Opinión
AgenciaUno
El general mira a su alrededor
La reinstalación, celebrada con un desfile militar y sin ninguna instancia donde el desacuerdo pudiera expresarse, reproduce el patrón que originó el problema, una decisión tomada desde arriba sobre un símbolo que la ciudadanía disputó desde abajo.
Cinco años después de su retiro, el general Baquedano volvió a presidir la plaza que muchos insistieron en llamar plaza “Dignidad”, mientras otros defendían su nombre oficial, y con eso quedó cerrada en lo administrativo una discusión que en lo político sigue abierta.
La estatua llegó en marzo, permaneció oculta tras muros durante seis meses y recién la semana pasada, en la antesala de la Parada Militar, quedó completamente a la vista, cubierta con un material antigrafiti que promete protegerla del deterioro que sufrió entre 2019 y 2021. Se blindó la superficie del símbolo antes de blindar su sentido.
Hay buenas razones para valorar ese retorno, y conviene tomarlas en serio. Un país necesita anclajes físicos que sobrevivan a sus coyunturas, y una plaza con un plinto vacío durante cinco años también comunica algo, casi siempre una fractura sin resolver expuesta a la intemperie. Devolver la estatua puede leerse como una señal de que el espacio público no queda como rehén permanente de la última crisis que lo ocupó.
Existe además una dimensión biográfica que el debate suele saltarse, porque Baquedano es ante todo la figura de la Guerra del Pacífico, y separar al personaje histórico del uso que una coyuntura hizo de su estatua exige una precisión que la discusión pública rara vez alcanza. Se deja este factor pendiente.
El órgano que resolvió el retorno existe desde 1925 y es, por definición legal, un organismo técnico, un cuerpo colegiado de veintidós consejeros designados en representación de instituciones, museos, sociedades científicas, colegios profesionales y servicios públicos. Su competencia sobre el monumento es indiscutible en términos jurídicos, porque la ley le entrega precisamente la tuición sobre intervenciones, traslados e instalaciones de bienes patrimoniales, y nadie podría sostener con seriedad que actuó fuera de sus atribuciones.
El problema es la distancia que separa legalidad de legitimidad. Un consejo pensado para dictaminar sobre la conservación material de un bien, sobre la calidad de una restauración o la viabilidad de un emplazamiento, terminó resolviendo por la vía de los hechos una pregunta que no tiene nada de técnica, la de qué significa hoy ese objeto para la sociedad que lo rodea. La unanimidad con que votó en febrero, que en clave administrativa señala solidez, en clave simbólica dice poco, porque ese cuerpo nunca fue construido para representar el desacuerdo que el monumento encarna.
Quienes celebraron el regreso hablaron de volver a encontrarse como país, y esa promesa de convivencia merece examinarse, porque la palabra se usa con una ligereza que le quita filo y convivir es algo distinto de coincidir. Una sociedad plural, en el sentido que Hannah Arendt daba al término, sostiene la pluralidad de perspectivas como condición misma del espacio público. Para Arendt el mundo común se construye cuando un mismo objeto puede ser visto desde posiciones distintas sin que por eso deje de ser el mismo objeto; cuando esa multiplicidad de miradas se pierde, sea porque una sola se impone o porque los sujetos se retiran a sus mundos privados, el espacio público se destruye.
La reinstalación, celebrada con un desfile militar y sin ninguna instancia donde el desacuerdo pudiera expresarse, reproduce el patrón que originó el problema, una decisión tomada desde arriba sobre un símbolo que la ciudadanía disputó desde abajo. Se entiende que la memoria colectiva funciona como un marco social construido en común, y no como la suma de recuerdos individuales.
Cuando ese marco se impone en lugar de construirse, el símbolo queda flotando sobre la sociedad sin anclarse en ella, y ningún recubrimiento, por eficaz que resulte para proteger el bronce y la piedra, alcanza para levantar lo que falta.
Si la vuelta del monumento al general viene acompañada de una discusión pública sobre el significado de esa historia y de esa plaza, podría abrir una convivencia capaz de sostener símbolos incómodos sin destruirlos ni idolatrarlos. Una estatua que regresa sola, resguardada por una capa química y por una decisión técnica que el Ejecutivo luego hizo suya con honores militares, le ofrece en cambio a la próxima crisis social el lugar más obvio donde descargarse, porque aquello que la convirtió en blanco en 2019 fue restaurado junto con ella sin que nadie llegara a procesarlo.
El general mira a su alrededor, esperando.
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