoco alcanza con la Ley “Chao Cables” que aunque ayuda a sacar la basura aérea de las telecomunicaciones, no resuelve el problema de la red eléctrica activa.

Mirar lo que pasa en la región ayuda a sacarse el mito de que esto es un lujo exclusivo de lugares con altos recursos. En Brasil, el caso de Curitiba es un gran ejemplo de cómo buscarle la vuelta al financiamiento. En vez de esperar una gran reforma a la distribución, por cierto muy necesaria y urgente, la ciudad armó una Alianza Público-Privada junto al Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) para soterrar unos 120 kilómetros de cables en su centro histórico y en las zonas más golpeadas por los temporales. No se trata de enterrar toda la ciudad de la noche a la mañana, pero demuestra que con voluntad e instrumentos creativos se puede empezar por donde más se necesita.

La experiencia internacional muestra que avanzar trae retornos concretos, por ejemplo estudios del sector indican que un aumento de sólo el 10% en redes subterráneas puede reducir hasta un 14% la duración anual de los cortes (el indicador SAIDI). Países como Finlandia, mediante su Electricity Market Act, han fijado metas estrictas para limitar las interrupciones, apoyándose en tecnologías como el arado de cables (cable plowing) o las microzanjas (microtrenching) para abaratar los costos de obra civil, ideales para regiones con alto nivel de ruralidad como La Araucanía.

Nadie pide que se entierre cada cable del país en un día. Pero sí vale la pena abrir un debate más maduro sobre cofinanciamiento, fondos de mitigación climática y alianzas público-privadas para ir soterrando de manera gradual y estratégica. Porque asegurar el suministro eléctrico ante el cambio climático y permitir que los niños encumbren volantines tranquilos en septiembre no debería ser un privilegio de pocos barrios, sino una meta sensata para cada rincón del país.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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