Opinión
Infraestructura habilitante como ejemplo de soberanía científica en la Antártica
La Antártica seguirá siendo uno de los grandes laboratorios naturales del planeta. Pero comprenderla dependerá, cada vez más, de nuestra capacidad para construir en este continente las herramientas que hagan posible esa ciencia.
Cuando pensamos en la Antártica solemos imaginar rompehielos cruzando el mar de Drake, bases cubiertas de nieve o investigadores enfrentando uno de los ambientes más extremos del planeta. Es una imagen poderosa, pero incompleta. Durante décadas, el éxito de un programa antártico se midió por su capacidad de llegar al Continente Blanco. Construimos bases, fortalecimos campañas científicas y desarrollamos capacidades logísticas que permitieron consolidar la presencia de Chile en la Antártica. Ese esfuerzo fue indispensable y continúa siéndolo. Sin embargo, los desafíos científicos del siglo XXI exigen un cambio de paradigma. Ya no basta con llegar a la Antártica; debemos ser capaces de “traer” parte de esa Antártica al continente para estudiarla durante todo el año.
La diferencia parece sutil, pero cambia completamente la manera en que entendemos la investigación polar. Una expedición científica dura apenas algunas semanas. La generación de conocimiento, en cambio, requiere meses o incluso años de observación, experimentación y análisis. Existen preguntas que simplemente no pueden responderse durante una campaña. Comprender cómo interactúan los organismos entre sí, cómo se adaptan a nuevas condiciones ambientales o cómo responden al cambio climático exige infraestructura permanente, laboratorios especializados y plataformas experimentales capaces de sostener investigación de manera continua.
En otras palabras, requiere algo que históricamente Chile había desarrollado de manera más limitada: infraestructura científica habilitante.
Durante los últimos años, Punta Arenas ha comenzado a consolidar en forma sostenida ese ecosistema. La ciudad ha ido desarrollando laboratorios, plataformas experimentales y nuevas capacidades tecnológicas que permiten que la ciencia antártica continúe durante los 365 días del año. Es una transformación menos visible, pero quizás mucho más trascendente para el futuro de la investigación polar.
Uno de los ejemplos más claros es la plataforma de acuarios antárticos impulsada en el marco del programa “Centro Antártico Internacional”, que desarrolla el Instituto Antártico Chileno desde hace varios años. Lo que comenzó como un desafío tecnológico para mantener organismos antárticos vivos fuera de su ambiente natural ha evolucionado hasta convertirse en una infraestructura científica única a nivel internacional. Hoy mantiene exitosamente más de 36 especies antárticas, constituyendo probablemente la colección viva de organismos antárticos más diversa del mundo bajo condiciones controladas.
Sin embargo, el verdadero valor de esta infraestructura no radica únicamente en mantener especies vivas. Su importancia está en todo aquello que hace posible.
Durante más de seis años se han desarrollado tecnologías capaces de reproducir las condiciones del océano Austral, sistemas para trasladar organismos vivos desde sitios de captura ubicados a cientos de kilómetros de las bases científicas o biofiltros adaptados a bajas temperaturas. Ese es, precisamente, el valor de invertir en infraestructura. Una expedición permite recolectar muestras; una infraestructura permite transformar esas muestras en conocimiento.
Los resultados ya comienzan a hacerse evidentes. Durante este año, por ejemplo, la plataforma permitió que investigadoras e investigadores del proyecto Anillo DIPOLE desarrollaran en Punta Arenas su primera campaña experimental con especies subantárticas, validando metodologías, optimizando protocolos y preparando experimentos antes de enfrentar la complejidad logística de su primera campaña antártica durante el verano de 2027. Lo que antes debía resolverse en terreno, con elevados costos y alta incertidumbre, hoy puede realizarse previamente gracias a capacidades instaladas en Magallanes.
Este tipo de infraestructura genera un efecto multiplicador que pocas veces se incorpora al debate sobre ciencia. Cada plataforma compartida evita duplicar inversiones y permite que distintos grupos de investigación aprovechen una misma capacidad instalada. En tiempos donde los recursos públicos son limitados, construir infraestructura científica no solo fortalece la investigación: también representa una forma más eficiente de invertir en conocimiento.
Esta lógica trasciende el caso de los acuarios. Magallanes ha comenzado a desarrollar plataformas de secuenciación genómica, laboratorios especializados en imagenología, una red de estaciones meteorológicas antárticas y nuevas capacidades tecnológicas que fortalecen el ecosistema científico austral. Se trata de inversiones que no benefician únicamente a un proyecto o a una institución, sino que quedan disponibles para toda la comunidad científica nacional e internacional, favoreciendo la colaboración interdisciplinaria y aumentando el retorno de la inversión pública.
En este escenario, el Centro Antártico Internacional representa mucho más que un edificio emblemático para Magallanes. Su aporte no estará únicamente en su arquitectura, sino en la posibilidad de consolidar un ecosistema donde investigación, innovación, educación y divulgación convivan en un mismo espacio. Un lugar donde estudiantes, investigadores y ciudadanía puedan encontrarse en torno al conocimiento y donde la ciencia deje de ser una actividad estacional para transformarse en una capacidad permanente instalada en la región.
La Antártica seguirá siendo uno de los grandes laboratorios naturales del planeta. Pero comprenderla dependerá, cada vez más, de nuestra capacidad para construir en este continente las herramientas que hagan posible esa ciencia.
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