Opinión
Alcaldes, cámaras y el algoritmo del ego digital
¿Cuánta seguridad queda cuando se apaga la cámara? ¿Y quién gobierna realmente: la autoridad elegida o el algoritmo que reparte los likes?
En muchas municipalidades hay un asesor fuera del organigrama. No cobra, no asiste a concejos ni pisa una población. Aun así, premia, castiga y ordena. Es el algoritmo. Su encuesta no pregunta si el barrio quedó más seguro: cuenta reproducciones, comentarios y corazones.
El asesor conoce su formato favorito. Cámara en la plaza, chaleco municipal, retiro de un ruco y alcalde frente a quien bebe, consume drogas o ensucia. Voz firme, edición rápida, cierre heroico. En un minuto vuelve el orden y el algoritmo ya tiene contenido para la tarde.
La acción puede ser necesaria. Calles, plazas y colegios son de todos, y sancionar una incivilidad es deber de la autoridad. La duda aparece cuando la cámara deja de registrar y empieza a dirigir: ¿política pública o fabricación de un superhéroe?
Los incentivos no son sutiles. Un análisis de SOUL Digital revisó 8.732 publicaciones de 25 alcaldes chilenos en 2026: 197 millones de visualizaciones y 21 millones de interacciones. La seguridad rindió 20 por ciento más que el post habitual; los servicios, 27 por ciento menos. El asesor sentenció: un operativo vende mejor que explicar cómo renovar una patente.
Alcaldes de izquierda a derecha dominan esta gramática. Un video de Matías Toledo enfrentando a una persona acusada de consumir pasta base frente a un colegio superó dos millones de reproducciones. Otro de Sebastián Sichel pasó los cinco millones. Agustín Iglesias alcanzó 8,2 millones al ir a multar a quien había botado basura. Cifras que cualquier canal miraría con envidia.
Narciso se miraba en un estanque. La autoridad del siglo XXI lleva el suyo en el bolsillo: una pantalla que devuelve su imagen con métricas. No hace falta adivinar egos ni suponer montajes. Basta el premio: cuanto más frontal, personal o humillante es la escena, más circula. La gestión se vuelve personaje; la persona fiscalizada, utilería.
La amenaza tampoco es imaginaria. El fiscal nacional informó que 22 alcaldes cuentan con protección policial tras recibir amenazas. Hay territorios disputados por el narcotráfico y autoridades que arriesgan su seguridad. Por eso el asunto exige más seriedad que un duelo entre quienes “ponen el pecho” y quienes supuestamente miran desde la oficina.
El debate está abierto. Tomás Vodanovic sostiene que la delincuencia no se combate con reels y que los municipios no reemplazan a policías, fiscales ni jueces. Iglesias replica que la presencia del alcalde en lugares complejos también protege. Ambos tienen parte de razón: esconderse no es gobernar, pero aparecer tampoco equivale a resolver.
Fuera de Chile, Nayib Bukele llevó esta estética a escala industrial. Chile ensayó hace poco su propia versión. Durante la Operación Cancerbero, el gobierno de José Antonio Kast difundió el traslado de reos de alta peligrosidad a la cárcel de La Laguna mediante videos musicalizados y una puesta en escena comparada con el estilo Bukele. La seguridad se volvió un tráiler exportable y los detenidos, la prueba visual del poder. En El Salvador, el encuadre muestra eficacia; las denuncias sobre detenciones de inocentes, debido proceso y derechos humanos quedan, convenientemente, fuera de cuadro.
Recuperar el espacio público no exige romantizar un ruco ni tolerar delitos. Exige distinguir. Quien agrede, trafica o amenaza debe enfrentar la ley. Quien padece una adicción, una enfermedad mental o una larga trayectoria de calle necesita además tratamiento, vivienda y apoyo. Sacar a esa persona de una plaza resuelve una urgencia; grabar su derrota no resuelve su vida.
La autoridad preventiva hace lo que rara vez se vuelve viral: ilumina, recupera entornos, coordina con policías y fiscales, protege a las víctimas e interviene con niños y jóvenes. También conecta a quienes viven en la calle con salud, tratamiento y vivienda. Vivienda Primero combina vivienda, salud e integración social. Su defecto es imperdonable para el algoritmo: cuando la prevención funciona, el hecho que habría dado millones de vistas no ocurre.
La frontera se reconoce en lo que ocurre después de la grabación: si hubo derivación y seguimiento, cuántos rucos reaparecieron, cuántas personas aceptaron ayuda y si el sector siguió seguro. Cuando el único indicador son los likes, no hay rendición de cuentas. Hay una audición.
Aquí gobierna el algoritmo del ego. Antes el político confundía aplausos con representación; ahora puede confundir una escena de autoridad con autoridad efectiva. El reel recompensa al instante: el problema tiene rostro, el alcalde protagoniza y la ciudad parece ordenada antes de que termine la música. La realidad, poco respetuosa del guion, continúa al día siguiente.
Un alcalde puede usar las redes para informar, rendir cuentas y mostrar firmeza. La frontera se cruza cuando necesita exhibir la humillación de otro para parecer fuerte. El superhéroe necesita un villano y una cámara; la autoridad democrática, resultados, prevención y dignidad. ¿Cuánta seguridad queda cuando se apaga la cámara? ¿Y quién gobierna realmente: la autoridad elegida o el algoritmo que reparte los likes?
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