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Bachelet y la ONU: crónica y epílogo
La carrera por la Secretaría General de la ONU sigue avanzando, y la ex Presidenta Bachelet ha formalizado el retiro de su candidatura. La relevancia de su figura explica las variadas reacciones a la noticia. El necesario balance requiere repasar hechos.
Los primeros aprontes de una candidatura de Bachelet a liderar la ONU comenzaron en 2010, al cierre de su primer mandato presidencial. El Secretario General Ban Ki-moon la nombró Secretaria General Adjunta y jefa de la recién creada ONU Mujeres. Luego de tres años en Nueva York ella pudo haber aprovechado su popularidad al interior de la organización y candidatearse a Secretaria General, aunque según la tradición –que a veces no se cumple- era el turno regional de Europa del Este.
Ella prefirió volver a Chile para asumir otra candidatura presidencial y terminando ese segundo mandato (2018), el nuevo Secretario General, Antonio Guterres, la reclutó otra vez, ahora como Alta Comisionada de Derechos Humanos. En este momento se volvió a especular que ella sucedería a Guterres (ambos comparten un perfil político similar), pero la verdad es que el cargo que asumió en Ginebra granjea enemistades por doquier, al implicar investigación y condena de gobiernos poderosos.
Desde esa plataforma, Bachelet condenó, entre otros, a EEUU (por la separación de migrantes en la frontera, y por violencia contra población afroamericana), a China (por graves violaciones de derechos humanos de los uigures y otras minorías) y además a Rusia, Bielorrusia, Irán, Israel, Arabia Saudita, Catar, Egipto, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Colombia, Sudán, Yemen, Siria y Turquía; y también a algunos otros menos obvios, como Brasil, Australia, Reino Unido, España y la UE. La mayoría de los comisionados permanece cuatro años en este rol y ese fue también el caso de Bachelet.
Este largo perfilamiento internacional y el hecho que la tradición del turno regional favorecía ahora a América Latina, sumado al empuje cultural para que el cargo sea confiado por primera vez a una mujer, explica que la administración anterior haya inscrito la candidatura de Bachelet. El Presidente Boric se dio prisa para hacer el anuncio en la Asamblea General de 2025 -hace justo un año- y para comprometer rápidamente los dos mayores apoyos regionales (Brasil y México), antes de que otro interesado ganara el quién vive.
Como ha reportado la prensa, a esta celeridad estratégica se sumó un exceso de entusiasmo y lamentablemente también de secretismo -como se ha reconocido-, pues se optó por no socializar de antemano la noticia con los entonces ocho candidatos presidenciales. En la derecha, ya posicionada para la victoria electoral, la sorpresa gatilló entonces una respuesta bastante más negativa de la que el gobierno anticipaba. El candidato Kaiser, por ejemplo, reaccionó avalando una infamia difundida por bots en redes sociales (que Bachelet llegó su segundo cargo en la ONU “en razón de un acuerdo que trajo haitianos a Chile”). Los candidatos Kast y Matthei reservaron su juicio para después. El contraste con el Presidente Piñera (QEPD), que había ofrecido años antes a Bachelet promover su postulación a liderar la ONU, no podía ser mayor.
El pasado 24 marzo, cuando el nuevo gobierno anunció que Chile retiraba su apoyo a la candidatura de Bachelet, el escenario abierto que existía a fines de 2025 se mantenía invariable. Pero a la luz de la sólida apatía de Kast por la ONU, la chance de que apoyara a Bachelet era escasa (en 2021 incluso había propuesto salirse de la organización, algo que ningún país ha hecho). Lo inaudito no fue entonces su negativa, sino los argumentos esgrimidos.
Por un lado, un comunicado de la Cancillería alegó que la candidatura era inviable porque el voto de la región estaba desperdigado en demasiadas candidaturas, algo aritméticamente falso (eran sólo cuatro, siendo Bachelet la de mayor perfil en ese entonces). Por otro, el Presidente Kast dio una explicación muy distinta ese mismo día. Expresó a ARCHI que tomó la decisión de no apoyar a Bachelet para responsabilizarla por la migración de “haitianos que hoy son parte de nuestra nación”; es decir, hizo eco de la mentira y el racismo de Kaiser. La verdad es que este grupo de migrantes, presente en Chile desde 1990, cobró notoriedad desde 2010 (Piñera I), recibió visa especial en 2018 (Piñera II), y desde 2021 va en curva descendente, a diferencia de otros grupos.
El descriterio de las explicaciones gubernamentales polarizó el ambiente político: una admisión honesta de que la base no hubiese perdonado la mantención del respaldo habría sido entendible y causado menos daño, pero el sustrato ideológico era indisimulable, y en él fue central el precoz alineamiento personal de Kast con el gobierno de Trump.
Bachelet siguió adelante, pero aunque el apoyo del país de origen no es requisito para que una candidatura exista, sí lo es para tener chance. En este escenario, su propuesta escrita de reforma (técnicamente sólida) y su performance en debates no podían tener eco. En contraste, candidatos bien aspectados (Costa Rica y Argentina) tienen el respaldo total de sus propios países, incluso si no son simpatizantes del oficialismo. La falta de apoyo de Kast y su temprana coordinación con Trump explica que medios especializados hayan calificado a EEUU como “adversario” de Bachelet.
En retrospectiva, la bajada de una candidatura vetada muy de antemano era cosa de tiempo, pero como la misma Bachelet adelantó, este veto no es deshonroso. Trump ha demostrado ser el destructor del sistema internacional. El gángster que redibuja mapas, destroza tratados, expolia riquezas ajenas, asesina cientos de personas en ejecuciones sumarias en alta mar lanzándoles misiles y amenaza con arancelazos, anexiones y aniquilación cualquier día a quien se le antoje, abusando de todos (también de los chilenos, que seguimos cumpliendo a pies juntillas en un TLC que Trump rompió en buena parte hace año y medio).
Este matón, que no es nuestro mayor socio comercial y sólo califica como tercer inversionista (muy por debajo de Europa y Canadá), hoy es -como orgullosamente asevera el canciller Pérez- nuestro “primer socio estratégico”.
Bachelet, entonces, se suma el grupo de mujeres que intentaron liderar la ONU y tuvieron que bajarse. Ahí están la exprimera Ministra de Nueva Zelandia, Helen Clark; la costarricense Christiana Figueres, exsecretaria Ejecutiva y “madre”del Acuerdo de París; la expresidenta de Letonia, Vaira Vīķe-Freiberga; la argentina Susana Malcorra, exalta funcionaria de ONU y excanciller de Mauricio Macri; y dos notables búlgaras, la exdirectora de la Unesco Irina Bokova, y la exvicepresidenta de la Comisión Europea y hoy Directora Gerente del FMI, Kristalina Georgieva. No es mala compañía.
Esta es una relación de hechos verificables. Cada cual podrá interpretarlos como quiera, pero la historia no podrá soslayar la circunstancia de que, para la diplomacia de cualquier país, una candidatura a liderar la ONU es un momento clave, al nivel de los litigios ante La Haya. Ni podrá negar que, justamente debido al cambio del contexto geopolítico global, nuestro país (esto es, todos los gobiernos relevantes) debió manejar con mayor cuidado lo que, más allá de cualquier resultado concreto, era una oportunidad de crecimiento para nuestra política exterior.
Porque quien perdió fue Chile. Este proceso, que probablemente nunca vuelva a tocar nuestra puerta, pudo ayudar a aumentar la influencia de Chile en asuntos globales, en un momento crucial cuando el libre comercio -viga maestra de nuestro desarrollo- se debilita. Las personas (Presidentes, Ministros, asesores etc.) pasan. Lo que queda es la acumulación de lo construido.
Y tristemente, lo que el país está acumulando en materia exterior, es impericia.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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