Publicidad
Mientras Chile pierde el tiempo Opinión Imagen generada con Inteligencia Artificial

Mientras Chile pierde el tiempo

Publicidad
Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
Ver Más

El mundo ya cambió sin pedirnos permiso. La pregunta es si Chile será capaz de cambiar antes de que otros terminen decidiendo el lugar que nos corresponde en él.


El Mostrador Fuente Preferida

El mundo ya cambió. Cambió abruptamente y seguirá haciéndolo. Se transformó la economía pero, sobre todo, cambió la distribución del poder. El orden internacional que conocimos durante décadas se desarma ante nuestros ojos y todavía no sabemos qué lo reemplazará.

Estados Unidos ya no dispone de la hegemonía indiscutida de ayer; China disputa poder económico, tecnológico y estratégico; Rusia reinstaló la guerra como instrumento de la política europea; Europa busca recuperar autonomía, mientras nuevas potencias reclaman participación en un orden cada vez más fragmentado.

No vivimos una turbulencia pasajera. Vivimos un cambio de época.

El poder vuelve a expresarse en capacidad industrial, tecnología, energía, minerales críticos, alimentos, datos, inteligencia artificial, rutas marítimas y cadenas de suministro. Economía, seguridad y geopolítica vuelven a confundirse. Un puerto ya no es sólo un puerto; una red digital no es sólo infraestructura; una inversión extranjera no es siempre una simple inversión. Y el cobre, el litio, la energía o una ruta marítima pueden convertirse en piezas de una competencia mucho mayor.

Chile no ocupa el centro de esa disputa. Sería ridículo pretenderlo. Pero posee activos que el nuevo escenario vuelve más relevantes: cobre, litio, energías renovables, una extensa costa sobre el Pacífico, Magallanes, proyección antártica y condiciones excepcionales para desarrollar conocimiento e infraestructura digital.

Tenemos cartas. El problema es que seguimos jugando como si la partida no hubiera cambiado.

Mientras el poder mundial se reorganiza, nuestra política permanece atrapada en una sorprendente pequeñez. La encuesta, la declaración, la polémica del día, el cálculo electoral. Una política capaz de discutir durante semanas quién derrotó a quién y durante años cómo recuperar el crecimiento.

La mediocridad política no consiste en hablar mal. Consiste en pensar pequeño cuando la historia exige pensar en grande.

Y tiene consecuencias.

Chile crece poco, envejece, tiene menos niños, deberá ordenar inteligentemente su inmigración, incorporar plenamente a las mujeres al trabajo y aprovechar la experiencia de las personas mayores. Nuestros jóvenes enfrentarán una revolución tecnológica mientras demasiados llegan a ella con insuficiente comprensión lectora, matemáticas, ciencias e inglés.

Al mismo tiempo, seguimos exportando recursos para que otros acumulen conocimiento. Cobre para tecnologías diseñadas afuera. Litio para cadenas de valor construidas afuera. Energía para industrias cuyas patentes pueden seguir perteneciendo a otros.

Podemos terminar protagonizando una paradoja miserable: poseer aquello que el siglo XXI necesita y carecer de la inteligencia colectiva para convertirlo en desarrollo.

Ese es el verdadero desafío.

Chile necesita recuperar el crecimiento, pero también saber para qué quiere crecer. Necesita empresas e inversión, pero también un Estado competente. Necesita universidades, ciencia y formación técnica capaces de transformar recursos naturales en conocimiento. Necesita mirar nuevamente el Pacífico, comprender el valor de Magallanes y la Antártica, proteger su soberanía digital y construir una política exterior suficientemente inteligente para relacionarse con las grandes potencias sin convertirse en pieza de ninguna.

Pero antes necesita recuperar la política.

No la política como espectáculo, sino como capacidad de una sociedad para decidir hacia dónde quiere ir. Gobernar es escoger, priorizar, renunciar, explicar costos, enfrentar intereses y construir acuerdos capaces de sobrevivir a quienes los firman.

También de eso depende nuestra democracia. Porque las democracias no mueren solamente cuando alguien las derriba. También se deterioran cuando dejan de resolver. Y cuando la frustración se prolonga, siempre aparece alguien dispuesto a ofrecer eficacia a cambio de libertad.

Chile todavía está a tiempo.

Pero hay momentos en la historia de los países en que perder el tiempo deja de ser una irresponsabilidad y se convierte en una forma de renunciar al futuro.

El mundo ya cambió sin pedirnos permiso. La pregunta es si Chile será capaz de cambiar antes de que otros terminen decidiendo el lugar que nos corresponde en él.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad