Opinión
PISA 2025: para aprender hay que dormir bien
No se trata de reemplazar la responsabilidad pedagógica por una explicación médica. Se trata de reconocer que el aprendizaje ocurre en un cerebro que necesita dormir junto con un cuerpo que necesita respirar aire limpio.
Los resultados de la prueba PISA 2025 vuelven a confrontarnos con una realidad incómoda. En Chile, solo el 63% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico en ciencias, el 41% en matemáticas y el 62% en lectura. La reacción habitual consiste en discutir currículum, disciplina, celulares, asistencia o calidad docente. Todo ello importa. Pero falta una pregunta elemental: ¿en qué condiciones biológicas llegan nuestros adolescentes a aprender y rendir una prueba?
Un estudiante que duerme poco no es simplemente un estudiante cansado. La restricción repetida del sueño deteriora la vigilancia, la atención sostenida, las funciones ejecutivas y la memoria. Puede afectar tanto la adquisición de conocimientos durante el año escolar como la capacidad de recuperarlos el día de una evaluación. A esto se suman trastornos frecuentemente subdiagnosticados —apnea obstructiva del sueño, insomnio o retraso de fase circadiana— que pueden manifestarse como somnolencia, irritabilidad, inatención, tardanzas y bajo rendimiento. Conductas que la escuela interpreta como desinterés pueden ser, en muchos casos, señales de un problema de salud del sueño.
Las pantallas forman parte de este escenario, pero conviene evitar explicaciones simplistas. La evidencia no indica que toda pantalla produzca el mismo daño. El mayor riesgo aparece con el uso activo en la cama, los videojuegos, la mensajería, la multitarea y las notificaciones nocturnas, porque desplazan el horario de sueño, mantienen la activación, y pueden provocar desalineación circadiana. PISA informó que el 48% de los estudiantes chilenos se distraía por dispositivos de sus compañeros en la mayoría o en todas las clases de ciencias, frente al 28% en la OCDE. Sin embargo, la prueba no midió duración ni calidad del sueño, y tampoco registró el uso nocturno específico de pantallas. Por eso, no permite afirmar que las pantallas o el mal dormir expliquen una determinada cantidad de puntos.
También debemos mirar el aire que respiran nuestros escolares. El material particulado fino, o PM2.5, puede agravar el asma y la rinitis alérgica, favorecer la inflamación de las vías respiratorias, alterar y fragmentar el sueño, y con ello aumentar el ausentismo. Además, existen vías neuroinflamatorias y vasculares que podrían afectar directamente la cognición. Estudios chilenos han encontrado asociaciones entre mayor exposición a PM2.5 y peores resultados escolares, especialmente en grupos de menores ingresos. No prueban por sí solos causalidad, pero muestran que la desigualdad educativa también puede comenzar en la vivienda, la calefacción, el barrio y la calidad del aire de las salas de clases.
La nueva Ley 21.801 sobre dispositivos móviles comenzó a aplicarse en 2026. En consecuencia, PISA 2025 es una línea de base anterior a la ley, no una evaluación de sus efectos. La norma derivada de esta Ley puede reducir la distracción durante la jornada escolar, pero no regula lo que ocurre de noche en los hogares. Si queremos que produzca beneficios duraderos, debe complementarse con acompañamiento familiar, horarios razonables de tareas, teléfonos fuera del dormitorio y educación digital que promueva autonomía, no solo obediencia.
Chile necesita ampliar su definición de política educativa. Por ejemplo, fortalecer las competencias profesionales de los profesores jefe y su importancia en la formación integral desde la asignatura de orientación. Porque medir únicamente aprendizajes sin medir sueño, somnolencia, trastornos del sueño, salud mental y exposición a contaminantes ambientales deja fuera factores modificables que impactan negativamente el proceso de aprendizaje. Las escuelas podrían incorporar pesquisa breve de trastornos del sueño, insomnio y somnolencia; educar a los estudiantes, padres y apoderados en higiene del sueño; establecer rutas de derivación a salud; evaluar sus horarios; y monitorear ventilación y PM2.5 en interiores. Las futuras encuestas educativas deberían vincular, con resguardo ético, indicadores objetivos de sueño, asistencia, uso digital y contaminación.
No se trata de reemplazar la responsabilidad pedagógica por una explicación médica. Se trata de reconocer que el aprendizaje ocurre en un cerebro que necesita dormir junto con un cuerpo que necesita respirar aire limpio. Si la respuesta a PISA vuelve a limitarse a más contenidos, más ensayos y más presión, estaremos exigiendo rendimiento sin asegurar las condiciones mínimas para alcanzarlo.
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