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De la vitrina al orgullo: ¿Y si nos tomáramos en serio que somos la potencia del vino en Sudamérica? Opinión

De la vitrina al orgullo: ¿Y si nos tomáramos en serio que somos la potencia del vino en Sudamérica?

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Verónica Pardo Lagos
Por : Verónica Pardo Lagos Exsubsecretaria de Turismo.
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Ad portas de las Fiestas Patrias, y tras haber conmemorado el 4 de septiembre el Día Nacional del Vino, me pregunto cuánto sería diferente si lo celebráramos como parte estructural de nuestra identidad.


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¿Has visto en redes sociales un video donde se le pregunta a ciudadanos argentinos qué lugar ocupa su país en el mercado mundial del vino? Responden con mucha naturalidad y certeza, tan propia de su identidad, sin dudarlo: el primero de América Latina y uno de los principales del mundo. La realidad de la data, sin embargo, cuenta otra historia. Al ver el video, inclusive llegué a dudarlo sabiendo cuál era nuestra posición: Chile es el primer exportador de vinos de Sudamérica y el cuarto del mundo —solo por detrás de potencias europeas como Francia, Italia y España—, mientras que Argentina se ubica habitualmente en el séptimo lugar, pudiendo llegar al décimo tramo según el año.

¿Por qué allá el vino genera un orgullo colectivo transversal y en Chile lo miramos solo como una métrica de exportación? En mercados estratégicos como Brasil, el vino chileno es sinónimo de sofisticación, calidad y estatus; es un gancho para venir a conocernos y es, por lejos, nuestro principal embajador de origen. Sin embargo, existe una desconexión profunda entre cómo nos ven afuera y cómo nos vemos desde dentro.

Cuando hablo del vino, no hablo de una simple industria. Es un sector que, aunque enfrente un contexto global de consumo a la baja, tiene un impacto territorial enorme en nuestro país. La vitivinicultura representa cerca del 5,5% del PIB agrícola (0,5% del PIB nacional considerando que el salmón tiene un 1,2% y la fruta un 1,0%) y sostiene más de 400.000 empleos (100.000 directos y 300.000 indirectos) repartidos en 11 regiones de Chile. Es trabajo rural, desarrollo enoturístico, gastronomía, patrimonio y descentralización económica en estado puro.

¿Por qué entonces, si es una industria tan importante y tan visible fuera de Chile, dentro del país no logramos verla así? La gran diferencia que tenemos con la relación que Argentina sostiene con el vino radica en su narrativa pública: allá el vino es su bebida nacional. Argentina promulgó en su momento la ley que lo declara como “Bebida Nacional”, protegiéndolo como un producto alimenticio y patrimonial integrado a la mesa familiar. Hoy el vino en Argentina se asocia a los asados y al fútbol; es celebración e imagen interna. En Chile, en cambio, hemos tenido a nuestro querido vino —que en Fiestas Patrias saca sus mejores galas— arrinconado en la restricción sanitaria o en las advertencias de atención a su consumo excesivo, tratándolo casi exclusivamente como un commodity agroindustrial.

Ad portas de las Fiestas Patrias, y tras haber conmemorado el 4 de septiembre el Día Nacional del Vino, me pregunto cuánto sería diferente si lo celebráramos como parte estructural de nuestra identidad. Aprovechando estas fechas, mi invitación es a reflexionar sobre quiénes somos. Si asumiéramos una política de Estado que consagre al vino chileno como patrimonio y cultura nacional, no solo impulsaríamos el consumo educado y responsable, o levantaríamos el enoturismo como una verdadera bandera para recorrer Chile y sus regiones, sino que lograríamos algo aún más urgente: conectar el éxito internacional con la autoestima nacional que tanta falta nos hace. Es hora de mirar lo que hemos construido con el vino y empezar a portarlo, sin complejos, con verdadero orgullo país.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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