Opinión
Occidente fracturado y sus implicancias en Latinoamérica
Copenhague evitó la anexión groenlandesa de la primera potencia militar sobre su territorio autónomo, reteniendo un margen acotado de soberanía y el derecho de autodeterminación de la isla, superando una tensión que duró meses.
Entre enero de 1919 y marzo de 1920 el Senado de los Estados Unidos rehusó ratificar el Tratado de Versalles que colocó fin a la Gran Guerra en Europa y el Presidente Wilson fracasaba en integrar a Estados Unidos en su mayor proyecto, la Sociedad de las Naciones, dejándola como instrumento franco-británico.
La falta de compromiso internacional de Estados Unidos no solo abonaría al desequilibrio original del sistema de entreguerras, sino que fue la expresión de tendencias aislacionistas previas a la independencia estadounidense, declamadas por Thomas Paine y más tarde por George Washington en su discurso de despedida del 17 de septiembre de 1796. La idea dominante era separar a Europa de América. Dicha tradición fue refrendada por la doctrina enunciada el 2 de diciembre de 1823 cuando el quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe, estableció una política unilateral de auto preservación, considerada clave para la seguridad del coloso en ciernes.
Esta soledad europea de su garante por 80 años se ha vuelto a percibir en las últimas semanas: Alemania, Lituania, Moldavia y Polonia han experimentado diversos ataques que atribuyen a Rusia en medio del conflicto con Ucrania.
El impacto de un drone cargado de explosivos contra un avión de carga ucranio que ingresó a la zona restringida en el aeropuerto de Leipzig encendió las alarmas. A finales de agosto estalló una nave del más grande fabricante privado de drones de Polonia y proveedor de Kiev. Un paso fronterizo entre Ucrania y Moldavia fue blanco de otra incursión de drones. Otro avión no tripulado había colisionado a un tren que hacía el trayecto entre las capitales polacas y ucraniana, muy cerca de Polonia.
Finalmente, el 15 de septiembre, un caza italiano de la Alianza Atlántica OTAN derribó a otro de estos artefactos rusos sobre Lituania. Demasiados eventos en poco más de un mes. En el Eliseo, la única potencia nuclear de la Unión, el Presidente Macrón, anunció el fin de semana que su Gobierno implementaría un plan de protección a la infraestructura crítica y su industria de defensa nacional frente a la que comienza a ser descrita como una ola de ataques “no aislados”. La jefa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue más lejos, aseverando que se instaló un “patrón más amplio de agresión”.
De esta forma, se pasa página sobre lo que hoy llamamos “Occidente”, edificado sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, con el firme compromiso de Washington para reconstruir el Viejo Mundo con el Plan Marshall y protegerlo mediante la OTAN.
Al decir del historiador noruego Odde Arne Westad en su libro “La Guerra Fría. Una historia Mundial” (2017), dichas instituciones fueron fuente de cohesión que aceleraron el conjunto de interacciones militares, económicas, políticas y culturales a ambos lados del Atlántico. Estados Unidos obtuvo a cambio un inmenso mercado de consumidores y la adhesión europea a sus ideales políticos.
Hoy en cambio, Washington ha pausado la transferencia de misiles Tomahawk a suelo alemán y ha retirado 5.000 soldados de ese país. La última semana re direccionó presupuesto para asistencia militar a Eslovaquia y Macedonia del Norte para cederlo a cuatro países latinoamericanos: Colombia, Ecuador, Panamá y Perú, que aceptaron formar parte del Escudo de las Américas.
Estados Unidos prioriza la lucha contra el “narcoterrorismo” y reconfigura su “zona de influencia”, sin olvidar el Canal de Panamá. Así, impediría la instalación estratégica de competidores y adversarios en el hemisferio occidental (lo que sugiere tácitamente a China), quedando la Guerra de Ucrania en una zona liminal.
La misma lógica tiene el anuncio del presidente Trump respecto de un acuerdo con el Reino de Dinamarca y Groenlandia, que entregaría a Washington “el control permanente sobre la seguridad y las demás necesidades en Groenlandia”.
El Jefe de Estado complementó que “ningún adversario podrá tener jamás una base ni presencia militar en Groenlandia, ni realizar inversiones sensibles allí, sin nuestra aprobación expresa por escrito”. Con ello satisface los objetivos del Pentágono para abrir nuevas bases, al tiempo que deniega el acceso a otros en la carrera por el Ártico. De paso, puede usar el nuevo espacio bajo su control para desplegar su más ambicioso proyecto: el sistema de defensa antimisiles “Golden Dome”.
Así, Copenhague evitó la anexión groenlandesa de la primera potencia militar sobre su territorio autónomo, reteniendo un margen acotado de soberanía y el derecho de autodeterminación de la isla, superando una tensión que duró meses.
Para quienes enfatizan la decadencia de Estados Unidos, hay que matizarlo mediante el contraste de su declive global y su re concentración regional. El debilitamiento de los Estados Unidos ha sido proclamado desde los ’70, incluso con la neoconservadora candidatura de Ronald Reagan, aunque Paul Kennedy anticipara en “Auge y caída de las grandes potencias” (1988) que la superioridad militar suele seguir prevaleciendo mucho tiempo después que la potencia económica se ha desvanecido. Ello ya ocurrió con la España del siglo XVII o con Reino Unido, cuyo imperio alcanzó en 1920 cerca de un cuarto del globo terráqueo, aunque décadas antes ya había cedido el lugar de primera economía mundial. Después de mediados del siglo XX¿, EEUU representaba el 28% del Producto Interno Bruto Mundial, y hoy ronda el 22%, con una China que casi le pisa los talones.
El descalabro de la campaña sobre Irán y el escaso respaldo de Europa en la misma aceleraron el repliega al que Washington denomina “hemisferio Occidental”. El control de casi un cuarto de las gigantes reservas de crudo venezolano y la apertura de Caracas a las inversiones estadounidenses abren perspectivas futuras de mayor influencia de mercado, en los momentos en que los productores de petróleo en Medio Oriente están atascados en Ormuz y en Bab el-Mandeb.
En América Latina, en tanto, hay una historia no solo de intervenciones directas o indirectas sobre gobiernos que se oponen a Washington; también se registran propuestas que, aunque lejos del tipo de asistencia como el Plan Marshall, pretendieron alcanzar diálogo y ofertas a la región, como la política de Buena Vecindad de Roosevelt en 1933, la Alianza para el Progreso de Kennedy en 1961 o la Iniciativa de Las Américas de George Bush, en 1990.
Hoy, la doctrina Donroe y su Escudo de las Américas persigue claros beneficios unilaterales, y podrían llegar incluso a significar la implementación de operaciones militares conjuntas en los territorios de los Estados partes, como la desplegada el primer semestre con fuerzas ecuatorianas. En este aspecto existe una zona evidente de cooperación y coordinación con Estados Unidos en temas de seguridad y lucha contra el narcotráfico, aunque no todos los interesantes nacionales de esta amplia subregión coincidirá siempre con el gigante del norte.
Esto es especialmente sensible en aquellos países que han basado parte de su desarrollo en el comercio en el Pacífico. En consecuencia, será necesario distinguir la convergencia y divergencia de intereses teniendo en cuenta experiencias como el camino de asociación que acaban de iniciar Canadá y la Unión Europea, así como las trayectorias de países del sudeste asiático, para no renunciar a sus márgenes de autonomía.
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