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Minerales críticos y soberanía en América del Sur Opinión Archivo

Minerales críticos y soberanía en América del Sur

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Osvaldo Rosales
Por : Osvaldo Rosales Jefe Negociador del TLC con Estados Unidos
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La respuesta no es el repliegue, sino una política exterior y productiva más audaz: diversificar alianzas, fortalecer capacidades nacionales, defender con firmeza el multilateralismo, usar todos los mecanismos institucionales disponibles y articular coaliciones que protejan el comercio.


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La disputa por los minerales críticos revela una realidad: la nueva economía verde y digital no se organiza en torno a la cooperación desinteresada, sino al control de recursos, tecnologías, refinación, logística, estándares y cadenas de suministro. Los recursos naturales recuperan así una centralidad estratégica, pero su posesión no garantiza desarrollo ni autonomía. Incluso, pueden reforzar viejas dependencias si los países se limitan a proveer materias primas baratas. La ventaja real surge cuando esos recursos se convierten en poder productivo, capacidad tecnológica, instituciones sólidas y margen soberano de negociación.

La cuestión de fondo no es sólo económica o tecnológica: es política. Quien controla los minerales críticos, su procesamiento, las rutas logísticas y los estándares ambientales controla una parte decisiva de la transición energética y del futuro poder internacional. América Latina no puede limitarse a atraer inversión y aumentar exportaciones. Debe definir una estrategia soberana que transforme sus recursos en capacidad estatal, poder negociador, innovación productiva y autonomía frente a las potencias.

China construyó su posición dominante con planificación, protección de capacidades, coordinación público-privada y política industrial de largo plazo. Estados Unidos y la Unión Europea, tras décadas de defender la apertura irrestricta y la disciplina de mercado, hoy también aplican subsidios, restricciones comerciales y criterios de seguridad económica.

La lección es clara: las reglas internacionales no son neutrales y las potencias las flexibilizan cuando peligran sus intereses estratégicos. América Latina no debe aceptar con ingenuidad esas reglas cambiantes; debe defender su propio espacio de desarrollo.

El principal riesgo para América Latina es quedar atrapada en un extractivismo modernizado: exportar minerales estratégicos mientras otros concentran la tecnología, los empleos calificados, las rentas industriales y las decisiones. Esa inserción subordinada no sólo debilita la producción; también reduce el margen de los Estados para definir su desarrollo.

La oportunidad existe, pero el mercado no la aprovechará por sí solo. Se requieren políticas deliberadas, coordinación estatal, capacidades técnicas, servicios especializados, infraestructura compartida, encadenamientos locales, regulación ambiental exigente y alianzas negociadas desde una posición más firme. No se trata de producirlo todo ni de buscar una autarquía imposible, sino de elegir los eslabones donde la región pueda capturar valor, aprender y construir poder económico propio.

Los minerales críticos son hoy una frontera donde convergen geopolítica, poder corporativo, política comercial y política industrial. Importan no sólo por su escasez relativa, sino porque condicionan la transición energética, la autonomía tecnológica y la futura distribución del poder económico global.

Para los países ricos en recursos, la pregunta ya no es cuánto exportar ni a quién vender, sino qué capacidades nacionales y regionales construir, quién capturará las rentas, bajo qué estándares ambientales y con cuánta soberanía. De esa respuesta dependerá que la nueva economía de los minerales reproduzca la dependencia o abra una ruta hacia un desarrollo más sofisticado, sostenible y autónomo.

En este marco, América Latina debe resistir la presión de alinearse automáticamente con Estados Unidos o China. La transición energética, la digitalización y la competencia tecnológica intensificarán la pugna por minerales críticos, corredores logísticos, estándares regulatorios y acuerdos de suministro.

Aceptar esa lógica de bloques significaría ceder soberanía económica y subordinar las decisiones de desarrollo a agendas ajenas. La autonomía estratégica debe traducirse en capacidad para diversificar socios, preservar espacios de política pública, exigir transferencia de capacidades y evaluar cada acuerdo por su aporte productivo, tecnológico, ambiental y social.

Esa autonomía exige superar la fragmentación histórica de América del Sur. Ningún país controla por sí solo todos los eslabones de las cadenas globales de cobre, litio, níquel, tierras raras y otros insumos estratégicos. Una región coordinada, en cambio, puede convertir la abundancia dispersa en poder de negociación, siempre que ese poder se apoye en instituciones, posiciones comunes y compromisos verificables.

Para ello debe crear plataformas de conocimiento geológico, estándares ambientales compatibles, sistemas de trazabilidad y certificación sostenible, infraestructura compartida y posiciones coordinadas frente a inversionistas, compradores y organismos multilaterales. Sin cooperación, cada país negociará aislado ante actores mucho más poderosos; con ella, la región podrá transformar recursos en influencia, aprendizaje tecnológico y resiliencia frente a los ciclos de precios y las presiones geopolíticas.

El reciente acuerdo entre Chile, Argentina, Bolivia y Perú sobre minerales críticos es una señal política valiosa, pero no puede quedar en una declaración. Su importancia dependerá de su capacidad para modificar, aunque sea gradualmente, la relación de fuerzas entre Estados productores, grandes compradores, empresas transnacionales y organismos financieros.

Puede abrir una agenda regional para negociar mejores condiciones en la nueva economía de los minerales si la cooperación técnica e institucional produce acciones concretas: centros regionales de investigación aplicada, programas conjuntos de formación, consorcios de procesamiento y refinación, infraestructura transfronteriza, estándares comunes de sostenibilidad y mecanismos coordinados de promoción de inversiones. La región no necesita otra liturgia integracionista; necesita instrumentos reales de poder económico.

La cooperación no puede reducirse a asegurar suministros para las potencias y rentabilidad para las grandes empresas, mientras la región recibe regalías, conflictos territoriales y empleos de baja complejidad. Los minerales críticos deben generar valor agregado, trabajo calificado y capacidades científicas e industriales propias.

América Latina debe capturar eslabones viables de mayor complejidad: servicios mineros avanzados, ingeniería, monitoreo ambiental, tecnologías de extracción más limpias, reciclaje, insumos para baterías, software de trazabilidad, laboratorios de certificación y proveedores locales integrados a estándares internacionales. Sólo así estos recursos dejarán de encubrir el viejo patrón primario-exportador y se convertirán en palanca de desarrollo productivo, integración sudamericana y autonomía estratégica.

Ésa es la agenda relevante para la región: una cooperación sustantiva en torno a los minerales críticos que construya capacidad productiva, científica y tecnológica, no la reedición de antiguas diferencias entre países vecinos ni la introducción de ambigüedades frente a los tratados internacionales que han definido fronteras y consolidado espacios de paz.

La llamada Doctrina Donroe, al presionar para que nuestros países eleven el gasto en defensa, adquieran nuevos aviones de combate y modernicen sus arsenales, puede reactivar desconfianzas y abrir el riesgo de carreras armamentistas que desvíen recursos de las prioridades del desarrollo. América del Sur debe evitar esa deriva: fortalecer la cooperación, respetar los acuerdos vigentes y concentrar sus recursos en capacidades compartidas es también una política de seguridad. De lo contrario, la región terminaría dando nueva vigencia a la máxima maquiavélica de dividir para reinar.

Para Chile, esta discusión es urgente. La decisión de Estados Unidos de imponer una sobretasa arancelaria a parte de las exportaciones chilenas, pese al Tratado de Libre Comercio, vulnera el espíritu del acuerdo y expone los límites de confiar ciegamente en relaciones preferenciales con las grandes potencias.

Al invocar su legislación interna, Washington se reserva en la práctica el derecho de cambiar unilateralmente las condiciones pactadas cuando lo exigen sus intereses internos o geopolíticos. Chile debe tomar nota: firmar tratados no basta y la buena conducta comercial no garantiza reciprocidad.

La respuesta no es el repliegue, sino una política exterior y productiva más audaz: diversificar alianzas, fortalecer capacidades nacionales, defender con firmeza el multilateralismo, usar todos los mecanismos institucionales disponibles y articular coaliciones que protejan el comercio basado en reglas, la solución institucional de controversias y el respeto efectivo de los tratados internacionales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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