Opinión
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La economía de la pregunta: el prompt es el nuevo trabajo calificado
Chile llega mal parado. En la evaluación de competencias de adultos de la OCDE quedamos últimos entre 31 economías: 218 puntos en comprensión lectora contra un promedio de 260. Somos el país que peor entiende lo que lee y acabamos de repartir una máquina que escribe mejor que nosotros.
Escriba “hazme un informe sobre esto”. Eso es, hoy, todo lo que separa a buena parte de los profesionales chilenos de un texto correcto y listo para enviar. La máquina lo entrega en segundos. El problema es que nadie formuló un problema.
Los números muestran el resultado de esa escena. Nueve de cada diez empresas chilenas ya interactúan con inteligencia artificial, según SONDA Tech Trends, pero solo un 5% la integró de manera transversal. La mitad de los trabajadores la usa varias veces por semana (ADP Research) y apenas un 3,6% ha escalado iniciativas con retornos medibles (MAS Analytics). Adoptamos rápido y capturamos poco.
La explicación no está en la tecnología, sino en un mecanismo económico elemental: cuando el precio de un bien se desploma, el valor migra hacia sus complementos. Cuando se abarató el cálculo, el valor se fue al diseño del modelo. Ahora que se abarata la respuesta, el valor se va a la pregunta. Eso es la economía de la pregunta, y su unidad de cuenta tiene un nombre concreto: el prompt.
Conviene sacar esa palabra del terreno del truco. Los cursos de prompt engineering vendieron fórmulas que supuestamente desbloquean mejores respuestas; es la lectura más pobre posible. Un prompt es el pensamiento de alguien, escrito: qué cree que es el problema, qué restricciones reconoce y con qué criterio juzgará lo que reciba. Quien escribe “hazme un informe sobre esto” no revela desconocimiento de la herramienta. Revela que el problema nunca se formuló.
Y hace visible un razonamiento que antes era privado. No se trata de auditar pantallas: la tentación de convertir esto en monitoreo laboral va a aparecer rápido y sería la peor forma de usarlo. Se trata de lo contrario, de poder enseñar y discutir ese razonamiento, como un profesor lee el borrador de un estudiante. Durante décadas evaluamos el producto porque el proceso era inaccesible. Hoy el proceso quedó escrito.
Falta todavía la habilidad más escasa: volver sobre la respuesta y ponerla a prueba. Estos sistemas escriben igual de bien cuando aciertan que cuando inventan, y quien no sabe repreguntar no distingue una respuesta correcta de una plausible. El costo del error no desaparece: se traslada aguas abajo y se vuelve invisible. Una organización puede equivocarse más rápido que nunca, con una prosa impecable.
En psicología cognitiva eso tiene nombre: metacognición. Planificar cómo se aborda un problema, monitorear el propio razonamiento y evaluar lo que uno obtuvo. Fue durante décadas un tema marginal de la investigación educativa. Hoy es la competencia laboral central de la década: la IA automatizó la ejecución y dejó a la vista la metacognición de cada uno.
Chile llega mal parado. En la evaluación de competencias de adultos de la OCDE quedamos últimos entre 31 economías: 218 puntos en comprensión lectora contra un promedio de 260. Somos el país que peor entiende lo que lee y acabamos de repartir una máquina que escribe mejor que nosotros.
Pero la metacognición no opera en el vacío, y ahí está lo que la discusión sobre habilidades omite: preguntar bien cansa. Sostener la duda, verificar una cifra, rechazar un borrador que ya está listo y pedirlo de nuevo exige un esfuerzo que nadie hace por obligación contractual. Esa disposición se llama engagement, y en investigaciones anteriores hemos visto que no es un rasgo de personalidad: depende de autonomía, retroalimentación, apoyo de la jefatura y sentido en la tarea. El contexto decide cuánto rinde la capacidad.
De ahí que la misma licencia produzca efectos opuestos en dos trabajadores. Al que tiene autonomía le llega como recurso: le saca de encima lo rutinario y le devuelve tiempo para pensar. Al que trabaja guionado y vigilado de cerca le llega como una exigencia más, sin margen para cuestionar lo que el sistema entrega. A uno le construye criterio. El otro no le repregunta nada a la máquina: copia, pega y envía. Ahí está el 3,6%, mejor explicado que por cualquier diagnóstico tecnológico. Sin engagement, la IA no produce productividad, produce conformidad.
La agenda que se sigue es otra. En educación, el dilema deja de ser prohibir o permitir la IA y pasa a ser formar metacognición: calificar la secuencia de preguntas que originó el informe y los errores que el estudiante detectó en la salida de la máquina. Si no se decide como política pública, el criterio será un bien de lujo. En las empresas y en el Estado la tarea es igual de concreta: rutinas de verificación con responsables identificables y condiciones que hagan racional el esfuerzo de dudar. No hay licencia que compense a un equipo agotado.
La discusión pública sigue preguntando cuántos empleos van a desaparecer. Es la pregunta menos útil: convierte en pronóstico algo que todavía es una decisión. La que importa es quién llegará a la máquina con un problema bien hecho y con la energía para no creerle. Porque en la economía de la pregunta, el trabajo calificado ya no es saber la respuesta. Es escribir la pregunta que la vuelve útil.
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