Opinión
Archivo (AgenciaUno)
La respuesta de mi amigo que votó por Kast
La izquierda todavía no le da confianza. Le pregunté qué lo movería a pensar en votarla. Argumentos y actitudes, me respondió. Que le expliquen de dónde sale la plata, que reconozcan los errores y que no lo traten de facho ni de ignorante.
Publiqué hace unos días una carta a un amigo que votó por Kast. Es mi único amigo que votó así, por lo que la conversación que vino después no se podía despachar muy fácil. Nos juntamos a tomar el café que le había propuesto y me contestó largo y tendido. Le pedí permiso para escribirlo y acá está…
Partió reconociendo que en algunas cosas yo tenía razón. Me pidió que no creyera que va a repetir el libreto de que todo es herencia del gobierno anterior. Lleva demasiados años trabajando como para tragarse esa chiva, me dijo, y sabe que es una excusa barata que se usa porque es cómoda. Admitió que las decisiones de este año fueron malas y algunas, pésimas. Que Quiroz legisló para su galería y no para el bolsillo de la gente. Eso, remató, no lo firmó Boric.
Después vino lo suyo. Me recordó que el desempleo formal no empezó en marzo. Según él, viene desde que el país se farreó una década entre el estallido, los procesos constituyentes y todo lo que ahoga al que quiera emprender. La gente que antes entraba con contrato hoy entra con boleta, o no entra. Las pymes dejaron de contratar hace años porque contratar en Chile se volvió un riesgo. El crecimiento se apagó y nadie lo prendió de vuelta, y eso, insistió, no se arregla esperando el turno de nadie. Votó por Kast porque fue el que le ofreció orden y dejarlo trabajar tranquilo, no porque creyera en él.
Luego me confesó algo que no me había dicho en el café anterior. Lo está pasando mal. Las ventas no repuntan y lleva meses financiando el mes con el mes siguiente. Para los que viven de que la gente entre y compre, este año ha sido de los peores. Me aclaró que no me lo contaba como excusa, sino porque cuando yo le hablo de los efectos sociales a gran escala, él está pensando en cómo llegar a marzo.
Ahí se le subió el tono. Me dijo que está chato, que aquí todo está caro. La luz, el pan, el arriendo, la cuenta del gas o de la bencina, que uno paga como si fuera una multa. Le explican que es el dólar, el precio internacional, los ciclos, y lleva años escuchando esa cantinela que siempre termina igual: que aguante el que trabaja. Fue claro en que no pide fijar precios “a la venezolana”, porque ya sabemos cómo termina eso.
Lo que exige es que el Gobierno cumpla su obligación de lograr que la vida cueste menos, que haya competencia de verdad, que se acaben los carteles, que el Estado ayude a bajar precios en lo que está a su alcance, que no es poco. El que se sube al cargo de presidente, me dijo, se sube a la pega completa, y la pega incluye que la plata alcance hasta fin de mes. Votó para eso, no para que le expliquen con gráficos por qué todo cuesta más.
En seguridad no me dio la razón. Me hizo ver que lo que se ha hecho tiene continuidad con el gobierno anterior, que terminó militarizando la frontera y la Araucanía, y me reprochó no haberlo criticado con la misma energía. Para él la dirección es correcta. Me concedió que Kast llegó a improvisar y que la reforma constitucional es un voladero de luces, porque no tenían lista la pega aburrida, la que no sale en la tele. Pero sigue creyendo en la mano dura. Lo que yo llamo voluntad represora, él lo llama orden público, y respaldar a Carabineros, me dijo, no es ningún pecado.
Con la migración la molestia fue más directa. Me dijo que no ha visto ningún cambio, más allá del show de la zanja en la frontera norte, que a su juicio no ha tenido ningún efecto. En su barrio sigue viendo la misma cantidad de migrantes que antes. Me recordó la promesa de campaña, cuando se le anunciaba a los irregulares que se fueran preparando para irse. Nadie se fue, me dijo. Y lo que él ha visto, con una mezcla de risa y rabia, es que los ministerios y los servicios públicos están llenos de venezolanos en todo tipo de cargos. Para él eso es lo que más le duele a la gente que votó por orden: que la promesa más clara de la campaña haya terminado en una retroexcavadora en el desierto, para la foto.
Sobre lo que viene, me sorprendió. Quisiera una opción que escuche al que piensa distinto y entienda las necesidades del mes a mes. La izquierda todavía no le da confianza. Le pregunté qué lo movería a pensar en votarla. Argumentos y actitudes, me respondió. Que le expliquen de dónde sale la plata, que reconozcan los errores y que no lo traten de facho ni de ignorante. La puerta no está cerrada, me dijo. Está juntita, que no es lo mismo.
Al final me reconoció que nunca adhirió por convicción a este Presidente. Fue su apuesta, no su candidato. Esperaba mucho más y no llegó. Y me recordó que cuando uno se desencanta, recuperar la disposición a confiar cuesta mucho más de lo que costó entregarla. Ese es el problema que tiene este gobierno con él, me dijo. Y es el mismo que tiene con la oposición, solo que nosotros lo arrastramos desde antes.
Al despedirnos quedamos en otro café en seis meses más. Esa vez, insistió, lo paga él.
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