Opinión
Crédito: libro MIEDO. Dictadura en Chile 1973-1990.
El pasado siempre pesa
El pasado nunca está muerto. Se habla incluso del concepto “memorias emblemáticas”. Relatos que ordenan millones de biografías. Para unos, 1973 fue la salvación. Para otros, una herida abierta. Para muchos, una caja que conviene mantener cerrada.
El pasado siempre pesa. Fue una de las reflexiones que se me vino a la cabeza mientras estaba apostado en la barra de una clásica fuente de soda en Providencia. Entre una copa de vino y mi sándwich favorito (el dinámico), me dispuse a leer al abogado británico Philippe Sands. Este autor, en su texto Calle Este-Oeste (2017) rastrea el origen de dos ideas jurídicas, los crímenes contra la humanidad y el genocidio. Digamos que no era una lectura liviana para un martes por la noche. Aun así, no perdí la concentración. Hasta que a mi alrededor escuché: “Pinochet viejito, tenía este país de pie, todo lo que tenemos se lo debemos a Pinocho. Cuando vinieron el Aylwin, el Frei, el país empezó a joder. El único que se salvó un poco fue el Piñera”. Nótese el “poco”. Me tomé al seco el vino que me quedaba.
Busqué con la mirada al melancólico de la dictadura. Me sorprendí al darme cuenta de que era el jefe de turno. Lo noté por su cotona y porque los garzones lo trataban como tal.
La ironía sincrónica me pareció brutal. Sands cuenta cómo dos juristas, Hersch Lauterpacht y Raphael Lemkin, crearon palabras para nombrar lo que no tenía nombre, para conjurar aquello que no era. Lauterpacht pensaba en proteger al individuo y Lemkin, al grupo. Los dos llegaron a la misma conclusión: hay cosas que ningún Estado le puede hacer a una persona, sin importar sus fines. Y a un metro de mí, alguien resumía diecisiete años de oscuridad con un pretexto. El país estaba “de pie”. Como si la falsa idea de que el país estaba bien económicamente pudiera compensar un solo cuerpo torturado o desaparecido. Los informes Rettig y Valech reconocen más de 3.200 ejecutados y detenidos desaparecidos, además de más de 38 mil sobrevivientes de prisión política y tortura. Ningún punto del PIB alcanza para borrar eso.
Lo de la barra no es un caso aislado. En 2023, la encuesta CERC-MORI mostró que el 36% de los chilenos cree que el golpe “liberó a Chile del marxismo”. Una década antes, esa cifra era del 16%. Ese mismo año, Cadem registró que el 51% considera que el golpe era inevitable. El paso del tiempo no calmó la discusión. Al contrario, la profundizó.
El pasado nunca está muerto. Se habla incluso del concepto “memorias emblemáticas”. Relatos que ordenan millones de biografías. Para unos, 1973 fue la salvación. Para otros, una herida abierta. Para muchos, una caja que conviene mantener cerrada. El jefe de turno y yo no discutíamos sobre hechos. Cada uno posee su propia memoria y mira la realidad con distintos lentes.
¿Por qué esa nostalgia crece justo ahora? Me recuerda a la idea de “presentismo”, es decir un tiempo en que el futuro dejó de prometer y el presente se vuelve angustioso. Cuando eso pasa, el pasado se convierte en refugio. “De pie” no significa cualquier cosa. Significa ordenado, predecible, seguro. La nostalgia por Pinochet dice menos de 1973 que de los miedos de 2026. La inseguridad, el estancamiento y la sensación de que nadie manda.
Una democracia madura puede tolerar lecturas distintas sobre la crisis de la Unidad Popular, sobre las responsabilidades de cada sector y sobre los errores que llevaron al quiebre. En este marco, Paul Ricoeur habla de una “justa memoria”. Virtuosa, es decir, sin tanto exceso que paralice y sin tanto déficit que olvide.
El problema aparece cuando lo que se relativiza no es la interpretación, sino el piso. Cuando cuestiones civilizatorias como los derechos humanos pasan a depender del crecimiento y otras variables. Cuando decir “tenía el país de pie” equivale a decir que el fin justificó los medios. Ahí la política tiene una tarea que no puede delegar. Tiene que dejar de usar la memoria como arma electoral. Y tiene que ofrecer un presente que no empuje a la gente a buscar orden en la nostalgia. Si la democracia actual no entrega seguridad, alguien va a ir a buscarla en el pasado.
Los espacios cotidianos, como el bar, la esquina o la fuente de soda, son los lugares donde los desconocidos se encuentran y conversan. Donde lo común se reconstruye sin ceremonia. Ahora bien, la memoria no se sana con monólogos, ni con el del jefe de turno ni con el mío en esta columna. Se sana conversando, incluso con quien piensa distinto.
Hay motivos para la esperanza. En esa misma medición de 2023, el 95% de los chilenos dijo que es importante que todos los sectores se comprometan con la democracia y los derechos humanos. Ese es el piso. No pide una memoria única, sino un mínimo compartido. Un mundo común.
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