Publicidad
Si queremos proteger a la infancia de las  redes sociales… miremos a los adultos Opinión

Si queremos proteger a la infancia de las redes sociales… miremos a los adultos

Publicidad
Viviana Rivera Barrientos
Por : Viviana Rivera Barrientos Fonoaudióloga y Educadora Diferencial
Ver Más

La infancia no solo escucha lo que decimos. Principalmente observa lo que hacemos.


El Mostrador Fuente Preferida

A propósito del acuerdo alcanzado por Meta (empresa matriz de plataformas como Facebook, Instagram y WhatsApp) en Estados Unidos para pagar hasta US$17.100 millones y adoptar nuevas medidas relacionadas con los efectos de sus plataformas en niños, niñas y adolescentes, vale la pena detenernos y mirar un problema que va mucho más allá de las empresas tecnológicas: ¿Cómo protegemos a las nuevas generaciones de los efectos nocivos del uso excesivo de las redes sociales y los dispositivos electrónicos?

Que el foco esté puesto en la infancia y la adolescencia es imprescindible. Sin embargo, como sociedad debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con los adultos que modelan las conductas de esos niños y niñas?

Si un niño ve que sus padres fuman, existe una mayor posibilidad de que normalice el consumo de tabaco. Si observa un consumo frecuente de alcohol en su entorno familiar, esa conducta también puede transformarse en un modelo. Si, por el contrario, crece en una familia donde se conversa, se juega, se comparte y se lee, probablemente tendrá mayores oportunidades de incorporar esas experiencias a su propia vida.

Entonces, ¿qué ocurre cuando un niño ve que su madre o su padre pasa gran parte del día mirando el teléfono? ¿Qué mensaje recibe cuando, ante el aburrimiento, el cansancio o incluso durante una comida familiar, la primera alternativa es tomar el celular? ¿Qué aprende cuando las principales formas de entretención de los adultos son las plataformas?
La investigación reciente también ha comenzado a estudiar este fenómeno, conocido como parental technoference, y ha encontrado asociaciones entre el uso de dispositivos por parte de los padres durante la interacción con sus hijos y distintos resultados negativos en el desarrollo socioemocional.

Trabajo hace más de 15 años como fonoaudióloga en un establecimiento educacional de alta vulnerabilidad. En mi experiencia cotidiana he escuchado a niños y niñas contar que durante los fines de semana pasan gran parte de su tiempo jugando en tablets, teléfonos u otros dispositivos electrónicos. No necesariamente porque exista una decisión consciente de las familias de reemplazar la interacción por una pantalla, sino porque muchas veces los dispositivos se han convertido en la principal —y, en algunos casos, la única— alternativa de entretención.
No se trata de demonizar la tecnología. Forma parte de nuestra vida de forma indisoluble y ofrece oportunidades de todo tipo. El problema aparece cuando desplazan sistemáticamente otras experiencias fundamentales para el desarrollo: conversar, jugar, leer, crear, aburrirse, explorar, salir, interactuar cara a cara o simplemente estar juntos.

Algo similar ocurre con la lectura. Durante años hemos dicho que necesitamos niños y niñas que lean más. Pero difícilmente lograremos que la lectura sea una experiencia significativa si en el hogar los adultos nunca leen y el teléfono ocupa todo el tiempo disponible.

La infancia no solo escucha lo que decimos. Principalmente observa lo que hacemos.
Por eso, si queremos prevenir los efectos negativos del uso excesivo de las redes sociales, no basta con establecer restricciones para niños y adolescentes. También debemos preguntarnos qué herramientas estamos entregando a madres, padres y cuidadores para revisar sus propios hábitos digitales.

¿Necesitamos políticas que limiten el acceso de niños y adolescentes a las plataformas’, cierto. ¿Es necesario mejorar la vinculación de educación y salud?, cierto.

Pero también necesitamos educar a los adultos. No desde la culpabilización, sino desde la responsabilidad y el acompañamiento. No podemos exigirles a los niños que abandonen una pantalla mientras los adultos que los rodean permanecen constantemente conectados.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente “¿cuánto tiempo pasa mi hijo frente a una pantalla?”. También deberíamos preguntarnos: “¿Cuánto tiempo paso yo frente a una pantalla cuando estoy con mi hijo?”

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad