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Mientras siga girando el trompo Opinión

Mientras siga girando el trompo

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Juan Escrig Murúa
Por : Juan Escrig Murúa Profesor Titular del Departamento de Física de la Universidad de Santiago e Investigador del Centro de Nanociencia y Nanotecnología, CEDENNA
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“En estas Fiestas Patrias basta mirar un trompo girando para descubrir que detrás de esta tradición se esconde una gran pregunta: ¿por qué no se cae?”


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Septiembre tiene la extraña capacidad no solo de alegrarnos con la llegada de la primavera, sino también de devolvernos tradiciones que creíamos olvidadas: encumbrar un volantín, lanzar una rayuela o jugar al emboque. Entre ellas también está ese pequeño ritual de enrollar cuidadosamente una lienza alrededor de un trompo.

Quien alguna vez aprendió a lanzar uno probablemente recuerda que no bastaba con que te lo explicaran. Había que mirar a alguien lanzarlo. La lienza se enrollaba desde la punta, el trompo se acomodaba en la mano y el brazo repetía un movimiento que, muchas veces, había aprendido de otras manos. Entonces ocurría algo extraordinario: un objeto que quieto terminaría cayendo al suelo podía, cuando giraba suficientemente rápido, permanecer bailando sobre su punta.

No se cae de inmediato porque, al girar rápidamente, adquiere momento angular, una propiedad que hace que su eje tienda a mantener su orientación. Y cuando el trompo se inclina, la gravedad, en lugar de derribarlo de inmediato, hace que su eje comience a girar lentamente alrededor de la vertical, como si dibujara un círculo invisible en el aire. A ese movimiento lo llamamos precesión.

Mientras tanto, el roce con el suelo y la resistencia del aire van disipando su energía. Poco a poco el trompo gira más lento, comienza a tambalear y termina cayendo. Sabemos que eso ocurrirá tarde o temprano, pero durante algunos segundos, cada vez que un trompo gira frente a nuestros ojos, algo que parecía destinado a caer consigue mantenerse en pie. Parece magia, pero es ciencia.

Quizás por eso los seres humanos llevamos tanto tiempo fascinados con los trompos. Aprendimos a hacerlos girar mucho antes de comprender por qué lo hacían. En ese espacio diminuto entre saber hacer algo y querer comprenderlo comienza buena parte de la ciencia.

Estamos rodeados de fenómenos que hemos dejado de mirar porque ocurren todos los días. Una gota de lluvia cae. El agua se evapora. Las sombras cambian con el Sol. Las cuerdas de una guitarra vibran y producen sonido. Un trompo permanece girando durante unos instantes sobre su diminuta punta. La costumbre hace invisible lo extraordinario. La curiosidad, por el contrario, nos obliga a detenernos frente a aquello que creíamos conocer y mirarlo nuevamente. Tal vez por eso las niñas y los niños preguntan tanto: todavía no han tenido tiempo suficiente para acostumbrarse al mundo.

Nuestra especie ha avanzado porque aprendió a transmitir respuestas: cómo encender fuego, cultivar alimentos, construir herramientas, orientarse o sanar enfermedades. Pero también porque fue capaz de entregar a las futuras generaciones preguntas que todavía no habían sido resueltas.

Con las tradiciones ocurre algo parecido. No basta con conservarlas: alguien tiene que enseñarlas. Un juego que nadie vuelve a jugar puede permanecer en un museo, en una fotografía o en nuestros recuerdos, pero deja de vivir en las manos de las personas. Y ninguna tradición que atraviesa generaciones permanece verdaderamente inmóvil. Cambian quienes la practican, los lugares, las palabras, los significados y el mundo que existe a su alrededor.

Lo que permanece es ese hilo que permite que una generación reconozca un gesto recibido de otra y decida entregarlo a la siguiente.

Estas Fiestas Patrias, en algún lugar de Chile, una niña o un niño intentará lanzar un trompo por primera vez. Alguien le enseñará a enrollar la lienza, a sostenerlo, a mover el brazo y a soltarlo en el instante preciso. El primer intento probablemente terminará con el trompo rodando por el suelo. Habrá un segundo, y quizás un tercero. Hasta que, de pronto, el trompo se levante sobre su punta y comience a bailar.

En ese instante habrá ocurrido algo mucho más grande que un juego. Una tradición habrá pasado, una vez más, de unas manos a otras.

Tal vez eso sea también celebrar un país: reconocer aquello que hemos recibido, cuidarlo y entregarlo sin impedir que quienes vienen después puedan mirarlo con sus propios ojos. Incluso hacerle nuevas preguntas.

Porque una tradición no permanece viva por quedarse inmóvil.

Permanece viva cuando somos capaces de hacerla girar una vez más.

Y cuando alguien, mientras la observa, vuelve a preguntar por qué.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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